Me siento indignado, consternado, pasmado, no sé qué sensación o sentimiento expresa lo que efervesce en mi interior, o en una parte de mi interior. No es un acto, no es una persona, ni siquiera quizá sea una situación, es, por el contrario, un clima, una inercia, un algo que, como la neblina, se ve, tiene su efecto pero cuando quiere uno tocar, no lo logra del todo.
El asunto es que el miércoles estaba yo consultado el Journal Review Counter de la Thompson Reuters Citation Data 2015; ahí, buscando revistas especializadas en el área de ciencias sociales, según dicho documento, aparecieron las siguientes: Andamios, Convergencia, Gestión y política pública, Investigación bibliotecológica latinoamericana, Economica review, Revista mexicana de psicología, Investigación en matemática educativa y Salud mental.
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De inmediato me dirigí a la biblioteca para ver si se encontraban en el formato impreso (no sé por qué siempre me ha costado siempre leer libros o revistas en la pantalla, quizá por mi deteriorada visión física) y sólo pude consultar dos: la Revista mexicana de psicología (Vol. 26, núm. 1, enero 2009) y la revista Salud mental (Vol. 39, núm. 2, marzo-abril 2016). Le eché ojo a la primera, por aquí, por allí, y un artículo llamó mi atención: “Un modelo motivacional explicativo del bienestar psicológico en la universidad”, aparecen como autores José Martín Albo, Juan Luis Núñez, José Gregorio Navarro y Fernando Grijalvo.
Realmente interesado, leí el artículo, sonaba no sólo interesante sino realmente científico (la psicología siempre me ha parecido una cosa seria y por eso la valoro, más viendo la proliferación de tantos terapeutas de todo y para todo, habilitados por dos o tres cursos de fines de semana y ya: salen expertos terapeutas de lo que sea). Se trata, en resumen, de una prueba que hicieron en una universidad española, de la Gran Canaria, a 234 estudiantes de la Facultad de Formación del Profesorado. Hasta ahí todo iba bien.
Es más, el planteamiento inicial, prometía mucho: que en el bienestar de los alumnos, no sólo era necesaria la motivación individual del alumno, sino otros factores exteriores al ámbito académico como la familia y la integración o reconocimiento social. “Estos factores influyen en el estudiante, por lo que las investigaciones futuras deberían contemplar estos aspectos como una importante área de estudio” (p. 41).
El asunto se esclarece más cuando detallan esos tres aspectos incidentes en el bienestar de los estudiantes universitarios: 1) la motivación intrínseca, personal, 2) el autoconcepto familiar y 3) el autoconcepto social. La verdad, planteado así, creo, no se necesita ciencia para darse cuenta de eso. Cualquier persona, los padres de familia desde luego en primer sitio, puede darse cuenta que el bienestar radica ahí: la seguridad personal, el respaldo familiar y las buenas relaciones con este ámbito, y la integración social y el justo reconocimiento.
Los autores luego muestran la metodología de su aplicación de la encuesta y vea, amable lector, lectora, las conclusiones a las que llegan (aquí es donde comenzó mi pasmo, mi sorpresa y, finalmente, mi indignación). Hablan de un “modelo teórico probado”, pero luego comienza una autojustificación y autolimitaciónn: 1) en el bienestar pueden incidir otros elementos, como el rendimiento escolar o la adquisición de competencias; 2) funciona aquí pero no sabemos si funcione en otros lados, “los participantes que tomaron parte en el presente estudio fueron estudiantes de una universidad canaria, lo que no permite hacer inferencias sobre otros estudiantes universitarios” (p. 48); 3) no se tomaron en cuenta edades y género (que podría influir, dicen), y 4) el modelo sólo tomó en cuenta el ámbito universitario, en otros ámbitos podría variar.
La verdad, plantear como hipótesis que el bienestar de un estudiante depende de su autoconcepción –su seguridad en sí mismo, su autonomía-, su familia y su adecuada integración social, no es ninguna ciencia, sino cosa de experiencia, ya sea uno mismo como estudiante o, ahora, como padre de familia y hasta como profesor universitario. Y luego llegar a la conclusión de que el mentado “modelo teórico probado” sólo sirve para ese lugar y ni siquiera “permite hacer inferencias sobre otros estudiantes universitarios”, se me hace una grosería. Por supuesto que un caso particular no permite generalizar, pero sí pueden hacerse inferencias (en lógica esto se llama lógica material).
Lo más grosero se me hace lo que afirman en la conclusión: “Esto podría implicar la necesidad de, por un lado, sensibilizar a la comunidad universitaria de la importancia de los factores sociales y familiares en el bienestar psicológico de los estudiantes” (p. 48). No, pues, sí. La gran conclusión científica. Esto lo sabe un estudiante estándar, lo conoce un padre de familia y cualquiera que mire a una persona que acude a la universidad. La verdad, ese artículo y su estudio anexo, se me hacen el binomio de una tautología que, por ningún medio, hace avanzar a la ciencia.
Lo más escandaloso, empero, es que se trata de una revista internacional, reconocida a nivel mundial por una asociación prestigiada. En fin, para estas conclusiones, para estos resultados. La verdad, esto no es ciencia. Cae, si acaso, en lo que Platón definió como doxa, opinión. Y ni siquiera opinión calificada. Pero bueno, eso es lo que apantalla.
El bienestar también se da cuando hay lógica, cuando se comprenden las cosas, cuando se hilvanan bien. Una sociedad, un ambiente familiar, un ambiente universitario donde todo fuera pose, cliché, hipocresía, incluso en el saber, no genera bienestar. Si la ciencia apasiona –y por ello mismo genera bienestar-, su falsificación, sin duda, como es este caso, genera indignación, o al menos pasmo.