En breve se realizarán las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Al momento de escribir estas líneas estamos a la espera del tercer y último debate entre los dos principales candidatos, la demócrata Hillary Clinton y el abanderado, formalmente republicano, Donald Trump. Este último enfrenta un declive paulatino pero permanente desde hace tres semanas, cada vez más profundizado por un nuevo escándalo, acusación, videograbación, conflicto y un largo etcétera que lo marcará como el candidato republicano más polémico de la historia reciente en ese país.
La elección de quién dirija al país con mayor influencia del mundo es relevante para todos, no sólo para los norteamericanos. La contienda muestra, en la punta del iceberg, a dos candidatos profundamente contrapuestos, pero es parte de una realidad social muy compleja donde las distintas expresiones sociales combinan fobias, anhelos, orgullo, miedo, intolerancia, resentimiento, etc. Cada sector de la sociedad norteamericana tiene una o más razones para apoyar, o no, a uno de los candidatos, pero también para no participar del proceso de elección, ya sea por la estridencia inusitada en la campaña o por cualquier otra reflexión, pero el conflicto social es hoy más evidente que nunca. Discriminación, abuso policial, estigmatización, resentimiento de raza, lucha de clases, desconfianza en la clase dirigente, narcotráfico y violencia, todo esto y más es parte de una sociedad inconforme que cada vez más le cuesta creer en un futuro mejor.
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Las más recientes mediciones mediante encuestas muestran un panorama que favorece a la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien de acuerdo a una encuesta patrocinada por los medios de comunicación The Wall Street Journal y NBC encabeza las preferencias generales con un 48 por ciento, mientras que su rival se queda atrás con un 37 por ciento.
Lo que quizá daña más la imagen de Trump en esta campaña es que reiteradamente se le muestra como un hombre que denigra a las mujeres, hace comentarios vulgares y soeces sobre ellas, mostrando que en el fondo desprecia o de plano no entiende el papel de las mujeres en el siglo XXI. El tema fue ventilado en el primer debate cuando Hillary hizo referencia a comentarios que Donald Trump realizó sobre la ex Miss Universo Alicia Machado, un par de días después el magnate volvió a referirse a la modelo acusándola de complicidad con la abanderada demócrata y contra atacando sin éxito; después vino la grabación de hace unos años donde Trump realiza comentarios bastante vulgares sobre la forma en que él suele tratar a las mujeres, ufanándose de su fama que le permite hacer de todo con ellas. Este fue un golpe demoledor para su campaña.
El que exista una candidata mujer con posibilidades reales de convertirse en la presidenta de los Estados Unidos, hace que el voto por género tenga mayor importancia en la estrategia electoral. Una encuesta de la cadena CBS muestra que el 70 por ciento de los encuestados considera que Trump no respeta a las mujeres. Esta misma encuesta muestra que en los estados de mayor rivalidad entre republicanos y demócratas, la preferencia de las mujeres por Hillary creció en el último mes, pasando de 5 por ciento a 15 por ciento. Así como Hillary encabeza el voto femenino, entre los hombres las preferencias generales dan 5 por ciento a favor de Trump El voto de las mujeres puede ser un elemento fundamental en la derrota de Donald Trump.
Por otra parte, la campaña presidencial en Estados Unidos tiene un componente preocupante que, una vez más, aparece en el centro de interés para los hispanos residentes en ese país, y para México en particular. Donald Trump colocó el tema migratorio como un eje principal de su campaña, tanto en las elecciones primarias republicanas como en la contienda presidencial. Las acusaciones sobre la pérdida de empleos en muchos estados industriales y en otros agrícolas, señalan a los migrantes hispanos como los que “roban” los empleos a las personas blancas promedio norteamericanas. Este pensamiento discriminatorio lleva a plantear la propuesta absurda de extender un muro a los largo de toda la frontera con México para impedir su cruce ilegal.
