No existe mayor pesar que la barbarie de los excesos, esos que obnubilan la razón y oscurecen la coherencia humana, para dar paso al salvajismo que implica matar como un acto de venganza a razón de religiones, política, etnias y cultura.
En un momento donde el mundo voltea la mirada a Francia ante los cruentos atentados del 13 de noviembre y débilmente se difunde otro baño de sangre en Líbano, los mexicanos nos preguntamos ¿y nuestras guerras?
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El país está en guerra, una quizá más silenciosa, pero igual de cruenta que la que se vive con el terrorismo, sólo que en este país, los mercenarios tienen nombres, cárteles, grupos, partidos políticos.
Lo que está ocurriendo en Guerrero desata la inevitable pregunta: ¿Y el presidente? ¿Y la seguridad del país? En los últimos días, el estado de Guerrero se ha convertido en el epicentro de la violencia, donde igual se han enfrentado nuevamente normalistas de Ayotzinapa con la policía, las ejecuciones se dan a toda hora, una ola de violencia y pánico azota las carreteras de esta entidad sureña, donde la población vive en pánico permanente.
La ausencia del estado de derecho es más que visible. Son apenas 15 días del mandato de Héctor Astudillo Flores como gobernador de Guerrero y se han reportado más de 50 asesinatos en la región, consecuencia de la dura lucha de poder que libran los cárteles del crimen organizado.
Los grupos del narcotráfico en esta región del país, se han pulverizado como consecuencia de las rupturas y enfrentamientos suscitados a raíz de la detención del ex edil de Iguala José Luis Abarca y de su cónyuge, operadora del cártel Guerrero Unidos.
Las pequeñas células de la delincuencia emergen como nuevos grupos que buscan autonomía y liderazgo para empezar a dominar cada vez más territorios y someter a sus adversarios.
En medio de todos estos enfrentamientos está la población civil, quienes viven temerosos de los “levantones”, asaltos y ejecuciones que incluso propiciaron la suspensión de clases en escuelas del puerto de Acapulco, ante el riesgo para los infantes.
El silencio que el Gobierno de la República guarda ante la crisis guerrerense, es una muestra de su falta de capacidad para controlar una situación extrema que lo ha rebasado en todos los sentidos.
Hoy Guerrero se ha convertido en el territorio minado del país, donde entrar representa un riesgo y una lucha de sobrevivencia.
Ojalá además de lamentarnos de las crisis mundiales como la que vive Francia con sus atentados y el gobierno se apresure a enviar sus condolencias, también volteemos aquí, más cerquita, en nuestro país, y exijamos el cese de tanta violencia, impunidad y muertes en “los caminos del sur”.
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