Como ya se ha venido vislumbrando, en esta investigación, el ingrediente básico en la práctica de la enseñanza es la persona que desempeña el papel del docente. Se considera que ningún otro aspecto tiene mayor peso para influir en la calidad moral e intelectual del desarrollo de los estudiantes durante sus años en las escuelas. Por supuesto que los materiales, curriculares, la tecnología y el apoyo de otros profesionales también son importantes, pero el manejo, las interacciones, y sobre todo el impacto en el aula depende de la capacidad de comprensión, de los conocimientos, de la experiencia, de la iniciativa, de la imaginación y de la afinidad y buena disposición que el maestro tenga para con sus alumnos.
Estas premisas nos llevan a preguntarnos, ¿cómo debería ser la persona que desempeña el papel de profesor? ¿Qué es lo que le confiere a una persona el poder para enseñar a otro ser humano? ¿En dónde radica la fuente de su intencionalidad, y su autoridad? Ante estas preguntas, las posibles respuestas que tendríamos serían: Aquellas personas que hayan estudiado para ser maestros; a quienes les guste la docencia; las que le gusten los niños y los jóvenes; alguien que sea responsable; las que tienen el don de la sonrisa y saben comunicarse con los demás; las que tengan vocación; las que esperan el bien del otro…
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Si bien estas preguntas a simple vista parecen evidentes y fáciles de contestar, no lo son, porque la persona que pretende ser profesor de entrada no es ninguna fantasía o utopía romántica fuera de la realidad. Tampoco es aquel que de chico soñó con ser bombero y que a través del tiempo por azares del destino se convirtió en un profesor, dedicándose, ahora, a consumir la llama interna de sus alumnos. Pero tampoco son aquéllos que por su carácter autoritario no encuentren algún discípulo digno a la altura de sus improbables conocimientos, utilizando como “recurso estratégico” la humillación constante de sus alumnos.
Entonces, ¿cuál sería la respuesta correcta a esta pregunta?, sin querer parecer presuntuosa o ligera considero que un verdadero maestro debe ser una persona virtuosa. Mirando desde los ojos de Lonergan: aquél que remita a una persona auténtica. Es decir, aquel que cumpla con los preceptos transcendentales: “Sé atento, sé inteligente; sé racional y sé responsable, enamórate” (en Pérez Valera 1990, p. 31). Para el entendimiento de estos cuatro preceptos veamos el siguiente esquema:
Pérez Valera agrega que en cuanto somos fieles a los cincos preceptos transcendentales, somos auténticos. La genuinidad, o la autenticidad, se definen por la intencionalidad. En la medida que dejamos de cumplir estos preceptos, somos sujetos truncados, sujetos a los que les falta genuinidad. En la medida que los cumplimos todos, somos auténticos, y el psiquismo queda ordenado a la intencionalidad, dispuesto a cooperar con las operaciones intencionales.
A partir de lo anterior, ¿podríamos afirmar que todo aquél que se acerca a la docencia es, en verdad, un maestro?
Moore afirma que los maestros deben dedicarse profesionalmente a las actividades educativas y enseñar de diferentes maneras (1999). Pero, ¿esto se puede hacer cuando no se cumplen con los mínimos requeridos de respeto para con sus alumnos?, ¿si no se presentan a trabajar o no dan clases? e incluso, ¿si no son ejemplos de virtud a seguir?
El maestro es un ser vivo y por lo tanto debe ser sensible, inteligente, razonable y consciente. Su desarrollo es un movimiento que va desde su historia, de la dependencia relativa de la niñez hasta la autonomía relativa de la madurez. Conforme éste se desarrolla, el contenido de su requisito análogo (pues el requisito tiene un contenido diferente en diferentes casos), de una autenticidad-para-sí, pasa de la exigencia simple de desasimiento por parte del deseo puro hasta un despliegue, cada vez más inteligente, más sabio, más confiado en sí mismo de ese deseo de trascender.
El docente virtuoso es una sola y misma realidad, siendo integrador y operador a la vez; pero el operador no ceja en procurar la transformación del integrador. Es decir, dentro de él prevalece un conflicto entre la fuerza integradora, que es la que procura la conservación y la fuerza operadora que busca la transformación surgiendo una tensión entre la limitación y trascendencia.
Por supuesto que el maestro auténtico enfrenta los problemas, pero antes de ello los examina, estudia sus múltiples aspectos, desarrolla sus diversas implicaciones, considera sus consecuencias concretas en la propia vida y en las vidas de los demás. Si bien respeta las tendencias inerciales como fuerza conservadoras necesarias, no por eso concluye que una rutina defectuosa tiene que mantenerse porque hemos logrado acostumbrarnos a ella. Aunque teme acceder bruscamente a la transformación del propio yo en alguien distinto, no soslaya el problema, no aparenta intrepidez, no actúa por petulancia. Es capaz de firmeza y confianza, no sólo en lo que ya fue probado y hallado exitoso, sino también, en lo que queda todavía por probar. Crece haciéndose cargo de la renovación permanente de las nuevas preguntas por acometer, añora el descanso, vacila y decae, pero conoce sus debilidades y sus fallas, y no trata de racionalizarlas, sino de transcenderlas.
Para finalizar, Lonergan nos dice: El ser humano debe crecer en sensibilidad y disponibilidad de acuerdo a sus valores, si se quiere ser un ser humano auténtico (2001). Pero el desarrollo no es algo que se obtenga de cualquier manera, por eso sus resultados varían. Hay fallos humanos. Existen sujetos mediocres. Existen personas que están siempre creciendo y desarrollándose a lo largo de toda su vida, pero sus logros varían de acuerdo con la herencia de donde partieron, con las oportunidades que han tenido, con la suerte con que corrieron en el evitar los tropiezos y retrocesos y con el ritmo de su crecimiento.
No cualquiera puede ser llamado o llamarse a sí mismo maestro; respetemos el valor de las palabras.
Referencias
Lonergan, B. (2001). Método en teología. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.
Lonergan, B. (2004). Insight. Estudio sobre la comprensión humana. Salamanca, España: col. Universidad Iberoamericana y Ediciones Sígueme.
Moore, T. W. (1999). Filosofía de la educación. México: Editorial Trillas.
Pérez Valera, J. E. (1990). El método cognoscitivo de Bernard Lonergan. México: Universidad Iberoamericana y Librería Parroquial de Clavería, S. A. de C. V.