Por loco que nos parezca, hay personas en Estados Unidos, muchas, miles, que piensan que eso es una buena medida y se dejan seducir por un hombre que les lleva a pensar que la culpa de sus problemas económicos, laborales e incluso de convivencia, es de los “otros”, no de ellos. La constante crítica al Acuerdo de Libre Comercio, el TLC, es también uno de los elementos que sirven a Trump para culpar a “otros”, en especial a los mexicanos. Constantemente se refiere a este acuerdo comercial como el peor jamás firmado en la historia estadounidense, que sólo benefició a México y que, por culpa de las dinámicas comerciales generadas, se han perdido más empleos y de manera acelerada. La solución que Trump propone es renegociarlo, imponiendo cláusulas nuevas que protejan la economía, fuentes laborales e industria de los Estados Unidos.
Aquí cabe hacernos la siguiente pregunta. ¿A México le conviene abrir un proceso de revisión y renegociación del TLC? Bien vale el cuestionamiento ya que, de manera mucho más velada y sin estridencia, la campaña demócrata tiene en su plataforma electoral el mismo tema, renegociar el TLC. La Secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu, ha dicho que nuestro país estaría abierto a un planteamiento de revisión del tratado y actualizarlo a las nuevas condiciones del comercio mundial. No cabe duda que hay sectores altamente beneficiados por el TLC en nuestro país, el más destacado es la industria automotriz que tiene records de ventas nacionales y de exportación, una inversión real en plantas armadoras, aún cuando, hay que decirlo, lo que realmente estamos exportando con la industria automotriz es la mano de obra, dado que la inmensa mayoría de componentes de esta industria es importada. Por otra parte, México ha padecido constantes bloqueos a productos y servicios, el aguate, el jitomate en los primeros años; el transporte de carga fue permanentemente bloqueado por la presión de los sindicatos transportistas en el vecino país. En fin, ejemplos existen de la complejidad que deriva del trato comercial, pero creer que renegociar el TLC redundará en nuestro beneficio es una idea poco probable en la realidad.
La vecindad con los Estados Unidos hace que México tenga múltiples efectos por las decisiones que ocurren al interior del país más influyente del mundo. Esta elección presidencial ya ha tenido efectos sobre el tipo de cambio peso-dólar, ha abierto mayores espacios de incertidumbre sobre qué podría pasar en caso de triunfo de Donald Trump, sobre la capacidad de cambio de Hillary Clinton y las afectaciones comerciales que de un modo u otro pudieran ocurrir.
Hay que tener presente que las elecciones de noviembre incluyen el relevo de congresistas y una parte del Senado, por tal razón, la cúpula republicana parece haber tomado ya la decisión de dejar a su suerte la campaña de su abanderado presidencial Donald Trump, para enfocarse en los distritos electorales claves para aspirar a la mayoría en el Congreso y mantener el control al menos de una de las dos Cámaras. El precio de fragmentar el liderazgo republicano se expresa en su actual candidato, que concita la falta de apoyo de muchos dirigentes políticos, entre ellos la familia Bush, pero no pierden de vista el poder legislativo que ha permitido contener a la presidencia de Barack Obama. Por otra parte, los demócratas saben que ganar sólo la presidencia no garantiza sacar adelante políticas públicas específicas como hasta ahora ocurre. Uno de los problemas políticos más relevantes en Estados Unidos es precisamente la inoperancia en que ha caído en varios momentos el gobierno y el poder legislativo, por culpa de las posiciones férreas sin espacio de entendimiento.
En poco tiempo sabremos la nueva configuración política de los Estados Unidos; quién habitará la Casa Blanca y qué mayorías dominarán el Congreso. México debe estar preparado para cualquier escenario y los políticos que tenemos representación popular y cierta capacidad de influencia, debemos contribuir a tomar las mejores decisiones en favor de las y los mexicanos, dentro y fuera de nuestras fronteras. El momento actual tiene una relevancia significativa para el rumbo que puede tener la región de América del Norte, en general, y la relación bilateral entre México y Estados Unidos, en particular.
Surge la repetida pregunta: ¿a México le va mejor si gana Hillary Clinton? Mucho me temo que para nuestros intereses es tan mala una como el otro.