Varios medios de comunicación han dado la impresión de que la visita de Francisco I a Cuba fue algo fácil, mientras que su paso por Estados Unidos será complicado. Que las críticas del Pontífice (a la desigualdad, la pobreza, el deterioro del medio ambiente) se han enfocado contra situaciones que tienen que ver más con este país que con la nación caribeña. Hay algo de cierto, pero una mirada menos superficial permite ver las cosas de otra manera.
El Estado cubano fue un Estado ateo desde principios de los sesenta hasta 1992. De este año en adelante es un Estado laico. La diferencia es muy importante. El Estado ateo hace explícita su creencia en la no existencia de Dios y por tanto considera ilegítimas, o equivocadas, o ambas cosas, a las creencias, manifestaciones y organizaciones religiosas. El Estado laico no hace profesión de fe: no declara su propia creencia. Se declara al margen de las creencias religiosas. Es decir, establece la autonomía de lo político frente a lo religioso. De esta autonomía se deriva la libertad de conciencia y la igualdad de individuos y organizaciones frente a la ley, independientemente de sus creencias (tomo esta definición de Roberto Blancarte, Para entender el Estado laico, Nostra ediciones, México, 2008).
Más artículos del autor
En los ochenta tuve la oportunidad de estar en Cuba, y un universitario me explicó porque no aceptaban católicos en la universidad. La universidad es científica, me decía. Ahí se va a hacer ciencia. Y la creencia en Dios es algo anticientífico. Por lo tanto, alguien que cree en Dios no tiene nada que hacer en una universidad: hay que prohibirle la entrada. La idea es congruente con un Estado ateo. Es absurda para un Estado Laico.
La presencia de Raúl Castro, presidente cubano, en las homilías del Papa en Cuba, habla de que el gobierno cubano está lejos de rechazar a la iglesia católica. Representante de un Estado laico, pero no de un gobierno indiferente frente al jefe del Vaticano. El mensaje de esta presencia no es explícito, pero es importante. Un paso en la apertura de Cuba al mundo, y del mucho hacia Cuba.
Se ha criticado que el Papa Francisco no habló en la isla de derechos humanos ni de los presos políticos en ese país. Tampoco antes hizo pública su mediación para un acercamiento entre los gobiernos cubano y norteamericano. Pero esa mediación fue eficaz para ir poniendo fin a una historia de más de cincuenta años de alejamiento y encono. Es posible que sus esfuerzos por cambiar la situación en Cuba sean igualmente discretos. Y quizá sean también eficaces.
En Estados Unidos la presencia del pontífice, se dice, será más incómoda. A los sectores conservadores de ese país les ha molestado su apertura hacia los homosexuales, hacia el aborto. Y sus críticas al capitalismo y a la economía de mercado que no han resuelto los problemas de la pobreza y han deteriorado seriamente la ecología. Algún influyente periodista norteamericano consideró que con estas afirmaciones el Papa cae en el marxismo.
Esta crítica confunde los problemas con el diagnóstico. Señalar que la pobreza en el mundo actual es un problema, y un problema muy serio, no compromete de ningún modo con el diagnóstico marxista. Es simplemente señalar un hecho obvio e importante. Una confusión que recuerda lo dicho por Octavio Paz cuando cayeron los sistemas soviéticos: fue el fin de una solución, dijo, no de los problemas. Se derrumbó un sistema que trató de poner fin a la pobreza y otras miserias humanas. Pero los problemas siguen entre nosotros. Señalarlos no compromete con un diagnóstico o solución, como la marxista. Así como criticar la solución marxista no implica que se desentienda de esos problemas. Pero parece que esto es muy difícil de entender para algunos.
Volviendo a la transición del Estado ateo al Estado laico habría varias cosas que señalar. Recuerda algo escrito por el Dalai Lama: cuando se empezó a interesar por la ciencia, a leer sobre el tema y a acercarse a importantes científicos, una mujer le advirtió que no lo hiciera. La historia demuestra, le dijo, que la ciencia “mata” a la religión. Un hombre religioso como él debería mantenerse lejos de la ciencia. El tibetano no siguió su consejo, ha frecuentado a las ideas y a los hombres de ciencia y no ha debilitado sus ideas religiosas (véase su libro El universo en un solo átomo). Las relaciones entre ciencia y religión son complicadas. No son siempre de mutua exclusión.