“El principio de la locura es continuar haciendo
las cosas como siempre se han hecho
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y pretender obtener resultados diferentes”.
Albert Einstein.
Un mundo en crisis
La educación está en crisis porque es producto y a la vez productora de una sociedad y un mundo en crisis. Sería imposible hablar de una escuela exenta de elementos problemáticos en una sociedad inmersa en una profunda crisis global, así como resultaría impensable hablar de un mundo sin crisis teniendo sistemas educativos en estado crítico como los que hoy vemos en México y en todo el planeta.
Como afirmo en mi libro Educación humanista (2009): “La educación produce la sociedad que la produce”, puesto que existe una relación recursiva y retroactiva entre educación y sociedad. De manera que una sociedad en crisis producirá una educación en crisis que a su vez producirá una sociedad en crisis.
En efecto, nuestro presente es de crisis en lo económico, en lo político, en lo ecológico, lo cultural, lo social, lo moral y lo espiritual. Nos encontramos en una crisis de dimensiones globales y de profundidad e implicaciones difíciles de visualizar en toda su complejidad.
Esta crisis global afecta sin duda a la escuela que vive hoy una situación especialmente difícil porque parece ya no responder a las nuevas realidades que hoy se viven, así como las estructuras económicas, políticas y sociales ya no responden a las exigencias de humanización, justicia y equidad que los habitantes de este planeta están planteando con urgencia creciente.
De manera que parece cada vez más claro que la escuela no puede continuar haciendo las cosas como siempre las ha hecho. La crisis del presente indica que si se quieren obtener resultados educativos diferentes, se tiene que reinventar el modo en que se está promoviendo el aprendizaje.
¿Por qué y para qué reformar la educación?
El prestigiado educador, escritor y conferenciante británico Ken Robinson, experto en asuntos relacionados con la creatividad, la calidad de la enseñanza y la innovación plantea en su conferencia: Cambiar los paradigmas en la Educación (http://www.youtube.com/watch?v=Z78aaeJR8no), que el sistema educativo actual está sustentado en dos pilares que tienen relación directa con el origen histórico de la educación pública: la Ilustración y la Revolución industrial.
Es así que los sistemas educativos aún vigentes en el mundo están construidos, por su sustento en el paradigma de la revolución industrial, sobre la base de que la escuela es una especie de línea de producción de recursos humanos para la empresa. De esta manera la escuela homogeneiza a los estudiantes por edades –cosa que puede tener cierta lógica en la psicología del desarrollo pero no toma en cuenta la diversidad de competencias y niveles de madurez de cada alumno- y los inserta en modelos curriculares tubulares, en procesos lineales y rígidos de formación basados en la idea de perfiles de egreso idénticos.
Por otra parte en la escuela y la universidad actual sigue predominando el modelo academicista y racionalista de inteligencia que generó la Ilustración, según el cual, los seres humanos se dividen en inteligentes y no inteligentes dependiendo de sus aptitudes en el razonamiento lógico matemático y lingüístico para decirlo en términos de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (1993), a pesar de que hoy se sabe –desde la misma teoría de Gardner y otros estudios sobre la mente humana- que existen múltiples tipos de inteligencia, todos ellos válidos y necesarios para el desarrollo individual y social.
El mundo de hoy ya no es el de la revolución industrial ni el de la Ilustración. Esta es la razón de fondo para cambiar la educación: hacer que responda al mundo en que vivimos en el siglo XXI.
¿Para qué cambiar la educación?
Dos son las razones que da Robinson para cambiar el sistema educativo actual. La primera tiene que ver con la necesidad de formar personas que tengan las competencias necesarias para adaptarse y sobrevivir en la economía global cambiante e incierta en la que hoy está inserto el mundo.
La segunda razón es cultural. Es indispensable formar hoy a los ciudadanos que sean capaces de convivir en un mundo en el que existe una gran diversidad de culturas desde una sólida formación en sus propias raíces culturales: convivir en la pluralidad cultural desde la identidad propia.
Sin embargo, y a pesar de la pertinencia de estas razones, es necesario plantear una razón más profunda para cambiar la educación actual: la razón humana y social. En efecto, hay que transformar radicalmente la educación que tenemos hoy, cuando el futuro ya nos alcanzó, fundamentalmente porque ya no está respondiendo a las necesidades de humanización del ser humano del siglo XXI y porque no está contribuyendo a construir una sociedad más humana y más justa.
La razón humana y social fundamental para emprender una reforma educativa radical se encuentra entonces, en pocas palabras, en que ya no está siendo un elemento que contribuya adecuadamente a la búsqueda del bien humano en construcción permanente y está mostrando cada vez más signos de ser un subsistema que reproduce los males particulares, el mal estructural y la aberración o distorsión de nuestra cultura deshumanizada y deshumanizante.
