Hay pequeñas historias en las que el infortunio de unos se torna en la fortuna de otros. Son vidas de seres humanos que están ahí, literalmente junto a uno, y que condensan una serie de claroscuros de la condición humana.
Es el caso de esa pareja. Sucedió en un lugar cercano a Puebla. Él, hijo de españoles, se dedicó a trabajar todo el tiempo y acumuló un capital nada despreciable para vivir en una pequeña ciudad. Con este patrimonio evolucionó en su afán de acumular fortuna. Y entonces se dedicó a prestar dinero con intereses.
Más artículos del autor
Se casó con una mujer vecina del lugar con quien mantuvo una relación estable mucho tiempo. Él era una figura respetable en su condición de prestamista. No era propiamente un personaje amado por la comunidad, pero tampoco había concitado odios ni resentimientos.
Hombre austero y metódico, vivía sólo para sí y para su respetable esposa. Reunió un buen capital y compró un pequeño hotel en la costa. La pareja no tenía hijos, ni sobrinos, ni pariente alguno.
Sólo eran los dos y su fiel sirvienta. Esta era una mujer de pueblo encariñada y fiel a la pareja. Cumplía con sus deberes con una devoción casi religiosa. Acataba las indicaciones de sus patrones con una actitud propia de un siervo.
Una mujer obediente, discreta, de poco hablar. Así se ganó la confianza de sus patrones y acumuló años junto a ellos, como un miembro más de la familia.
La casa donde vivía la pareja era grande, cómoda, lujosa para ser de un pueblo.
Era impenetrable. Sólo los tres se movían ahí, con discreción y celo. Una especie de convento familiar.
Pero el núcleo de la residencia era el despacho del prestamista. Ese era su refugio, como una capilla privada, privadísima, para su liturgia de atesorar fortuna.
Un día tuvo que vender su hotelito y recibió un pago de ocho millones de pesos. Receloso de los bancos se dijo: “¿Por qué voy a dejar que otros ganen con mi dinero y me den migajas?; nada, sólo yo sé cómo se maneja el dinero..”
En fajos de billetes de alta denominación guardó todo en el despacho. Esta oficina tenía muchos muebles de madera fina y magníficos acabados. En su escritorio y en cómodas y libreros, tenía pequeños cajones, todos con sus respectivas llaves que únicamente él tenía y resguardaba.
Al despacho no entraba ni la sirvienta. Estrictamente él y su esposa. La señora hacía el aseo.
De vez en cuando, unas cuatro veces al año, la pareja se pasaba unos días en Veracruz. Ahí rentaba un cuarto en el mejor hotel y disfrutaban el clima y la deliciosa cocina veracruzana. Ese era su gran placer. Siempre solos. En la casa se quedaba su fiel guardián, la veterana sirvienta. Sola y su alma.
En dos o tres ocasiones abrió su despacho a un amigo suyo. Un hombre mayor con quien compartió algunas reflexiones muy personales sobre su filosofía de la vida. Esta se reducía a hacer fortuna y guardarla. Y de lo que hablaba le dejó ver testimonios fehacientes e impresionantes.
Escéptico de los bancos u otros sistemas de inversión, en ese despacho tenía su propio banco.
En esas contadísimas ocasiones le dejó ver a su amigo parte de su fortuna. Le mostró varios de los cajones, cada uno con su respectiva llave. En ellos había, perfectamente bien formados, cientos de centenarios.
Centenarios aquí, allá, arriba, abajo, a los lados. Absolutamente todos bajo llave. El amigo se quedó asombrado de lo que había visto, boquiabierto. Y con su silencio correspondió a la confianza mostrada por el prestamista.
Un día la esposa del hombre rico murió. La soledad y el dolor le provocó una tremenda depresión y, exactamente al cumplir tres meses de muerta la señora, falleció él.
Sin parientes herederos, la sirvienta se quedó con la residencia…¡y el despacho de oro!
Mujer de pueblo, acostumbrada durante años a los deberes propios de la servidumbre, ante los ojos de los vecinos pareció no inmutarse. Ella siguió, y sigue, imperturbable en su quehacer: el aseo y mantenimiento de la casa, la casa del despacho de oro.
Nadie sabe para quién trabaja, dicen unos. La fidelidad premia, dicen otros.
La sirvienta sí sabía perfectamente para quién trabajaba.