¿ Y ahora con qué cara convocar a la unidad? Y no es cuestión de popularidad, como ha querido disfrazarlo el presidente Peña Nieto.
El ha dicho que no le preocupa su bajísimo nivel de aceptación. Pero no es este el problema. Es lo que está detrás de ese 12 por ciento de aceptación.
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El punto es confianza, credibilidad. La gente en automático no da crédito a los llamados o exposiciones que hace el presidente. Y él se empeña una y otra vez en esos viejos escenarios con discursos vacíos.
Sencillamente no encuentra la salida. Y su equipo lo tiene cercado. La actitud insolente de Donald Trump le ofreció un escenario estupendo para ofrecer opciones a su relación con la ciudadanía. Pero pasó de noche.
Y es que estamos ante la consecuencia de un pésimo gobierno. Lo que empezó mal se fue pudriendo en el sexenio. La percepción popular es que la corrupción, en este sexenio, es encabezada por el propio presidente. Y así, en cascada, hasta integrar una ramificación que toca todas las estructuras de su administración.
Reiteradamente, algunos analistas de los medios han puesto la esperanza en un cambio brusco de timón. Pero eso ha sido más un deseo que una posibilidad sustentada.
La soberbia presidencial no resulta muy opaca frente a la de Trump.
Él ha dicho que no hace cambios por presión. Y en efecto. Lo más radical que se conoce es el retiro intempestivo de Luis Videgaray, sólo para ser rescatado prontamente y encumbrado a una posición políticamente superior.
Este tipo de movimientos en particular, estimulan la creencia de muchos de que Videgaray no es sólo la materia gris de Peña, sino quien en realidad toma múltiples decisiones…aunque cobra como segundo, o vicepresidente de facto.
Con esta imagen y modus operandi presidencial, cómo imaginarlo convocando a la sociedad y a todos los niveles de poder del país a salir en defensa de la soberanía.
Por esta razón, el grueso de la población reaccionó con tibieza frente a la patanería y amenaza de Trump en la famosa conversación.
Y resulta que nadie le otorga al presidente un cheque en blanco. No le dan un voto de confianza a ciegas. Porque no le creen, no le confían.
Porque no hay liderazgo.
No hay quien le entregue una confianza absoluta y un apoyo resuelto ante la agresión yanqui. Todos, ciudadanos, grupos, líderes, medios y partidos, lo hacen bajo condición.
Opiniones y brotes de solidaridad, van acompañados a la condición de que el presidente frene la corrupción y toda clase de abusos y latrocinios.
Que predique con el ejemplo, promueva acciones para frenar el derroche de partidos, organismos federales, cámaras, sindicatos- Que aplique un estado de derecho sin excepción y que resuelva los conflictos, no que los disimule, difiera o parche.
Esta es la deplorable plataforma sobre la que opera el presidente.
Este es el resultado de sus acciones y omisiones de gobierno. No hay sorpresa.
Cosecha lo que ha sembrado.
Incompetencia y carencia absoluta de compromiso con el país. Esa es la marca de la casa.
Desde ahí, no se puede pedir unidad.