“El que siembra vientos, cosecha tempestades”. La sabiduría popular no tiene desperdicio. El sexenio de Peña empezó podrido y muy poco ha hecho para recomponerlo. Justo es decirlo: los problemas no empiezan con él. El es la secuela de una descomposición amplia y profunda.
Lo reprochable en este caso es que concitó expectativas y tuvo en sus manos una forma distinta de hacer las cosas. No lo hizo, tiró todo por la borda. Escogió el camino que lo encumbró: privilegiar lo mediático y la frivolidad, mantener y acrecentar intereses y redes de negocios escandalosamente productivos, y gobernar a la antigua.
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Los resultados están a la vista. Una maraña de conflictos enreda su gobierno y no se advierten salidas realmente satisfactorias. Muy probablemente veremos soluciones parchadas, concesiones disimuladas, la ley negociada y demagogia. La mentira y el disimulo ha sido lo común y le queda poco tiempo del sexenio para demostrar lo contrario.
Sólo 3.5 de los mexicanos creen en él. Ni el presidente ni su mediocre equipo dan la menor muestra de rectificar y la conclusión es crítica y sombría para el país: gobierno e instituciones tremendamente débiles y timoratas. Las interminables acusaciones por corrupción al presidente y sus colaboradores, más los pésimos gobernadores a los que protege, tienen al país crucificado.
Los clavos son la impunidad, la inseguridad, el nulo estado de derecho, el nepotismo, el cinismo y la incompetencia.
A los manchones de sangre del sexenio, con víctimas y sin justicia real, se agrega el conflicto magisterial de ahora. Y la ausencia de una decisión política firme de encararlo a profundidad y con transparencia. Y con una inteligente comunicación. Nada hay de esto.
Habría que empezar por desnudar y exhibir a todos los gobernadores de Oaxaca y demás estados, que tejieron gruesas redes de corrupción con camarillas de líderes sindicales del magisterio (de los dos sindicatos) y que han mantenido la educación como trampolín hacia el poder y como su patrimonio para ser explotado inicuamente.
De igual modo mostrar las costras de corrupción de los sucesivos gobiernos federales, hasta el actual, que han protegido, usado electoralmente y tolerado a las hordas que bajo el escudo sindical, roban, se enriquecen, manipulan, bloquean, destruyen, amedrentan y dañan criminalmente precisamente a pueblos y ciudades para quienes la educación tendría que ser un instrumento clave en su despertar y desarrollo.
Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán, son los estados con más atraso en casi todos los órdenes, pero especialmente en materia educativa. La violencia y el chantaje han sido su calvario. Y la impunidad, el eslabón que los expolia, vínculo que hermana a caciques sindicales y gobernantes enriquecidos.
(Aquí un obligado paréntesis: hay en el fondo del conflicto miles y miles de maestros nobles, honorables, entregados a su trabajo pese a las duras condiciones. Ellos son también víctimas de todo esto)
Cierto es que Peña Nieto y Videgaray, por citar sólo dos casos, no tienen la cara limpia para dar lecciones de moral pública a los grupos delincuenciales escudados en el magisterio, pero el conflicto que les quema las manos ahora tiene alternativas si hubiera voluntad política e imaginación.
Vista la incompetencia y arrogancia del secretario Aurelio Nuño, saludable sería ventilar en un diálogo público y televisado, las razones y sin razones de una y otra parte. Plantear, por ejemplo, la dimensión real de la protesta frente al resto del magisterio en el país que admite la reforma y está trabajando. ¿Por qué razón sólo cuatro o cinco estados son foco de conflicto?
Sobre la referida reforma educativa, explicar amplia y claramente a toda la nación qué busca, qué ofrece, cuáles contenidos, hacia adónde va. Ausentes de esta información hace tiempo, para los analistas y la gente todo indica que es sólo una reforma laboral y evaluatoria, en tanto no se conozca la sustancia, el qué y el cómo del programa con el que se quiere revolucionar la educación en el país.
Este vacío informativo es una terrible falla de origen, y una de las causas por las que la susodicha reforma ni se conoce y menos se aquilata.
En tanto el gobierno no explique a fondo y con claridad esto, mucho me temo que tendrá a la opinión pública en contra, como hasta ahora.
Pero, del mismo modo, exponer abiertamente ante la nación todo el universo de paros, plazas sin justificar, días y meses sin clases, vejaciones, destrozos y daños y su millonaria cuantificación, que caracterizan esta “lucha por una educación democrática”. El costo de todo esto, de todo, es con cargo al bolsillo de los mexicanos, eso hay que remacharlo.
Como en las revoluciones y las guerras: en el sedimento de la sociedad, las víctimas son millones de niños, comerciantes, paterfamilias, empleados, ciudadanos comunes que durante meses y años han sufrido por bloqueos de carreteras, abusos, robos, saqueos y vejaciones.
Y los grupos en rebeldía, en ese deseable diálogo público, luego de la cuantificación de fechorías y larguísima cauda delictuosa que los acompaña, tendrían que exponer igualmente de cara a la opinión pública qué proponen, qué ofrecen, qué aportan.
Un ejercicio insólito de esta naturaleza, me parece, sería el único camino para salir del mar de confusiones que tiene entrampado al gobierno. No olvidar que la sociedad, en este y en todos los casos, es un sinodal que armado con el sentido común, tiene bajo mira y en la balanza a las dos partes, ambas sujetas y manchadas por un sinfín de errores, que sólo una suerte de lavadero público y honesto las podría rescatar. ¿No le parece a usted?