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OPINIÓN

Informe presidencial y nota sobre Juan Gabriel

El informe. Del viejo ritual, al día del presidente, las "interpelaciones", hasta la entrega por esc

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Agosto 31, 2016

El informe presidencial llegó a ser el principal ritual político en el periodo que se conoce como sistema de partido hegemónico o segundo Estado mexicano. El centro del sistema era el presidente de la República, y en ese ritual los integrantes del poder legislativo federal, diputados y senadores, iniciaban su periodo de sesiones escuchando al presidente.

El ritual llegó a excesos. Parecía que los legisladores, más que a escuchar al presidente, iban a aplaudirlo. Se llegaron a prohibir los aplausos, pues eran tantos y tan repetidos que alargaban el ritual innecesariamente. Una escena digna de una novela política de García Márquez. La arquitectura de la Cámara de diputados, donde se presentó el informe desde la segunda mitad de los setenta, refleja bien el fondo del ritual: como un cine o un teatro donde unos, los muchos, son espectadores, de otro, que es el actor único.

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Lo que pasaba en los medios era también digno del realismo mágico: todos los canales de televisión y todas las estaciones de radio transmitían una sola cosa, el informe presidencial.

El ritual terminó, si mal no recuerdo, en 1988. Entonces llegaron al Congreso expriistas como Porfirio Muñoz Ledo que no querían escuchar al presidente, sino ser escuchados. Las interrupciones, “interpelaciones” las llamaron, fueron tan frecuentes que acabaron con el viejo ritual. Volvieron imposible informar. Después de varios años de experiencias lamentables, el ejecutivo decidió cumplir su deber de informar presentando un texto escrito. El ritual se movió a un ámbito semiprivado: el presidente frente a un grupo más o menos numeroso de invitados.

El cambio refleja la nueva pluralidad política del país. Refleja también la juventud de nuestra democracia, con algunos rasgos broncos, como la incapacidad de escuchar a alguien que está cumpliendo un mandato constitucional. Nadie puede pretender la vuelta al pasado, sea al del ritual de sumisión ante el presidente, sea al ritual de interpelación para impedir el informe. Lo que tenemos ahora, ¿qué tan bueno o malo es?

El informe es indispensable. Es necesario que los políticos informen, y la formalidad constitucional de que el presidente lo haga cada año no está cuestionada. Debe haber un informe escrito detallado y un informe verbal al que tengan acceso todos los ciudadanos interesados. Nadie pretende que el informe monopolice los medios, como antes. Pero sí que tenga la cobertura que merece como el principal acto político del año.

El legislativo debe desde luego reaccionar frente al informe. Pero no con desplantes e interrupciones, sino con análisis y cuestionamientos a lo informado. Un trabajo de las comisiones, que deben luego llamar a cuentas, como se hace en muchos casos, a los secretarios de estado respectivos. Un trabajo mucho más complejo, que no es fácil de seguir por la opinión pública, pero más importante y más fructífero.

Pasar del legislador que interpela en un acto público al legislador que estudia, analiza, cuestiona datos, proyectos, conclusiones, y presenta sus cuestionamientos al secretario encargado de la política, es un progreso enorme. Hay ahí una posibilidad de interlocución y de rendición de cuentes entre los dos poderes que no había en el ritual anterior.

Sobre Juan Gabriel

Se dice que Fernando Montes, Jesuita chileno, hasta hace poco rector de la Universidad Javier Hurtado, es el sacerdote favorito de la presidenta Michelle Bachelet. Hace algunos años, en una conferencia en el ITESO de Guadalajara, Montes agradeció estar en México, pues a él, dijo lo “acunaron con canciones mexicanas”. Incluso, siguió, “siento que a veces Dios me habla con canciones mexicanas, como la que dice “probablemente ya de mi te has olvidado...”.

Quede este recordatorio como un homenaje al compositor mexicano recién fallecido, a la cultura popular que une naciones, y al buen “lector” que es Fernando Montes.

[El autor es profesor de la UDLAP]

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