La salida de López Dóriga de Televisa era lógica. Inclusive el monopolio se ha tardado para ejecutarla. El impacto de la denuncia por extorsión de la empresaria Asunción Arámburuzavala fue demoledor. Ella es una de las mujeres más influyentes de México, no perderlo de vista. Su nombre figura en los consejos de administración de las empresas más importantes del país. Frente a eso, el conductor no tuvo ni respuesta ni defensa.
Con esto en la mesa, el típico infraganti, a la televisora no le quedó más que simular un poco. El periodista tuvo que “cantar la palinodia”, pero ello no fue suficiente. El peso y poder de la señora afectada se fue a fondo y pudo haber llegado a más. Es presumible que Azcárraga solo pidió un poco de tiempo para cubrir las formas, pero la guillotina es implacable.
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Esto se efectuará después de la visita Papal, se ha dicho, y es lógico. El monopolio ha hecho una especialidad el convertir todo en un espectáculo. Es el toque del rey Midas. De ese tipo de acontecimientos se apropia con la bendición (literalmente) gubernamental y eclesial. En este caso los tres actores ganan.
La jerarquía católica obtiene una propaganda inconmensurable casi sin inversión. Digamos que sólo pone a los actores. El gobierno paga. Bueno, es un decir; lo pagamos todos. Con ello alimenta la fe y el control. Esa fórmula le ha probado estupendos dividendos. Hoy tanto los necesita, con la popularidad en picada.
Cinco días de manipulación religiosa es, oficialmente hablando, una inversión productiva. No como en otros tiempos, hay que subrayarlo. Hoy cada vez más gente de las capas medias tiene claro cuáles son sus intereses y dónde empieza la fe. Tiene más claro por dónde van los asuntos de Dios y por dónde los del César.
Y las televisoras, con Televisa por delante, encuentran en la visita una espléndida oportunidad de reconciliación con el público que cada día se ahuyenta más. Encuestas recientes muestran que 68% de la gente desconfía de la información en general; 27.9% confía más en lo que lee en internet y 24% en la televisión.
Otros estudios demoscópicos dan cuenta que los noticiarios de televisión y radio y la prensa, están en el rubro de “confianza media”. En el nivel “alto”: Universidades, la iglesia y la Marina-Ejército. Y hasta el fondo de la tabla los de siempre: Presidencia, Senado, Policía, Diputados y Partidos. Lo grave de esto último es que ninguno reacciona en su defensa, por el contrario, se hunden más. Eso se llama cinismo, según reza el diccionario.
Pero los esfuerzos, o muecas, o simulaciones del monopolio por la reconquista del público son vanos. La credibilidad de sus personajes anda por los suelos hace mucho. Siguen ahí por ser, todavía para amplios sectores que no tienen televisión de paga, la única opción. Pero eso se volatiliza cada día. Su anzuelo son las telenovelas y los deportes. Ni la credibilidad ni la confianza son su capital.
El país que pintan y venden en sus espacios informativos es otro bien distinto al que ven a diario los mexicanos. En las pantallas se ve un México endulcorado; nadie delinque en el gobierno; jamás se observa una información crítica, un análisis con todos los elementos; las entrevistas a los funcionarios son aterciopeladas, con alfombra roja y de rodillas los entrevistadores las más de las veces.
Ahí no se habla de la ola criminal que azota al país; de los escándalos de corrupción en los sectores público y privado; de los desaciertos en la economía y educación; de la impunidad y fortunas que surgen al amparo del poder
Es un periodismo que las nuevas generaciones desprecian. A los ojos de los extranjeros es un circo vulgar que se quedó en los años cincuenta, con olor a dictadura bananera.
Ya le pueden quitar conductores y poner otros a los noticiarios de las pantallas. Es la misma gata, nada más que revolcada.
Lo más decepcionante es que ese control, la manipulación burda elevada a la altura del arte, ni siquiera le sirve al gobierno. Al contrario, atiza el escepticismo y la desconfianza. Esa forma de hacer periodismo es un aliado erosionador, un enemigo interno que torpedea la propia fachada de sus patrocinadores.
AsÍ que, lo que viene, lo que veremos, es un escenario ya muy gastado, demasiado manoseado. Muy mosqueado. Es más de lo mismo.
¡Dios nos agarre confesados…!