Hace unos días, una colega subió una foto en facebook, entregando apoyos en el albergue Porfirio Cordero Pérez, en Tehuacán, Pue. Empecé a recordar a mi abuelo, don Porfirio, por lo que significó y significa aún en mi vida.
A lo largo de los años, en mi experiencia personal y profesional, he tenido diversos acercamientos con las comunidades rurales e indígenas de Puebla, así como con sus tradiciones y costumbres y su manera de ver la vida, pero todo empezó cuando de niña, entre los senderos sinuosos de la sierra norte del estado de Puebla, acompañaba a mi abuelo, supervisor de escuelas primarias en la región de Zacapoaxtla, Puebla.
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A él le gustaba dialogar mucho, no solamente con los directores o los maestros en las escuelas, lo hacía también con los miembros de la comunidad y con los niños, especialmente con sus padres, porque, según me platicaba después, ahí era donde se concentraba la sabiduría de un pueblo.
Buscaba especialmente a los ancianos. Valoraba mucho los saberes campesinos de los indígenas, especialmente los relacionados con la siembra y la cosecha en los pueblos, así como los saberes que él llamaba ascentrales, es decir, aquellos que se transmitían de generación en generación, especialmente los relacionados con la educación, la comida, el vestido, la salud , las tradiciones, su aprendizaje y enseñanza.
Participaba en las tertulias del pueblo, en la que se narraban muchas historias, de las personas, del pueblo, las costumbres, las leyendas y las fiestas por supuesto. Don Porfirio hablaba un poco de náhuatl, lo suficiente para comprender e interaccionar con las personas de cada comunidad.
Llevaba los Talleres de Capacitación junto con otros maestros, lidereados por el profesor Raúl Isidro Burgos, hasta los lugares donde se necesitaban, con la intención de vincular los aprendizajes sociales de las comunidades con los de la escuela, en una simbiosis de enseñanza y aprendizaje mutuo.
Ahora que estoy investigando este campo, me doy cuenta que él poseía el don de la investigación, porque no necesitó muchos estudios para llegar al reconocimiento de que los procesos de aprendizaje y desarrollo, pueden ser independientes a la experiencia y al vínculo con la escuela. El comentaba siempre que la misma vida es un espacio para el aprendizaje.
¿Qué puedo concluir como parte del aporte de mi abuelo? Que en todo proceso de formación, el desarrollo de competencias que articulan lo individual y lo colectivo, de saberes y aprendizajes formales e informales, en contextos rurales e indígenas, representan una fuente de significados de múltiples posibilidades para todos los sujetos, un lugar de aprendizaje a través de la convivencia diaria.