“La escuela tiene una función pública mucho más vasta que la que le asignan los que reducen ésta a las implicaciones cívico-políticas de la educación que imparte. Sin minimizar éstas, es menester recalcar que por su función pública, la escuela es un órgano de ‘justicia distributiva’ y, como tal, opera la justicia social al regular equitativamente las oportunidades sociales y las responsabilidades respecto al bien común de todos los ciudadanos”. Pablo Latapí Sarre.(http://www.rinace.net/riejs/numeros/vol1-num1/doc1.pdf)
Nuestro país se encuentra en un momento crucial en el que está en juego la posibilidad de construir una auténtica reforma educativa que se oriente a poner las condiciones normativas, organizacionales, operativas, curriculares, de formación y evaluación y de participación social real para hacer realidad la función pública de la escuela como órgano de justicia distributiva en la que no sea la clase social de los alumnos sino su trabajo y capacidad la que determine su desarrollo y en la que existan condiciones de equidad para que todos los niños mexicanos reciban la misma calidad educativa.
La llamada reforma educativa que no es todavía plenamente una reforma de la educación sino un cambio constitucional que al recuperar la rectoría de la educación para el estado, pone las condiciones legales para poder construir una verdadera transformación del sistema educativo nacional y que a partir de estas nuevas condiciones está apenas empezando a dar los pasos indispensables en la dimensión pedagógica y curricular para poder llegar a ser, en la medida en que las condiciones reales lo permitan, una verdadera transformación de nuestra educación.
El nuevo modelo educativo recién publicado y ahora sometido a consulta –que ojalá sea una real consulta y tome en cuenta todo lo que se ha venido analizando y cuestionando por parte de los distintos actores del debate educativo- es un paso importante, una oportunidad histórica para definir con la mayor claridad posible las finalidades que tendrá el nuevo sistema educativo nacional –respondiendo a las preguntas básicas por el país que aspiramos a construir juntos y el mexicano que hay que formar para lograrlo-, las los conceptos fundamentales sobre el enfoque educativo a asumir y los planteamientos sobre el nuevo currículo en cada nivel educativo.
Ojalá que este nuevo modelo educativo tenga la consistencia interna entre sus distintos niveles de concreción y se traduzca realmente en nuevas formas de hacer las cosas –de fondo- para lograr realmente apuntar hacia resultados diferentes. Un primer análisis de los tres documentos que conforman el modelo deja la impresión de que los planteamientos genéricos son muy buenos y apuntan realmente a una visión distinta de los objetivos y las estrategias para la formación de las nuevas generaciones pero que conforme se va aterrizando hacia la propuesta curricular se vuelve a caer en la misma visión centrada en la saturación de información, la centralidad de los contenidos sobre las competencias y la rigidez de la escuela que tradicionalmente concebimos y que ya no es funcional para la nueva realidad que vivimos.
Para lograr esta consistencia que permita un cambio real, resulta indispensable la más amplia participación de todos los actores del sistema educativo –profesores, directores, padres de familia, investigadores educativos, analistas, funcionarios, etc.- para señalar todos los elementos que deban modificarse para mejorar el modelo que servirá de guía y definición de los para qués, los qués y los cómos de la nueva educación que necesitamos.
Porque parafraseando a Zapata, la educación es de quien la trabaja y en ese sentido la reforma educativa será también de quien la trabaje y es indispensable para lograr una reforma integral, pedagógicamente bien sustentada, legalmente sólida y operativamente viable, que quien la trabaje sea la sociedad mexicana en su conjunto.
El mayor riesgo para que la reforma educativa no logre sus propósitos y se quede en una mera adecuación legal para retomar el control de la educación y ejercerlo de manera autoritaria en una versión renovada en sus formas pero igual en el fondo que la del sistema educativo creado en el régimen priísta corporativo, es por un lado que el gobierno se cierre a la participación social o la simule, dejando de lado la opinión de los académicos expertos en educación, de los padres de familia, maestros y organizaciones sociales dedicadas al tema.
Por otro lado, este riesgo tiene la otra cara de la moneda en la cerrazón de los grupos opositores radicales que con el pretexto de la supuesta defensa de la educación pública ante un falso pero muy vendible peligro de privatización, están intentando que se dé marcha atrás a los cambios realizados para mantener los privilegios de control de las plazas docentes y manejo discrecional de los recursos sin ninguna auditoría o evaluación.
La educación es de quien la trabaja y la reforma educativa será de quienes la trabajemos desde nuestras respectivas trincheras aportando elementos de crítica con propuesta y de trabajo efectivo y colaborativo para afinar y corregir todo lo que sea necesario sin echar por la borda la gran oportunidad que significa esta reforma, con sus luces y sus sombras.
[1] Este artículo está basado en un fragmento de una reflexión más amplia que está en proceso de publicación en un libro que compila una serie de conferencias sobre la reforma educativa organizado por la Licenciatura en Procesos Educativos de la BUAP en 2013. El título de este trabajo más amplio es: Riesgos y esperanza en la reforma educativa: una mirada desde la ética.