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OPINIÓN

Como río

Alberto Caturelli, filósofo de Hispanoamérica. Doctor Honoris Causa de la UPAEP. Influencia filosófi

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Octubre 5, 2016

Ayer, martes, ya no me dio tiempo de escribir algo, mejor dicho, desde antier, lunes, quería escribir algo sobre san Francisco. Algo que leí en un libro de Donald Spoto: El santo que quiso ser hombre. Pero el tiempo me comió y no me di tiempo. Además, estaba muy cansado. Lo que sí acaeció fue ya en la noche el famoso “cordonazo de san Francisco”: cayó un aguacero impresionante, digno de esas memorables tardes en que –yo adolescente- con mi papá, contemplábamos la lluvia mientras escuchaba yo sus historias.

Luego –ya en la noche- que revisé el FB, me enteré por un amigo entrañable de hace muchos años que murió Alberto Caturelli, el filósofo argentino que tuvo mucha relevancia en la escuela de filosofía de la UPAEP. Me dieron ganas de escribir algo al respecto (incluso, pensé, la universidad debía hacer un pronunciamiento público por haber fallecido uno de sus doctores Honoris Causa). Y entonces recordé algunas cosas, varias, del trato que este hombre nos prodigó a varios en la universidad. Desde luego, su vínculo cercano era el padre José Pereda, entonces superior de los Cruzados de Cristo Rey, y mediante él, el vínculo con la UPAEP y la escuela de filosofía, con Pablo Castellanos, Jorge Navarro y, posteriormente, Juan Louvier.

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Es verdad, por otro lado, la admiración y luego el vínculo de Rodrigo Guerra con este ya maestro para la escuela de filosofía. La admiración de aquél se mostraba con sus lecturas de los libros del filósofo rioplatense, en particular, el de La filosofía. Pero me detuve en esas imágenes en que el filósofo argentino daba las conferencias sobre san Agustín o sobre Michele Federico Sciacca. Una de esas conferencias, sobre la interioridad objetiva, o el idealismo objetivo –si mal no recuerdo así era el título-, me abrió en lo personal un nuevo horizonte.

He de decir que una de las materias (o asignaturas) que más me gustó de la carrera fue Filosofía de la historia (el profesor Barradas hizo lo suyo y, sin duda, dejó algunas otras inquietudes). De esa materia (que tomamos dos cursos semestrales) me quedé con una extraña convicción: la verdadera historia es la que llevamos dentro. Los auténticos y más hondos acontecimientos son los que ocurren en la interioridad. De ahí mi primer vena, vínculo, lazo, inquietud o lo que fuere con san Agustín, máxime cuando en el curso –al estudiar al santo de Hipona- habíamos visto que la historia tiene sentido en esa lucha entre el bien y el mal por el corazón del ser humano (el texto que, entonces, llevábamos era el de Jorge Luis García Venturini: Filosofía de la historia. Panorama historiosófico y nuevas claves, creo que así era el título; y ahí decía literalmente que, según san Agustín la historia es la lucha entre el bien y el mal en el corazón de los hombres).

Pues resulta que con esa idea de la interioridad y con esa idea de la historia, yo estaba con la convicción de que no hay historia real y verdadera que no ocurra en el interior, en el alma, en la conciencia del hombre. Cuando escuché a Caturelli en esa conferencia sobre la interioridad, una línea que provenía de Platón, pasaba por san Agustín, llegaba a Pascal y luego a Rosmini, y de ahí –planteaba Caturelli- pasaba a Sciacca, se dio el chispazo que faltaba para encender la inquietud que ya estaba ahí esperando prender. Entonces, a partir de ahí, me quedé con el deseo de estudiar la filosofía de la integralidad, que así le denominó el propio Sciacca a su planteamiento. Eso fue en la carrera, me supongo que en los semestres superiores o en los primeros años de docencia.

Caturelli, desde luego, no se quedaba ahí, en la conferencia magistral. Su cercanía también tenía que ver con el estudio (de hecho, su tesis doctoral que presentó cuando la UPAEP le otorgó el doctorado Honoris Causa fue sobre la estudiosidad) y así lo reflejó en sus charlas con los estudiantes de filosofía sobre cómo elaborar fichas de trabajo. Y ahí, en una suerte de taller, nos platicaba justamente cómo hacer ese tipo de fichas para lograr un estudio efectivo.

Con el paso del tiempo, y ya siendo profesor en la UPAEP, había yo elegido para la tesis doctoral el tema de la idea del ser y de la razón en el pensamiento de Sciacca. Entonces acudí a pedirle su orientación y su ayuda. El trato no sólo fue amable sino cercano: amplia bibliografía y en algunas de sus comunicaciones me decía: “Váyase a Génova, ahí encontrará a los discípulos de Sciacca y buenos amigos míos, a Pier Paolo Otonello y a Adelaida Raschini”.

En 1997 me encontré con Otonello en Génova. La obra de Sciacca estaba en Stressa con los padres rosminianos. A partir de ahí, el Centro di Studi sul pensiero europeo M. F. Sciacca me abrió sus puertas, y los estudios sobre el pensador siciliano estaban a la orden del día. En el 2000, en Génova también, coincidí con Caturelli y doña Celia, su esposa. Él daba la conferencia magistral sobre Sciacca y yo llevaba mi ponencia sobre Sciacca, su visión del mundo y de la persona. Y en el 2003, en otro congreso, coincidíamos en Roma en un congreso tomista, ahora no sólo él iba con doña Celia, sino que yo iba acompañado por mi mujer. En un desayuno o en una comida, no lo recuerdo con exactitud, nos la pasamos muy bien, no sólo hablando cosas serias y profundas, sino risa y risa, de esos momentos graciosos raros en el ambiente de congresos filosóficos pero que se dan porque sí, muy ricos y sustanciosos.

Con el paso del tiempo, la comunicación fue reduciéndose a los correos electrónicos, a los saludos corteses y a las salutaciones. Lo relevante ha sido lo que queda a partir de esa inquietud juvenil, esa chispa que, por sus palabras, por sus conferencias, por sus saludos o palabras cercanas, se enciende, arde y quema, La última vez que lo vi fue en un encuentro internacional en la UPAEP, en el 2010; si mal no recuerdo él habló acerca de la vocación de Hispanoamérica y mi ponencia fue, en un panel, sobre el significado de la independencia y la revolución.

Ahora que releo a Octavio Paz –una entrevista que le hace Julián Ríos-, me va quedando claro, en el análisis que hace sobre la modernidad y la literatura, que hay hombres –como lo fue Caturelli- que son como los ríos, siempre vitales, a veces tranquilos, a veces turbulentos, siempre llevando consigo energía, búsqueda, deseo, siguiendo el curso de su vocación y desembocando, tarde o temprano, en el mar del misterio de la vida. Otros profesores muy queridos han sido también así y han influido igualmente con sus palabras, sus orientaciones, sus actitudes y sus ejemplos. Como dijo el poeta, en otra entrevista a partir de su poema “Hermandad”: “Alguien me deletrea”. Y a Caturelli se le puede comprender desde esas palabras, con un añadido: doña Celia siempre le pasaba a máquina sus fichas y sus escritos, era su secretaria eficiente. Creo que juntos buscaban lo mismo. Ahora, sin duda, lo han encontrado. Desde Puebla vaya hasta Argentina, a Río de la Plata, un abrazo fraternal a los familiares y amigos de don Alberto.

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