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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Invierno mexicano

No primavera, sino invierno mexicano. Las clases medias exigen sus privilegios. Volver al subsidio

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Enero 9, 2017

“El plato se colmó; el agua ha llegado a los aparejos. Hay espacio para pensar que llegó el tiempo de una sociedad organizada que logre conducir al país hacia un nuevo derrotero. Cuando observamos la reacción generalizada que ha provocado este agravio, que se suma a tantos otros, no es descartable imaginar una "primavera a la mexicana".

Carmen Aristegui ¿La Primavera mexicana?

Más artículos del autor

(http://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=104542)

“Bien me quieres, bien te quiero. No me toques el dinero”.

Joan Manuel Serrat. Disculpe el señor.

(http://www.musica.com/letras.asp?letra=803883)

En primer lugar envío a los lectores de este espacio que generosamente me brinda E-Consulta un excelente año 2017. Espero que a pesar de los signos negativos y preocupantes que han marcado los primeros días de este nuevo año, tengamos todos mucha paz, prosperidad, salud y plenitud.

Antes de iniciar la reflexión de hoy, que probablemente no guste a muchos, quiero aclarar que soy parte de las clases medias del país a las que dirijo mi crítica el día de hoy, por lo que la mayor parte de lo que digo en el artículo de hoy es aplicable a mí mismo en primerísimo lugar. Entiendo esta crítica, en primer lugar como autocrítica.

La celebración del Año nuevo estuvo marcada por el anuncio desagradable y doloroso del enorme aumento en el precio de las gasolinas, que en promedio fue del 20% a partir del primer día del 2017. Como era de esperarse este anuncio generó una gran indignación en la sociedad mexicana, que se ha venido expresando de manera virulenta y muy agresiva en las redes sociales y ha dado lugar a bloqueos carreteros y  movilizaciones ciudadanas como las que vimos este fin de semana en la Ciudad de México, Puebla, Monterrey y otras ciudades del país.

No voy a referirme aquí a la ola de saqueos a comercios y al clima de pánico generado en los días de la fiesta de Reyes, condenables desde cualquier punto de vista y muy claramente orquestados y financiados por grupos políticos –no necesariamente del gobierno como afirman sin evidencias contundentes muchas personas, pero sí desde grupos del mismo partido en el poder o de los que aspiran al poder- que darían para otro artículo completo.

Voy a centrarme en la indignación y en las manifestaciones de protesta de buena fe, de ciudadanos honestos y pacíficos que están con razones válidas manifestando su hartazgo hacia el gobierno federal en turno que ha sido desastroso en su gestión y se muestra cada vez más errático e insensible al sentir de la sociedad a la que por mandato constitucional está obligado a servir.

La reacción generada por el llamado mega-gasolinazo ha sido realmente enorme y ha tenido un gran impacto al grado de que algunos periodistas y miembros de la comentocracia proclives al optimismo utópico “revolucionario” han hablado de una posible Primavera mexicana, similar a la ocurrida hace unos años en los países árabes en los que la sociedad civil organizada se manifestó y generó movimientos que lograron derribar regímenes autoritarios.

¿Estamos realmente ante el umbral de una Primavera mexicana? En lo personal lo dudo mucho. Me inclino más bien a pensar en que nos encontramos en el invierno duro, inclemente y difícil de un sistema que surgió a partir de la Revolución mexicana y que a pesar de la llamada transición a la democracia y de su evidente decadencia se niega a morir porque lo tenemos inoculado, impreso en los genes como bien apuntan María Sherer y  Nacho Lozano en su reciente libro: El priísta que todos llevamos dentro.

Si analizamos el discurso que están manejando las manifestaciones de protesta y los argumentos que están circulando por las redes sociales, el reclamo fundamental es que se revierta el aumento a las gasolinas y la razón fundamental para esta exigencia es, si somos totalmente honestos, que esta medida tocó nuestros bolsillos como miembros de las clases medias nacionales. De manera que no estamos protestando contra el gobierno para exigir el fin de la corrupción, el cambio del sistema que sigue reproduciendo la desigualdad y manteniendo la injusticia, el encarcelamiento de los gobernadores que por décadas han saqueado a prácticamente todos los estados del país y que últimamente han excedido cualquier límite y llegado al cinismo absoluto, el establecimiento de medidas que terminen con la violencia estructural en que vivimos, etc.

Ante la inocente e indignante pregunta del Presidente de la República: ¿Qué hubieran hecho ustedes? He recibido muchas tablas, textos, etc. que plantean acciones –muchas de ellas pertinentes y urgentes- tendientes a terminar con los ofensivos privilegios de los políticos y a recuperar el dinero que se ha perdido por la corrupción. Estas acciones resultan indispensables, pero el problema de fondo es que las respuestas van en la línea de realizarlas para obtener los miles de millones de pesos que costaría seguir subsidiando el precio de las gasolinas…con el fin de seguir subsidiando el precio de las gasolinas.

Sin ser economista ni experto en cuestiones medioambientales he leído muchos documentos de expertos en esos campos que demuestran que subsidiar las gasolinas es una política que afecta el medio ambiente porque sigue incentivando el uso del automóvil particular y es regresivo socialmente porque el subsidio beneficia mucho más a los sectores de mayores ingresos de la sociedad que son quienes más consumen estos combustibles.

Pero los indignados no están manifestándose para exigir que en congruencia con el encarecimiento del precio de las gasolinas se impulsen políticas para el uso de energías limpias, para el mejoramiento radical del transporte público en nuestro país, para crear las condiciones que permitan el uso intensivo de la bicicleta y el tránsito seguro y eficaz de los peatones. Están simplemente pidiendo que la gasolina siga subsidiada porque su encarecimiento afecta directamente sus bolsillos y no están dispuestos a cambiar sus estilos de vida que incluyen de manera fundamental el uso del automóvil particular. Para no sentirnos tan mal, estamos usando el argumento de nuestra preocupación por los pobres y argumentando –contra las evidencias de investigación- que es a ellos a quienes más afectará esta medida.

El problema del gasolinazo pasa sin duda por la corrupción y la impunidad que han caracterizado el sistema político mexicano por prácticamente un siglo. Pero la indignación que ha generado y las motivaciones que mueven las protestas no muestran, por lo que acabo de argumentar, que estemos ante el inicio de una Primavera mexicana sino más bien ante la manifestación de un invierno mexicano muy crudo en el que los recursos se han agotado y el gobierno ya no puede seguir dando el privilegio del subsidio a las gasolinas a los sectores más favorecidos y más visibles de la sociedad. Lo que se está reclamando de fondo podría sintetizarse en el dicho: “Santa Rita, lo que se da no se quita”.

Porque no habrá una real Primavera mexicana mientras la sociedad no se organice para reclamar con toda la energía el fin de la corrupción y la impunidad, el término de los privilegios insultantes de los políticos pero no para seguir disfrutando de los privilegios que se nos quitan y que históricamente se han negado a los más pobres sino para impulsar desde una mirada centrada en el Bien común, el indispensable cambio de régimen que requerimos para construir un país realmente democrático, justo y pacífico.

Mientras no cambie la finalidad, las protestas seguirán siendo, desde mi punto de vista, expresiones de las clases medias que como dicen las investigaciones se mueven por sus intereses y no por principios, reclamos al gobierno en el tono de: “Bien me quieres, bien te quiero. No me toques el dinero”.

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