No se puede desvincular el triste papel de los atletas mexicanos en Río del quehacer del gobierno y de la sociedad misma.
Todos coinciden que no se pueden esperar resultados diferentes, si en materia deportiva se sigue haciendo lo mismo de siempre.
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Pero es parcial y cómodo ver sólo como responsable al aparato gubernamental. El gobierno carga con la preparación, organización y selección de los atletas, es cierto, pero ahí confluyen muchos factores más.
Y esto al margen del cínico oportunismo panista que quiere levantar banderas con las manos puercas de corrupción.
Primero, y si somos objetivos, hay que reconocer el esfuerzo de muchos de los enviados mexicanos, porque se aprecian sus afanes competitivos…a pesar del gobierno y sus lastres. Brillan atletas del país, producto más del esfuerzo individual que del aparato que los rodea. Y eso explica en buena medida la cosecha modesta de medallas en juegos anteriores.
Atrás de algunas de esas medallas brota, invariablemente, el esfuerzo personal. Competidores que con limitaciones mil, pero con una entrega y disciplina excepcionales, lograron trascender la mediananía del deporte mexicano. Mi respeto para ellos, del anteayer y del ayer. Hoy nos vamos en ceros.
Pero , más allá de individualidades, está lo común: marañas de intereses, negocios y corrupción lo mismo en federaciones deportivas que en dependencias que manejan jugosos presupuestos. Sexenios van y vienen y nadie osa poner orden al respecto. El poder siempre ha visto el deporte como un mal necesario. Y lo deja de lado invariablemente. Junto con la cultura.
Si acaso usan a los deportistas para la clásica foto de abanderamiento por el presidente. Y un telefonema o agasajo presidencial más allá cuando alguno en forma individual o en equipo logra un triunfo fuera de lo ordinario.
Pero el aparato de los medios que rodea a este mundillo también tiene su parte. Para las televisoras no existe otro deporte que el futbol. Lo difunden intensamente.
Hay días, semanas y meses que todo lo saturan con partidos no por el deporte en sí, sino por el negocio que representa un espectáculo de masas que consume comida chatarra, bebida y mil cosas más. En este caso el futbol es el pretexto, el objetivo real es explotar inicuamente el afán consumista de la gente fanatizándola de mil maneras.
Esa explotación televisiva brutal de un deporte es sólo comercio. Nada hacen las televisoras para promover la salud ni el ejercicio físico. Engordan la vaca y luego la ordeñan. Y suelen ser los primeros en condenar los fracasos mexicanos en juegos olímpicos o campeonatos de futbol. Y las autoridades educativas van como acólitos junto con los oficiantes televisivos.
Las redes de la burocracia educativa jamás han sistematizado políticas de fomento a la práctica del deporte o por lo menos del ejercicio en las escuelas. Entretienen a los chamacos con jueguitos, simulación pura. Tienditas escolares saturadas de chatarra, son en realidad fábricas de obesos y diabéticos ante la mirada cómplice de esa cadena de “responsables” directivos de todos los niveles. Ahí tenemos dos primeros y nada envidiables primeros lugares mundiales en esos terrenos.
Pero los padres de familia también tienen una carga de responsabilidad. Un elevado porcentaje de ellos, deja a sus hijos al amparo de la nodriza televisión para que engorde legiones de entes consumistas, pero no suelen ser ni siquiera modestos modelos del deporte o el ejercicio de fin de semana.
Suelen practicar con destreza y pasión, eso sí, el juicio ligero y descalificador que a través de chistes, memes o expresiones vulgares, critica festiva o cruelmente a los deportistas mexicanos.
Son figuras emblemáticas del tan masivo deporte, de la superficialidad y la auto denigración. Y son ellos, también, quienes jamás se calzan unos tenis y arrastran a la familia al ejercicio, o ya por lo menos a las caminatas madrugadoras siquiera tres veces por semana. Pero son medalla de oro para hacer escarnio de los “olímpicos o futbolistas fracasados”.
Seamos francos: en este el más reciente fracaso del deporte mexicano, prácticamente nadie está libre de culpa. Es simplón y comodino cargarle a “papá gobierno” la medalla de oro de la incompetencia y la mediocridad. A todos nos toca asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde , y más que eso, mirar de frente al espejo y hacer una rectificación de actitudes.
Al menos por un elemental propósito para conservar y estimular la salud individual y colectiva.