Leí por ahí que “gobernar un país sin popularidad, es igual que manejar un coche con las llantas ponchadas”. Eso le pasa al presidente Peña Nieto.
Pasó casi omisa para los medios la reunión del consejo político nacional del PRI, a pesar de la presencia del presidente. Para colmo, la muerte de Fidel Castro arrinconó la información.
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De suyo los tiempos son otros. Lejos de aquellos ruidosos cónclaves con discursos retumbantes. La estrella presidencial dominaba los medios al día siguiente. Hoy el agua ha tomado su nivel. Las notas hablan de un ambiente festivo a modo. Arropamiento concertado al presidente. Dirigido por nota con público cautivo.
La “espontaneidad”, su alguna vez la hubo, hoy estaba encasillada, encapsulada.
Y la pieza oratoria tuvo una pobreza franciscana. El parto de los montes. Quienes esperaban anuncios o definiciones espectaculares, se conformaron con ver el salto de un mísero ratón por la boca del volcán.
Y es que el presidente Peña llega a su cuarto año de gobierno con la aprobación de apenas el 24 por ciento de los ciudadanos. Y en la zona metropolitana menos del 20 por ciento.
Muy, pero muy por abajo del cuarto año de Salinas (77 por ciento), o de Zedillo (64 por ciento). Y no va solo el presidente. La aprobación de los alcaldes bajó 13 puntos, y la de los gobernadores entre 23 y 25 puntos.
La gente pone la nota que tiñe de desencanto, irritación y pesimismo las encuestas: inseguridad, inflación y corrupción son lo que más duele, según la reciente encuesta de Mitofsky.
Y los aliados presidenciales abonan generosamente a ese desencanto que tiñe los medios de crítica y desaprobación flamígera: aparecen como flamantes miembros del consejo político nacional del PRI, Humberto Moreira, José Murat y Víctor Flores, esos paladines de la democracia y la pulcritud.
Todos ellos han estado en el imaginario colectivo con el traje de rayas verticales. Y ahora, con ese fino tino que le caracteriza, el presidente los integra como invitados de lujo a ese conspicuo órgano que no hace mucho tuvo como figuras refulgentes a los Duarte, Borge y demás fauna.
Y el discurso, ¡oh, el discurso!. El señor Peña le pide al PRI no ser omiso ante los actos de corrupción. Cuando el pantano en el que se movieron algunos de los insignes personajes referidos duró seis años y se mantuvo invisible e incólume a los ojos del gabinete presidencial y sus responsables de la justicia, partido incluido.
Y le demanda sancionar las ilegalidades y las complicidades. Palabras que pudieran ser dichas en otras latitudes, pero menos, mucho menos en Puebla.
Sin duda, en algún rincón de la asamblea del consejo, el secretario Gerardo Ruíz Esparza (el socio de OHL y otros consorcios españoles exhibido en tantas grabaciones) esbozaba una sonrisa socarrona, con los papeles de contratos millonarios a buen resguardo.
Y les pide el presidente hacer caso omiso de supuestos pactos electorales. Y ahí estaba presente doña Blanca Alcalá que algo sabe de estas cuestiones…
En fin. Así mostraron los medios, de manera opaca y casi perdida, la reunión del consejo político que se perfila como punto de partida para ganar la presidencia de la república.
¡Con qué ojos divino tuerto…!