Son vecinas de las buenas: se apoyan en urgencias y se convidan con júbilo. Incipientes amigas, apenas la vida las llevó una a lado de la otra, se caen bien y no se estorban ni se quitan tiempo. Tienen, cada una, su vida personal y laboral y a ratos se acompañan. Coinciden y platican. Y ambas están re-locas.
El día de “noche vieja” o fin de año, la vecina del departamento de abajo tenía toda la intención de subir a saludar a la que vive en el departamento de arriba antes que salieran con sus familias. Era temprano por lo que se apuró a preparar algunas cosas antes de tocar a su puerta para felicitarla y brindar por el Año Nuevo. De repente escuchó en su techo un batiente taconar y se apresuró a subir antes de que se le fuera, ya que no la vería en dos días.
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Dejó todo lo que estaba haciendo y corrió para subir las escaleras. Al llegar a la puerta la encontró abierta. Espió y descubrió a su vecina caminar con apurada enjundia en sus zapatillas de tacón alto y puntiagudo. Dirigió su mirada a los tacones y al subir la vista al rostro de su amiga para saber si iba de prisa, se dio cuenta que estaba vestida con ropa deportiva y miraba atenta su propio paso al continuar su brioso andar disfrutando cada pisada que daba, una tras otra,saboreandoel sonido provocado.
La amiga no quitaba la vista de su propio caminar y daba una vuelta y otra sobre la punta de sus zapatos hacia un lado y otro para retomar el taconear escandaloso de su andar. Parecía un tinglado desesperado de una canción que no terminaba por cuajar. El desafine no importaba, lo interesante era la figura de la chamaca tan atenta a su marcha como si de ello dependiera que hormigas imaginarias no subieran por sus zapatillas. Y de imaginar que lograban las audaces hormigas subirse a sus pies, la fuerza de su pisada las derrotaría en su logro. La chamaca taconeaba y taconeaba, peinando con sus manos su cabello largo atrás de las orejas para poder ver mejor sus pisadas al compás del sonido, como si fuera una bailarina que a fuerza de probar tacones pudiera controlar que no se rompan en pleno baile con su valiente zapateo.
Así se quedó en el marco de la puerta de entrada viéndola andar como toco-tin de un lado al otro del recibidorhasta que se animó a preguntarle: “¿Vas a salir?”La amiga sin atender la pregunta siguió sin quitar el ojo, agudizando el oído a su taconeo echando atrás de sus orejas el cabello que se le venía a la cara por mirar al suelo. Después de largos minutos de sonido donde continuó en su andar, respondió: “No, no voy a salir”.
--Ah, dijo la de abajo, es que escuché tus tacones con tanta velocidad y me apuré para subir a saludarte, antes de que te fueras ya que escuché tu trajinar con mucha prisa.
--¡No hija!, --le dijo—es que estaba haciendo ejercicio y de repente me dieron ganas de andar en tacones, y mira, me los calcé y me puse a caminar. Estoy disfrutando tanto el taconeo que no puedo detener mi tacón batiente.
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