Se dio la media vuelta y, sin algarabía, caminó lentamente a un paraje donde pudiera estar solo. Algún familiar quiso seguirlo pero otro lo detuvo: “Déjalo. Eso es lo que quiere”, y sin quitarle la vista de encima lo siguieron hasta que el niño desapareció del horizonte. “¡No lo podemos dejar que se vaya donde quiera, está muy chico!”, dijo la tía con aire protector. “Déjalo, --le dijo el abuelo--, déjalo. Si alguien lo conoce soy yo: es un niño sabio, sabe lo que necesita y cuándo lo necesita aunque la mayoría de la gente no lo comprenda.”
El niño caminó hacia el río. Se sentó con sus piernas cruzadas sobre la tierra mojada cerca de la orilla. Apoyó su cabeza sobre las manos y quedó hipnotizado mirando la arena. No se movía. No emitía sonido alguno: ni llanto ni gemidos de dolor. Todo se había detenido. Nada a su alrededor captaba su atención. Sólo quedaba esperar.
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Cualquier otro ser humano se hubiera echado a llorar en los brazos de quien se los abriera, sobre todo a su edad. Pero sus reacciones eran impredecibles. Sólo su abuelo lo entendía, no porque hubiera razón en su conducta, sino porque aceptaba, con amor incondicional, quién era.
El abuelo lo cuidó desde recién nacido y lo amó como era desde el primer momento. Nunca lo quiso cambiar ni “componer”. Los médicos notaron algo extraño pero dejaron que los especialistas diagnosticaran. Eso recordaba el abuelo mientras observaba al niño sentado sobre la tierra húmeda cerca del río. De repente observó que los deditos índices de las manos del niño empezaban a bailotear sobre su pelo.
La hipnosis del niño cambió de enfoque: transitó de la arena a un bultito que se movía y lo sacó de donde-quiera-que-hubiera-estado. Cambió de posición: lentamente se acostó en la arena y acercó su mirada y respiración a lo que caminaba. El abuelo espiaba lo más cerca posible sin interrumpir la ceremonia: era un caracol de tierra que solemne pasaba frente a los ojos de su nieto. El abuelo no quiso acercarse más. Quería, como siempre, observar, sin interrupción, la magia que generaba su maravilloso nieto que le enseñaba a apreciar la vida que, de otra manera, no hubiera conocido. Eso era invaluable para él.
La mirada y respiración del niño seguían, inescrutables, cada movimiento del molusco. El l momento justo hizo sagrado el instante, cuando la vida de uno y otro se fundieron. “¡La perfección existe!”, murmuró el abuelo.
Todos consideraban que el niño requería de consuelo por lo sucedido. Éste no. Sólo requería fundirse con el caracol que se había atravesado en su camino, ahí acostado en la orilla del río, para entregarse a lo que todavía tenía vida.
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