Recientemente tuve el honor de ser invitado como ponente a la presentación del libro de Héctor Tenorio Muñoz Cota: “Pasión, gloria y ocaso de Hugo Chávez”, editado por el “Instituto Belisario Domínguez” del Senado de la República.
Libro en el que el autor realiza una crónica formidable de sucesos torales en el continente durante el último cuarto de siglo, como lo serían tanto el “caracazo” del 27 de febrero de 1989, como las intentonas contra Carlos Andrés Pérez: lo mismo la del 4 de febrero de 1992 protagonizada por el propio Chávez, como la del 27 de noviembre de ese mismo año encabezada por el oficial Viscontti y que culminaría con el exilio de éste, concedió por Fujimori al aterrizar sus naves en el puerto de Iquitos en Perú.
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Rememora asimismo el autor de manera por demás destacada, tanto del “golpe de estado” en contra de la presidencia de Hugo Chávez del 8 de abril del 2002, como la huelga que a fines de ese año se llevara a cabo en la empresa petrolera “PEDEVESA”; logando páginas impregnadas de una sensación de suspenso, conspiración y desasosiego que nos conducen a cabalidad a los mejores momentos de la “crónica roja” o la “novela policiaca” de todos los tiempos, y ni qué decir respecto de las tramas, secuencias y escenas mejor logradas del “cine negro” norteamericano de John Huston, o del europeo de Costa Gavras.
El hecho de que tanto los golpistas, como los organizadores de la huelga petrolera de abril y noviembre del 2002, respectivamente, invocaran al unísono su desacuerdo con la “Ley Orgánica de Hidrocarburos”, constituyen sucesos que me permitirían rememoraren un antecedente por demás interesante y significativo; con la expedición de una ley homónima, el General Isaías Medina Angarita habría decretado el dominio directo de la nación venezolana sobre el subsuelo en 1943.
Hombre formado en el aparato de poder político de Juan Vicente Gómez, Medina Angarita habría sido calificado de filo fascista antes de asumir la presidencia, en cuyo ejercicio, sin embargo, habría desplegado una alianza interesante con diversos grupos políticos destacándose al respecto la alianza política que habría entablado con el Partido Comunista presido por su fundador Gustavo Machado.
Medina Angarita se habría planteado seguir los derroteros que habrían sido avizorados por Lázaro Cárdenas en el Decreto del 18 de marzo de 1938, pese a lo cual, llegaría a la conclusión de que no contaba en Venezuela con el material humano especializado que le permitiría llevar a cabo con éxito una medida equivalente, por lo que, de manera alternativa decidió seguir las disposiciones establecidas al respecto en México por el Constituyente de Querétaro, los autores de la “Ley del Petróleo” de 1925 y el célebre fallo de la Suprema Corte de Justicia presidida por don Joaquín Ortega en el que se negaba a las compañías la protección de la Justicia Federal respecto a la inaplicación solicitada por éstas de las disposiciones constitucionales relativas al dominio de la nación sobre el subsuelo.
En consecuencia, “La Ley Orgánica de Hidrocarburos” de 1943 decretaba el dominio estatal sobre los yacimientos petrolíferos del Lago de Maracaibo y de la Cuenca del Orinoco sometiendo a las compañías petroleras al régimen de concesión estatal para su conducente exploración y posterior explotación.
Antecedente por demás interesante y que permitiría acaso sugerir que, en las zonas más oscuras y soterradas o profundas de la conciencia humana, el tiempo, al parecer, no transcurre; en tal sentido, me habría tomado la libertad como expositor de rememorar los movimientos estudiantiles de los años 20 de los que da cuenta José Vasconcelso en sus memorias, ello, en virtud de que uno de sus episodios, del cual, por lo demás, no habrían guardado memoria relevante los cronistas de aquellos sucesos, habría estribado, precisamente, en una magna manifestación estudiantil frente a la sede de la embajada de Venezuela en la que se demandaba la renuncia del embajador en México del régimen de Juan Vicente Gómez, suceso del que guardo especial referencia, ya que en el mismo habrían tenido una actividad desatacada tanto el abuelo del que esto escribe como, asimismo, el abuelo del autor del libro: “Prisión, gloria y ocaso de Hugo Chávez”; no cabe duda de que, como dicen los que saben: “rodando, rodando, las piedras se encuentran”.