Durante el domingo 5 de junio, en los estados de Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz y Zacatecas, los electores tendrán oportunidad de elegir a quienes los gobiernen ─o desgobiernen─ durante los próximos 6 años.
En lo que hasta hace poco tiempo fue el Distrito Federal, también se desarrollará una jornada electoral, pero diferente. No se designará jefe de gobierno. Sino únicamente se elegirá al 60% por ciento de los diputados que integrarán la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México.
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Mediante un singular procedimiento electoral, que se parece más a una mezcolanza o un revoltijo de cosas sin orden ni método, se dará una elección preparada con la finalidad que 7 millones de ciudadanos elijan a 60 de los 100 diputados que habrán de aprobar o desaprobar ─no elaborar─ la constitución política de la capital del país.
Los 40 diputados restantes, serán designados directamente, mediante el clásico dedazo priista, por la políticocracia que avasalla al país.
De ellos, el presidente de la república impondrá 6 diputados constituyentes. El jefe de gobierno capitalino nombrará otros 6. Las cámaras de Senadores y Diputados designarán 28 legisladores. Cada una, por su lado, nombrará 14.
Estos 40 diputados constituyentes serán híbridos, porque no representarán nada ni a nadie. Muchos de ellos ni siquiera radican en el Distrito Federal. Circunstancialmente están de paso y, por consiguiente, desvinculados de la realidad capitalina.
Cuando acudan a votar, muchos electores se confundirán porque las nuevas boletas electorales son diferentes en tamaño, contenido y formato a las tradicionales. Más que boletas electorales parecen sábanas.
Además de los consabidos logotipos del PAN, PRI, PRD, PVEM, PT, Movimiento Ciudadano, Nueva Alianza, Morena y Encuentro Social, contienen los nombres de mil 122 candidatos ─sí se leyó bien, ¡mil 122 candidatos!─, impresos en letras pequeñas, difíciles de leer para muchas personas.
De esta multitud de candidatos a diputados constituyentes, 540 tienen carácter de propietarios y 540 suplentes, a razón de 60 propietarios y 60 suplentes por cada uno de los 9 partidos políticos que participan en la contienda electoral.
No termina ahí el infinito océano de nombres. Aparecen 42 más. Una mitad corresponde a candidatos independientes propietarios y la otra mitad a sus correspondientes suplentes.
Los votantes tienen 2 opciones. La primera, marcar con una x el logotipo del partido político con el que simpaticen o el que se les ocurra y la segunda, subrayar o encerrar en un rectángulo ─trazado por ellos mismos─ el nombre del candidato independiente que sea de su predilección.
Tomando en cuenta que el mapa electoral de la Ciudad de México se compone de 40 distritos electorales y que por cada uno de esos distritos se elige un diputado, nadie sabe de dónde diablos van salir los 20 diputados que complementen el grupo de 60 que serán elegidos por los electores capitalinos.
Este novedoso galimatías electoral va contribuir eficazmente a incrementar los tradicionales índices de abstencionismo y anulación de votos que ensombrecen las elecciones desde hace muchos años.
Otro factor de riesgo electoral lo representa el autoritario e intempestivo cambio de nombre que se impuso al Distrito Federal. Cambio que mantiene desconcertados a diversos sectores de la sociedad. Aun al sector más informado.
Un grupo de personas designadas unilateralmente por el jefe de gobierno capitalino, Miguel Mancera, ya está trabajando en la redacción del proyecto de la Constitución Política de la Ciudad de México, que se prevé promulgar durante la conmemoración del Centenario de la Constitución de 1917.
Por su parte, todos los candidatos que resulten electos, saben de antemano que no participarán en la elaboración de la Constitución Política de la Ciudad de México, porque al instante de obtener la postulación, implícitamente renunciaron a su facultad de legislar. Habida cuenta que este documento desde hace tiempo se está cocinando en la oficina de Mancera.
Si acaso, con el fin de legitimar el show, se les permitirá efectuar alguna eventual modificación de forma a ese documento normativo. Eso sí, a su aprobación y promulgación se dará espectacular realce.
Las campañas electorales de los partidos políticos se circunscribieron a difundir una machaconamente e insoportable cadena de bodrios en todos los medios electrónicos. Basura electorera que seguramente no acarrará un voto a ningún candidato.
Conocí el caso de 5 personas, 4 de ellas partidarias del Peje López y yo, que durante la veda electoral, recibimos sendas llamadas telefónicas, entre las 2 y 4 horas de la madruga, donde ese individuo paranoico, que responde al nombre de Andrés Manuel López Obrador, se quejaba, personalmente, que la mafia en el poder lo “quiere callar”. Debo decir que sus 4 simpatizantes terminaron por mandarlo al diablo.
El 5 de junio voy a votar como lo he hecho siempre. Aunque ni los nombres conocí de los candidatos que corresponden al distrito electoral donde se ubica mi domicilio.
Menos todavía estoy al tanto de su perfil político ─si de casualidad lo tienen─, ni si sus antecedentes personales son buenos, malos o pésimos.
Tampoco sé quiénes son ni de dónde provienen, ni a dónde van ni qué cosa proponen, si acaso han tenido la ocurrencia de proponer algo.
Respecto a los partidos políticos que los postularon, por razones de salud pública, prefiero no hablar.
Ante este desolador panorama que continúan tolerando, lamentablemente, millones y millones de mexicanos, en esta hora, sólo me resta acudir a emitir mi voto, anulándolo en señal de inconformidad y sin dejar de escribir en la boleta electoral un breve mensaje de repudio a quienes utilizan a México como rehén para cometer impunemente todo tipo de abusos y raterías desde los cargos públicos.
Hoy, más que antes, la gente que trabaja, la que lucha día a día por alcanzar el bienestar de su familia, la que no se mueve dentro del sector del parasitismo social, no tiene el menor interés en la política ─a la mexicana─ ni en los políticos mexicanos.
Su desinterés por la política, que, en su buen sentido, debería ser un instrumento eficaz para impulsar el desarrollo de su entorno social, es creciente e inocultable.
La corrupción, la ineptitud e ineficacia de quienes han gobernado el Distrito Federal en los 16 años recientes y, por añadidura, la frivolidad con que desempeña el cargo de jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera, han nutrido la animadversión por la política y el hartazgo que por esta actividad siente una franja importante de la población.