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OPINIÓN

Debemos Recuperar el Discurso Axiológico en la Educación

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Guadalupe Barradas Guevara

Doctora en Educación y  Maestra en Investigación Educativa por la Universidad Iberoamericana Puebla, y Especialista en la Enseñanza de Educación Moral y Ética por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, docente de licenciatura y postgrado. Ha sido investigadora, en concordancia, de la UIA y la REDUVAL.  Autora y coautora de artículos indexados: “El maestro es un agente moral”; “Calidad educativa: Mito o Realidad”; “Valores Profesionales en la Formación Universitaria”, entre otros.

Miércoles, Septiembre 30, 2015

De acuerdo a Fernando Corominas y José Antonio Alcázar (2014), la sociedad actual reclama con insistencia una educación moral para la juventud, como consecuencia de la crisis social generalizada que tienen sus manifestaciones en la inseguridad ciudadana, la corrupción de la vida política, la extensión de algunas enfermedades, los atentados a la vida o el medio ambiente, o a la vulnerabilidad de los derechos humanos. En otras palabras: pérdida del sentido de la vida.

Para ser precisos, hoy en día vivimos los tiempos de un analfabetismo moral que lentamente va extendiéndose en las capas más jóvenes e indefensas de la sociedad, por lo que la respuesta del mundo de la educación no puede ser el silencio conformista, sino la promoción de lo valioso, a la altura de la dignidad del ser humano. O como dice Victoria Camps: “

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Vivimos en un mundo plural, sin ideologías sólidas y patentes, en sociedades abiertas y secularizadas, instalados en el liberalismo económico y político. El consumo es nuestra forma de vida. Desconfiamos de los grandes ideales porque estamos asistiendo a la extinción y fracaso de las utopías más recientes. Nos sentimos como de vuelta de muchas cosas, pero estamos confusos y desorientados, y nos sacude la urgencia y la obligación de emprender algún proyecto en común que dé sentido al presente y oriente al futuro (1990).

Vivimos en un mundo y en una sociedad – la nuestra, para ser más concretos – en los que, como decía Aranguren, nuestro mayor problema no es ya el “desencanto” o la “moral desilusionada pero todavía posiblemente eficiente”, sino la “desmoralización” que consiste en la “pérdida del sentido de la vida” ante la falta de alternativas y de caminos, como consecuencia, si no del fracaso, sí, al menos, de la confusión provocada por la crisis de las grandes creencias y utopías. Una desmoralización que puede verse reflejada en el “conformismo social”, tan característico de nuestra sociedad actual y especialmente preocupante en el sector juvenil (en González, 1992, p. 8).

El hecho de que ahora destaque la importancia de los valores como elemento integrante de la acción educativa, parte de los objetivos menos cuantificables como son las actitudes y valores que forman parte del desarrollo integral del educando, los cuales quedan subordinados al logro de resultados que están sujetos a controles externos de calidad. Quedando de esta forma la tarea del educador, en la simple instrucción y transmisión de conocimientos, enfocados hacia la competitividad tecnológica y económica, y no al desarrollo integral de la persona. Esto significa que es necesario recuperar el discurso axiológico. Hacer que regresen los valores a la vida social y personal.

Recordemos que, la presentación de los valores o de los contravalores es inseparable de la tarea docente y no es posible una enseñanza o una educación neutra: el profesor ofrece siempre a sus alumnos un modelo de conducta según cómo desarrolla la clase, el texto que ha elegido, el modo de tratar a cada persona o de realizar la evaluación. Lo quiera o no, siempre ofrecerá un ejemplo de amor a la verdad, de generosidad, de justicia, de alegría; o, por el contrario, se presentará como modelo de arbitrariedad, o de cinismo, o de escepticismo.

Una pretendida posición neutral del profesor respondería a una determinada filosofía de la educación: la que postula un relativismo radical, que prescinde de valores absolutos, entendiendo la libertad personal como capacidad ilimitada de opción. Ese profesor, aumentaría la perplejidad de sus alumnos al no presentarles puntos firmes de referencia, certezas que les ayudasen a descubrir y a seguir la verdad.

Querámoslo o no, los padres y profesores presentamos con nuestra diaria conducta, modelos de valor para los niños y jóvenes. “La educación es esencialmente auto-educación y, por tanto, una tarea en la que la libertad personal nunca puede ser suplantada. Pero sí puede ser ayudada, sobre todo a base de la emulación que suscita la presencia de ejemplos valiosos, en primer lugar el esfuerzo del educador por encarnar en su propia vida los valores que teóricamente propone, pues, como dice Romano Guardini, la primera cosa eficaz es el ser educador; la segunda, lo que él hace; la tercera, lo que él dice” (en Alcázar, 1998).

Que así sea.

Referencias

Alcázar, J.A. (1998). El Plan de Formación. Fomento de Centros de Enseñanza. Artículo del Curso de Especialización de Educación Moral y Cívica en el Sistema Educativo de la Universidad Complutense de Madrid (2004).

ARANGUREN, J. L. (1990). Moral española de la democracia. Revista Claves, núm. 3. Madrid.

Corominas, F. y Alcázar, J. A. (2014). Virtudes humanas. Una guía práctica para la educación en valores y principios desde la familia. Madrid, España: Ediciones Palabra, S. A.

CAMPS, V. (1990). Virtudes públicas. Espasa Calpe. Madrid.

GONZÁLEZ, F. (1992). Educación en Valores y Diseño Curricular. Alambra Longman. España.

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