El presidente Peña Nieto parece estar atorado en un pantano de arenas movedizas: cada vez que se mueve, se hunde más.
Lo más reciente fue lo del perdón. Una reacción ligeramente tardía: sólo un año y ocho meses después de su silencio. Una salida retórica vacía y sin efecto alguno.
Más artículos del autor
O corre a sus pésimos asesores, o nos envía el mensaje de que por encima de todos sus consejeros está él. Y si esto es así, como parece ratificarse cada día, es la incompetencia y la soberbia lo que guía sus actos.
Por más dramatismo que le puso a su mensaje misericordioso, una encuesta al respecto dice que 75% no le cree ni espera de él nada para recuperar credibilidad. Sólo siete por ciento le otorgaría el implorado perdón y 18% respondió que el tema no le interesa.
Lo dicho, pisa fuerte en el pantano.
Acaso tuvo a la mano “flotadores” que pudieron haber rescatado un poco mejor su imagen en este último episodio. Por ejemplo, pudo ofrecer una disculpa franca a Carmen Aristegui –la primera víctima directa del abuso presidencial de la Casa Blanca- y con ello una alternativa para reinsertarla en un espacio en los medios, como muestra inequívoca de una voluntad de respeto a la crítica y a la democracia.
Esto sería un evidente gesto de rectificación de una conducta sorda, obcecada y arrogante.
Nada de esto. Ni una sola mención en el histriónico discurso.
O acaso destinar la fastuosa residencia y las otras dos de campo, la propia y la de Videgaray, que tienen el mismo origen, a un fin social. Habría sonado demagógico, es cierto, pero menos que el perdón sin consecuencia alguna.
De un jefe de estado, a estas alturas de la crisis e inmerso en un irresoluble conflicto de corrupción, cabría esperar actos elementalmente creíbles de que está en el plan de de rectificar realmente.
Y tan fácil que sería: meter a la cárcel a tres de los gobernadores más corruptos del país, los Duarte y Borge. Por ejemplo. Y entregar a la justicia estadunidense a los otros dos ex gobernadores tamaulipecos prófugos de las leyes de aquél país: Tomás Yarrington y Eugenio Hernández.
O, tal vez la cancelación de las docenas de contratos de obra y multimillonarias concesiones a las empresas constructoras HIGA y OHL, de Juan Armando Hinojosa y demás socios, a las que la percepción popular considera protegidos o beneficiarios de la voluntad presidencial. En un juego de beneficios recíprocos, desde luego.
Es demasiado pedir peras al olmo.
La voluntad presidencial solo llega a la simulación, al teatro de baja estofa.
“En carne propia sentí la irritación de los mexicanos”, dijo. Falso. Él, al igual que la mayor parte de sus antecesores y todos los poderosos, no leen periódicos ni espacios críticos en radio o televisión. Y en sus giras por el país, círculos concéntricos de cientos o miles de policías y soldados impiden la cercanía con la gente.
Solo le arman auditorios y escenarios a modo, con personas seleccionadas, rigurosos filtros y la garantía de que sólo habrá de escuchar aplausos, elogios y ovaciones.
Algunos medios y comentaristas, muy pocos, colmaron de elogios a Peña, con más mansedumbre que razones, en torno al discurso del perdón. La inmensa mayoría exhibe la realidad del país y sus gobernantes, esa que el presidente se empeña en no ver y sólo le responde con actuaciones teatrales con escenarios que se derrumban solos.
Y mientras él “actúa” para vanamente rescatar pedazos de credibilidad, sus cercanos le comen el terreno ante su augusta y presidencial complacencia. Dígalo si no la colocación y promoción de piezas en centros de poder de Luis Videgaray: tiene como adelantados a José Antonio Meade, Aurelio Nuño…y ahora a Enrique Ochoa Reza en el PRI.
Este último, ciertamente un brillante académico, con dos licenciaturas, dos maestrías y un doctorado, con fama de orador brillante, pero sin nexos con el PRI, ni con los priistas, ni con cargo político alguno. Y si llega ahí por la verticalísima decisión presidencial, cómo esperar que en efecto ataque frontalmente y a fondo la corrupción y a los gobernadores que la tienen como bandera, si son ellos, lo que han sido durante años, protegidos e intocables de su jefe.
En resumen, sólo y únicamente los hechos, en sentido radicalmente opuesto a las palabras, salvarían al presidente. Y paradójicamente, sólo la cárcel como destino único y fulminante de las figuras estelares de la corrupción, con los tres referidos gobernadores por delante, sería la tabla de recuperación esperanzadora de Peña Nieto.
Mientras no veamos signos, pasos contundentes e inmediatos en este sentido, lo demás es pura música de acompañamiento. Y esa película ya la vimos muchísimas veces en este sexenio, igual que en los anteriores.