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OPINIÓN

Lo único que rescataría a Peña Nieto

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Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Lunes, Julio 25, 2016

El presidente Peña Nieto parece estar atorado en un pantano de arenas movedizas: cada vez que se mueve, se hunde más.

Lo más reciente fue lo del perdón. Una reacción ligeramente tardía: sólo un año y ocho meses después de su silencio. Una salida retórica vacía y sin efecto alguno.

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O corre a sus pésimos asesores, o nos envía el mensaje de que por encima de todos sus consejeros está él. Y si esto es así, como parece ratificarse cada día, es la incompetencia y la soberbia lo que guía sus actos.

Por más dramatismo que le puso a su mensaje misericordioso, una encuesta al respecto dice que 75% no le cree ni espera de él nada para recuperar credibilidad. Sólo siete por ciento le otorgaría el implorado perdón y 18% respondió que el tema no le interesa.

Lo dicho, pisa fuerte en el pantano.

Acaso tuvo a la mano “flotadores” que pudieron haber rescatado un poco mejor su imagen en este último episodio. Por ejemplo, pudo  ofrecer una disculpa franca a Carmen Aristegui –la primera víctima directa del abuso presidencial de la Casa Blanca- y con ello una alternativa para  reinsertarla en un espacio en los medios, como muestra inequívoca de una voluntad de respeto a la crítica y a la democracia.

Esto sería un evidente  gesto de rectificación de una conducta sorda, obcecada y arrogante.

Nada de esto. Ni una sola mención en el histriónico  discurso.

O acaso destinar la fastuosa residencia y las otras dos de campo, la propia y la de Videgaray, que tienen el mismo origen, a un fin social. Habría sonado demagógico, es cierto, pero menos que el perdón sin consecuencia alguna.

De un jefe de estado, a estas alturas de la crisis e inmerso en un irresoluble conflicto de corrupción, cabría esperar actos elementalmente creíbles de que está en el plan de  de rectificar realmente.

Y tan fácil que sería:  meter a la cárcel a tres de los gobernadores más corruptos del país, los Duarte y Borge. Por ejemplo. Y entregar a la justicia estadunidense a los otros dos ex gobernadores tamaulipecos prófugos de las leyes de aquél país: Tomás Yarrington y Eugenio Hernández.

O, tal vez la cancelación de las docenas de contratos de obra y multimillonarias concesiones a las empresas constructoras HIGA y OHL, de Juan Armando Hinojosa y demás socios, a las que la percepción popular considera protegidos o beneficiarios de la voluntad presidencial. En un juego de beneficios recíprocos, desde luego.

Es demasiado pedir peras al olmo.

La voluntad presidencial solo llega a la simulación, al teatro de baja estofa.

“En carne propia sentí la irritación de los mexicanos”, dijo. Falso. Él, al igual que la mayor parte de sus antecesores y todos los poderosos,  no leen periódicos ni espacios críticos en radio o televisión. Y en sus giras por el país, círculos concéntricos de cientos o miles de policías y soldados impiden la cercanía con la gente.

 Solo le arman auditorios y escenarios  a modo, con personas seleccionadas, rigurosos filtros y la garantía de que sólo habrá de escuchar aplausos, elogios y ovaciones.

Algunos medios y comentaristas, muy pocos, colmaron de elogios a Peña, con más mansedumbre que razones, en torno al discurso del perdón. La inmensa mayoría exhibe la realidad del país y sus gobernantes, esa que el presidente se empeña en no ver y sólo le responde con actuaciones teatrales con escenarios que se derrumban solos.

Y mientras él “actúa” para vanamente rescatar pedazos de credibilidad, sus cercanos le comen el terreno ante su augusta y  presidencial complacencia. Dígalo si no la colocación y promoción de piezas en centros de poder de Luis Videgaray: tiene como adelantados a José Antonio Meade, Aurelio Nuño…y ahora a Enrique Ochoa Reza en el PRI.

Este último, ciertamente un brillante académico, con dos licenciaturas, dos maestrías y un  doctorado, con fama de orador brillante, pero sin nexos con el PRI, ni con los priistas, ni con  cargo político alguno. Y si llega ahí por la verticalísima decisión presidencial, cómo esperar que en efecto ataque frontalmente y a fondo la corrupción y a los gobernadores que la tienen como bandera, si son ellos, lo que  han sido durante  años, protegidos e intocables de su jefe.

En resumen, sólo y únicamente los hechos, en sentido radicalmente opuesto a las palabras, salvarían al presidente. Y paradójicamente, sólo la cárcel como destino único y fulminante de las figuras estelares de la corrupción, con los tres referidos gobernadores por delante, sería  la tabla de recuperación esperanzadora de Peña Nieto.

Mientras no veamos signos, pasos contundentes e inmediatos en este sentido, lo demás es pura música de acompañamiento. Y esa película ya la vimos muchísimas veces en este sexenio, igual que en los anteriores.

xgt49@yahoo.com.mx

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