Adoptan múltiples normas y medidas para abatir la contaminación, y lejos de bajar, ¡sube!
Emprenden una costosísima cruzada contra la pobreza, y en lugar de disminuir, …¡aumenta!
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Destinan millones y millones en recursos y policías contra la delincuencia, y en lugar de reducir…¡crece!
Aplican cada vez más recursos al campo, y en lugar de mejorar, ¡cada vez dependemos más del exterior!
Parece aplicable a México ese mensaje irónico que circula por las redes: “Si le dieran al gobierno a administrar el desierto del Sahara, en 5 años habría escasez de arena”.
¿Estamos en un país cangrejo?
Peor que eso, estamos en una nación gobernada por incompetentes. Cada año el presupuesto para elecciones crece, y crece, y partidos y órganos electorales no tienen llenadera, y sin embargo, tenemos una democracia de la peor calidad del mundo.
En todos los índices y mediciones internacionales, al evaluar calidad de vida, niveles de bienestar, servicios, prestaciones y eficiencia en el trabajo y producción, México ocupa los lugares del fondo.
El sistema no es malo, son los hombres que han estado en el poder quienes lo han llevado al fracaso. La clase política pondera las leyes y las reformas. Son elogiadas como las más avanzadas del mundo, pero los resultados, que es lo único que cuenta, son pésimos en todos los órdenes.
El nivel de educación, los sistemas carcelarios, las policías, la operación de las grandes empresas estatales, el cuidado y administración de las maravillas turísticas naturales que la nación tiene,…todo es tocado por una especie de rey midas al revés. Todo, o casi todo, termina en fracaso, abuso y corrupción.
Y, como acertadamente decía un comentarista, “en México, si el gobernante no encuentra una solución inteligente a un problema, ¡se castiga a la gente! (con leyes, impuestos o prohibiciones, agrego yo)”.
Y por favor, que no se meta en el mismo costal a los mexicanos. Nosotros tenemos nuestra parte, nuestra gran parte, es verdad, pero el grueso de los mexicanos no ha tenido en sus manos el poder y los presupuestos de todos los niveles.
Son ellos, los responsables de comandar a la nación y de tomar decisiones, los que la han llevado a los peores niveles comparado con el resto de las naciones, aún con aquellas en igualdad de condiciones o más pobres que la nuestra.
Lo grave es que en las alturas del poder no se advierte reacción alguna. Y en la base, en el cuerpo social, empieza a dominar un estado de ánimo primero de rechazo y luego de pasividad. Este punto, el de la negligencia, el del desinterés por articular acciones y cambiar el estado de cosas, es lo que debiera ser más preocupante.
En tiempos del presidencialismo autoritario, por citar un caso, un presidente resolvía con un golpe de mano los abusos extremos de los gobernadores estatales y sus excesos; o defenestraba a caciques sindicales corruptos; o resolvía con fórmulas violentas y a veces despóticas problemas explosivos en cualquier punto del país.
No se expone eso con nostalgia ni con beneplácito, se cita como referencia para cotejar qué, al paso de los años de “cambios democráticos”, resulta mejor. ¿Ese presidencialismo dictatorial con disfraz democrático, paternalista y a veces bárbaro, o el actual?
El actual, que se escuda en la sordera, incompetencia, el de las complicidades en las redes de negocios, el de las sociedades empresariales con los virreyes de los estados, y el que aduce respeto “a la soberanía y libertad estatales” para no mover un dedo y esconder así su ineptitud y torpeza.
Esos son los dos extremos del estado de cosas en el país: la crisis del ejercicio del poder a un grado superlativo, y la apatía de la sociedad por remontar esas deplorables y repudiables condiciones.
Queda el recurso electoral. En dos tiempos: las elecciones en 12 estados este año y la presidencial en el 2018. Pero visto está que en México, la democracia nada tiene que ver con un cambio de condiciones. En los últimos cuatro sexenios, dos del PAN y dos del PRI, el país sigue en caída libre en el laberinto del fracaso.
No hay ninguna diferencia en la concepción del poder con el cambio de partidos.
¿O usted qué opina?