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El balance necesario | Editorial
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El balance necesario

Martes, Agosto 30, 2016

EDITORIAL 

Luego de cuatro años de gobierno, y del cuarto en particular, se hace necesario un balance sobre los resultados del gobierno de la república —el de la segunda alternancia—, de su titular, su talante y talento, el de su equipo y, sobre todo, el de la forma de hacer política, precisamente porque ésta consiste, cuando la hay, en resolver los conflictos de manera racional y pacífica y en conjuntar los diversos intereses en un punto común: el espacio público.

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Desde que los seres humanos fueron saliendo de la barbarie —la ley de la selva— y se sentaron para resolver los problemas de supervivencia y, luego, de organización de la plaza pública, la polis, la razón y la palabra, el conocimiento y el lenguaje, se volvieron los principales instrumentos de construcción de ese edificio en que consiste una república.

Luego de veinticinco siglos de esa experiencia, hoy no es distinto —y sí necesario— el uso de la razón y del lenguaje para hacer política. Pero parecería que ni la una ni lo otro existe en los actores políticos de nuestro país y, ello, arrastra al gobierno de la república y a su principal figura: el presidente. ¿Hasta dónde hay razón y hasta dónde capacidad de convencer a la sociedad de las decisiones que toma? Esa debería de ser una de las preguntas fundamentales del balance para medir los resultados del gobierno y de la función pública.

Precisamente porque las decisiones que toma el gobierno de la república y su titular –el ejecutivo federal- no parecen razonables, sus argumentos no logran convencer –carecen del lenguaje apropiado de comunicación política-. En pocas palabras, no se aprecia un proyecto y, por lo mismo, están ausentes los objetivos claros, la pericia necesaria para llegar a ellos y el tiempo pertinente para realizarlos. Esto se aprecia en los rubros sobre los cuales se hicieron las llamadas reformas estructurales; la seguridad pública, la educación, la detonación de la economía, la impartición de justicia y la rendición de cuentas y la transparencia no han cobrado carta de ciudadanía.

Lo que parecía la principal fortaleza del actual gobierno, el sacar adelante las reformas estructurales en el legislativo y la capacidad política de lograr acuerdos, esa supuesta tesis de que “nosotros sí sabemos gobernar”, se desmoronó cuando, rascando un poco, el cascarón se rompió para descubrirse que había detrás componendas de poder y de negocios, desde la casa blanca hasta el plagio de la tesis, se caía la calidad moral de la figura presidencial. Pero también la institucionalidad se vio afectada: en materia de derechos humanos las instancias del orden, la vigilancia y la defensa se vieron involucradas en violaciones de derechos humanos y hasta ejecuciones deleznables que hablan de un régimen de barbarie más que de uno fincado en el estado de derecho.

La crisis de la reforma educativa que tiene en vilo a las autoridades educativas y el jaque que ha impuesto el magisterio disidente al gobierno federal introduce en un ambiente de incertidumbre a los padres de familia y estudiantes de tres o cuatro estados de la república. No se sabe en qué vamos a parar como sociedad y como país.

Algo similar ocurre con la seguridad y con la sensación de que, en cada momento, puede detonarse un escenario de luchas de mafias entre sí y contra las autoridades. Las muertes se multiplican y lo que antes parecía lejano hoy se torna latente y sensible en la piel. Sensación que se extiende a los delitos del fuero común. Tampoco se sabe en qué vamos a parar.

En el ámbito económico todavía el panorama es más incierto. El encarecimiento de la vida ordinaria parecen ahogar cada vez más a las familias mexicanas. Los insumos básicos de sobrevivencia, gas y electricidad, con su encarecimiento han insuflado una espiral de aumento de precios en todos los rubros. El desempleo y el subempleo no auguran movilidad económica sino parálisis y estancamiento.

La imagen presidencial, con todo lo anterior, no goza de buena fama pública y, por el contrario, muestra los niveles más bajos de popularidad y aprobación. La credibilidad se ha escapado y no la han podido reconstruir. A la burla y la mofa de la figura del presidente, ha sucedido el escepticismo y la incredulidad. De nuevo, no hay plan, ni proyecto ni horizonte.

El presidente de la república ha señalado que, como novedad de los actos alusivos a la entrega de su informe anual del estado que guarda la administración pública federal, tendrá un encuentro con los jóvenes. ¿Qué podrá decirles a ellos, cuando en la sensibilidad juvenil está presente la imagen de las ejecuciones, las desapariciones, el ataque a los derechos humanos fundamentales y los escándalos de casas costosísimas y los plagios de tesis? ¿Con qué cara, con qué voz, con qué mirada podrá convencerlos de que confíen en él, en su gobierno, en el futuro?

Nuestros colaboradores, desde diversos ángulos y perspectivas, hacen sus análisis, muestran sus posturas y levantan su voz para realizar su propio balance. Unos desde la vida académica, otros desde el periodismo y algunos más desde los recintos legislativos. Sus opiniones tienen una peculiaridad: quieren ir más allá de los datos, buscan develar lo que hay detrás de lo visible. Están convencidos de que en política lo que parece es, pero también de que lo que parece no es. Una actitud y un enfoque ciertamente posmoderno: ver que lo imposible también puede ocurrir. Lo que no se piensa que ocurra, precisamente eso es lo que ocurre: ironías de la vida.

 

Aun así es deseable una mejor situación, una mejor sociedad, un horizonte abierto de posibilidades. La palabra, la reflexión, las letras, la crítica —como sostiene Vargas Llosa en La verdad de las mentiras— siempre tienen utilidad, y en momentos de crisis y de zozobra como este que estamos enfrentando, nos ayudan a pensar y a anhelar un mundo mejor.

 

O, como escribiera Octavio Paz en El laberinto de la soledad, estamos en un momento en el que México y los mexicanos, con nuestros claroscuros, tenemos la oportunidad de encontrarnos con el otro —con los otros, nuestros contemporáneos— y reconociéndolo, reconocernos a nosotros mismos. Porque nos conocemos, a veces demasiado bien, pero no nos hemos dado la oportunidad de reconocernos. Y el reconocimiento siempre será saludable para la república.

Con los puntos de vista de nuestros colaboradores e invitados, recogidos en este número, querríamos decirles a los jóvenes: Pensamos un mundo mejor, queremos un mundo mejor, una sociedad mejor, mejores ciudadanos, un México mejor. Por ello hacemos la crítica, la reflexión, el examen sobre las decisiones que inciden en el espacio público. Para que ellos puedan vivir mejor, construir mejor ese espacio. Sólo así, pensando e imaginado ese futuro ya cercano —el de los jóvenes de hoy— estaremos vigorizando y vitalizando a la nación. Porque, como sostenía Ortega y Gasset en Historia como sistema y en su teoría de las generaciones, la nación se hace no hacia el pasado sino hacia el futuro, no hacia atrás sino hacia delante.

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