Una meditación
I
Desde una perspectiva formal, no hay ingobernabilidad propiamente dicha en México: las instituciones están de pie, sosteniendo nuestra magullada democracia, la transmisión de poderes es pacífica; hay, desde luego, separación de poderes; contamos con instancias que obligan a la rendición de cuentas y persiguen la corrupción; pese a todo, mantenemos las vías de un estado laico que reconoce el derecho al aborto, a los matrimonios homosexuales; contamos con un sistema de partidos plural y sabemos de la alternancia política; también, ejercemos el derecho a la libre expresión y poseemos una prensa crítica, etc. Pero entonces, ¿cómo explicar que la pobreza extrema alcance a la mitad de su población, que millones de mexicanos sufran la marginación no sólo económica sino humana, que la violencia se extienda día a día y de diversas formas a la totalidad del tejido social; cómo explicar los cientos de miles de muertos en la guerra contra el narcotráfico y la creciente incorporación de niños al crimen organizado, cómo explicar la opacidad del caso Ayotzinapa, el enriquecimiento de un personaje como Duarte y su posterior fuga; cómo explicar el último lugar de la OCDE en materia educativa y ser el tercer país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo? Y en el ámbito que nos ocupa, ¿cómo explicar que más de la mitad de la gasolina que consumimos en el país se importa y la diferencia entre el precio de compra en el mercado internacional y la venta local sea de más de 7 pesos?
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Pareciera que este país está habitado al mismo tiempo por múltiples países, sin encontrar, entre ellos, algún puente que los comunique, un espacio de reconocimiento mutuo, una palabra en común. Pareciera que atravesamos una especie de esquizofrenia en la que sobre una estructura política indiscutiblemente moderna se montan y ejercen al amparo de la misma las peores prácticas caciquiles. Pareciera que en este país han desaparecido las mediaciones económicas, políticas, educativas, a través de las cuales pueda contrarrestar sus insalvables diferencias. Un país que, al amparo de sus hitos modernizadores ha excluido y sigue excluyendo a la mayoría de sus habitantes. Un país cuya delgada piel moderna no puede ocultar sus cicatrices, los agravios acumulados por siglos. Pero lo sabemos, la modernidad es un movimiento que al mismo tiempo que homogeneiza, fractura. Pero lo sabemos, el progreso se levanta sobre millones de víctimas. Hemos perdido los referentes comunes por los cuales guiar nuestra vida pública. ¿Qué significan palabras como democracia, transparencia, qué significa Estado de Derecho? ¡Nada! Como los psicóticos, nos deslizamos por el lenguaje sin atravesarlo, sin comprometerlo en un código mínimo de comprensión. Y lo peor, nos hemos convertido en una sociedad cínica, en la que se premia el fracaso, se hipostasia la banalidad, la simulación.
El mercado no opera en condiciones ideales, como quisieran hacérnoslo ver sus más conspicuos defensores, tampoco está sujeto a leyes puramente inmanentes, como si de una entelequia divina se tratara; el mercado opera en condiciones históricas y culturales concretas -desde luego, también en las peores: Bosnia, Siria o la frontera de México. El mercado opera de acuerdo a condiciones políticas precisas: el mito de su autonomía no es más que otra mascarada ideológica. Y la realidad de nuestro mercado lo constituye la lógica de un " mercado de compadres". Para muestra un botón basta: el reciente otorgamiento de notarías y el más lejano de los verificentros en Puebla. Se premia la lealtad al príncipe, no un principio legal-racional. Como sea, ese es el mensaje que Peña Nieto envía al país con la reinserción de Videgaray al gabinete. Carecemos por completo, de la política a la economía, pasando por el deporte, del espíritu agonal, tan caro a los griegos.
II
En otro contexto, hubiera sido el primero en apoyar el aumento de las gasolinas; incluso, en otro contexto, apoyaría una mayor imposición fiscal a la tenencia de automóviles. Por muchas razones, tenemos que disminuir el uso del transporte privado y fomentar el público. Es obvio que hay que encontrar la forma de paliar la crisis que se avecina ante el triunfo de Trump. Sí, cada vez más estamos sujetos a las fluctuaciones internacionales de los mercados. No hay estado fuerte si es pobre. Pero junto a eso, tampoco podemos desconocer el impacto en el “bienestar subjetivo” de la población que traerá el alza en los precios del consumo básico. Tampoco podemos desconocer que el 10% por ciento del PIB se pierde en corrupción y éste es el factor más importante para evaluar la decisión gubernamental. Tras el anuncio de Peña Nieto de disminuir en 10% el sueldo a funcionarios de primer nivel, ¿podemos creer que alguno de ellos recortará en serio una sola de sus prebendas, se fiscalizará el origen de los recursos de la campaña de Moreno Valle, el costo de la obra pública, disminuirán los bonos subrepticios y las cajas chicas de la clase política? ¿Cambiarán la exhibición de frivolidades los hijos de Romero Deschamps? ¿Se dejará de ejercer el espacio público como privado?
La confianza es la capacidad de un estado para disminuir o refuncionalizar los elementos que amenazan su sociedad-violencia, corrupción, pobreza, etc. Reconozcámoslo, el Estado mexicano ha sido incapaz de ofrecer esa confianza a su población. ¿Cómo pedirle a un país que se mantenga en los márgenes de la ley cuando los encargados de cuidarla son los primeros en estirarla hasta límites peligrosos o transgredirla flagrantemente? Reconozcámoslo, ni Duarte, ni los huachicoleros pudieron crecer sin la complicidad u omisión del Estado en su conjunto.
Para muchos, la sustancia democrática carece de calificativos; sin, embargo, hay que acotar su significado con algunos adjetivos concretos si no queremos convertirla en letra muerta, en una moneda sin algún valor de cambio.
No, no hay ingobernabilidad, ni posiblemente seamos un Estado fallido, pero nadie puede desmentir que nuestro malestar en la cultura se aproxima cada vez más a lo siniestro. ¿Qué tendrá que pasar en México para que aprendamos que la corrupción mata?
En algún lugar de Puebla, a 6 de enero de 2017