Como ustedes recordarán, el pasado sábado 04 de julio del presente año, en Chiapas algunos profesores quisieron realizar su examen de promoción y fueron brutalmente ofendidos por un grupo de personas que se hacían llamar “maestros”, lo cual me indigna y me ofende como docente que soy, puesto que el ser maestro no puede tener connotaciones fundamentadas en comportamientos transgresores de la humanidad. El docente debe ser una persona ejemplar, crítica y responsable. Debe ser un líder moral, lleno de virtudes que no dañen la integridad de los otros.
El hecho anterior, me recuerda cuando Latapí (2002) habla del lado oscuro de la profesión docente, de la gran corrupción del medio magisterial que está fundamentada en reglas poco edificantes, en simulaciones a las que hay que resignarse, en abusos que callar aunque molesten y poderes nada éticos con los que hay que transigir. Siendo esto una representación latente del porqué la educación fracasa y si lo hace es porque existen “líderes morales” que construyen sociedades fundamentadas en antivalores que llevan a los hombres a no convivir, a no respetarse, a tomar decisiones equivocadas, poco racionales y sobre todo inhumanas. Porque como dice García de Alba: “éticamente es malo todo lo que impide que el hombre se haga humano y actúe humanamente” (1998, p. 163).
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Como hemos observado, esos supuestos “maestros” que han atentado contra la dignidad de sus compañeros, aunque no hayan hecho examen han reprobado y lo han fallado porque han insultado a su propia profesión, puesto que ser maestro, en cualquier comunidad educativa, significa iniciar una carrera con una estructura definida y comprometida, que a través de la experiencia obtenida y de su constante actualización, debe construir una sensibilidad general y humana hacia los procesos de interacción personal que les permita comprender la estructura social y, en consecuencia, adaptarse a las necesidades de los nuevos escenarios que se les presenten.
Ser docente debe apuntar, como dice Rugarcía, a una ética del sujeto auténtico, fundamentada de una manera inusitada en su quehacer subjetivo y en su impacto en los integrantes del bien social, entendido como un método interior, generalizado a todo sujeto que conoce-decide y actúa en consecuencia para libremente humanizarse y humanizar a los integrantes de su comunidad en relación al manejo-desarrollo de un Método Trascendental por los sujetos involucrados en la educación y en la sociedad (2013).
Quizás estos escenarios sean idealizadores en cuanto a la profesión docente. Sin embargo “solamente la vida real del Maestro tiene valor como prueba demostrativa. Sócrates y los santos enseñan existiendo” (Steiner 2004, p. 13). Y si el maestro debe dar una vida ejemplar, por supuesto no de sumisión pero sí de racionalidad argumentativa, ¿qué puede aprender un alumno o una sociedad a través de estos actos que afrentan contra la dignidad humana? ¿Acaso estas acciones son loables a seguir? Por el contrario, como bien sabemos, desde la autoridad pedagógica que todo docente tiene, la única licencia honrada y demostrable para que alguien aprenda es dada a través del ejemplo.
Pero miremos la otra cara, supongamos, como me dijo un compañero: “las personas que atentaron contra estos docentes no eran profesores”. De acuerdo, no lo eran, pero en el acto había varios maestros que sí lo eran y no defendieron, ni fueron solidarios con aquéllos que estaban siendo atacados, por lo que fueron cómplices, llevando esto a otros cuestionamientos: ¿Por qué no hicieron nada? ¿Por qué permitieron el corte de cabello, las cuales remiten a prácticas de barbarie germánicas o de la Edad Media, como forma de “castigo” por querer ser evaluado? ¿A qué le tienen tanto miedo? ¿Para qué tratar de evitar lo inevitable si tarde o temprano va a suceder? ¿Le temen a su praxis, a su mala preparación y por lo tanto a reprobar el examen? Y todo esto, ¿justifica atentar contra la dignidad humana?
Como he manifestado anteriormente, esta reforma educativa, y sobre todo la evaluación a docentes, ha producido un clima de desconcierto e incertidumbre en miles de profesores por los procesos tan abruptos y oscuros que se están dando y, aunque no soy defensora de ésta –y mucho menos de las formas en las cuales se está llevando a cabo, a través del autoritarismo, desacreditación docente y punición–, tampoco estoy de acuerdo en las medidas que son cometidas para impedir la realización de ésta, puesto que la violencia, sólo genera violencia e indignación.
Estimado lector, con este artículo no quiero que nadie se sienta ofendido, puesto que no es mi intención. Simplemente quiero recuperar el significado y las implicaciones que conllevan portar el título de “Ser Maestro”, en toda su expresión y significado, e invitarlos hacer una reflexión sobre su quehacer docente, porque por muchos cabellos que corten la fortaleza de un profesor siempre va a estar en su ser, en los valores que de él emanen, en su capacidad crítica, pero sobre todo en la calidad de sus acciones.