Frente a la crisis migratoria que enfrenta Europa y que evidencia la catástrofe humanitaria de la guerra, las historias de refugiados conmueven los corazones de miles de personas en el mundo; pese a las resistencias de grupos ultra conservadores que demandan cerrar las fronteras.
La inmigración obligada por conflictos bélicos, pobreza o devastación climatológica es un fenómeno que cambia la dinámica social, política y económica de los países y sus habitantes.
Más artículos del autor
Lo interesante es la movilización de las masas que se traduce en actos solidarios que van más allá del donativo en una cuenta bancaria o el envío de despensas.
Esta es la historia de una familia que decidió hace cinco años abrir las puertas de su casa a un grupo de refugiados haitianos, sobrevivientes del terremoto de 7.0 escala Richter en enero del 2010, el más mortífero de Puerto Príncipe en más de 200 años.
En menos de 60 segundos, Haití, el país más pobre del hemisferio occidental fue destruido por la fuerza del sismo y sus réplicas dejando a más de 3 millones de personas sin techo.
La magnitud del desastre despertó en la familia de Gaby Tamez, el interés de apoyar a las víctimas; y aunque en un principio hablaron de la posibilidad de alojar a menores de edad, la realidad es que la Embajada de México en Haití aprobó el viaje de cuatro hermanos (dos hombres y dos mujeres), el esposo de una de ellas y tres niños.
Fue entonces que ocho haitianos que dejaban atrás el miedo de morir por el hundimiento económico de su país y agradecidos con su nueva oportunidad de vida, arribaron en el último barco de la Marina Armada de México al Puerto de Veracruz y posteriormente al municipio de Xaltocan.
La amabilidad de los anfitriones contribuyó al proceso de adaptación de Harol, Renaul, Darline, Erline, Mac, Wens, Rodarly y Mike en su nueva aventura. Aunque el idioma (una mezcla de francés y criol haitiano) fue un obstáculo inicial, lograron entenderse con señas.
Ciertamente la crianza de 7 niños (hoy todos adultos) no enfrentaba a los papás de Gaby a un mundo desconocido; sin embargo la convivencia con una familia extranjera era un hecho sin precedente.
El mini sartén que recientemente había comprado su mamá para cocinar un huevo por la mañana permaneció guardado en los próximos meses, y las compras en el súper cambiaron radicalmente. Los huevos con jamón, la leche azucarada, el pan de dulce y el aguacate eran deleite de los haitianos, y acostumbrados a beber mucha agua, cinco garrafones cubrían el consumo de una semana.
Entre las actividades cotidianas, la visita a los parques, el cine y los centros comerciales era una aventura. Gaby y su mamá se dividían para cuidarlos. Los niños eran felices con las escaleras eléctricas y subiéndose al automóvil, un lujo que jamás conocieron en su tierra como tampoco la máquina de hielos de un refrigerador moderno.
Las tardes eran amenas jugando lotería y con billetes de utilería les enseñaron el valor del dinero mexicano para que pudieran comprar al menos refrescos. Los niños fueron aceptados en la escuela y fueron recibidos con calidez por parte de las maestras. Para Mike, la tarea era divertida y así comenzó aprender español.
Conforme pasaron los meses, los invitados dejaron atrás el amargo recuerdo de aquel episodio de destrucción y muerte que invadió a la isla caribeña; aunque estuvo cerca de alcanzar a la familia de Harold, debido a que sus hermanos lo buscaron durante cuatro horas entre escombros y heridos.
En la recta final de su estancia en Tlaxcala, una hermana en Miami y un familiar en la Embajada de Haití aceleró los trámites para que pudieran continuar su camino; no sin antes unirse otro hermano que había logrado salir de la tragedia. Era más fácil traerlos a México y después reubicarlos en Estados Unidos, que sacarlos sin papeles a un destino incierto.
"Fue difícil por la situación en la que vinieron pero más allá del idioma fue una gran experiencia; me convertí nuevamente en hermana de ocho personas más aunque lo más triste fue la despedida porque uno se encariña con la gente", recordó.
Al igual que Gaby cientos de familias han sido educadas con valores supremos de solidaridad; tender la mano a quienes lo necesitan no es sinónimo de lástima sino de comprensión. Hoy el mundo otra vez está a prueba, ojalá entendamos que la trascendencia humana adquiere sentido cuando la sociedad está dispuesta a cobijar a las víctimas de un desastre natural o de la violencia. Nos urge recuperar el valor "del ser y no del tener", sólo así funcionaríamos mejor.
Mi cuenta en Twitter @estradapaty
Enviado desde mi iPad