“La educación es un clásico del desencanto”
Steiner (2004, p. 123).
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Estimado lector, regresando a mis reflexiones académicas, me encuentro en un verdadero conflicto al hablar o al tratar temas sobre la función del docente, puesto que en algunos ensayos manifiesto que cuando existe la vocación de educar, la enseñanza debe ser necesariamente un acto de amor y de fe hacia los demás. Es decir; un proceso compuesto de actos intencionales, que busquen el bien en el otro. Pero, el día de hoy, esta visualización tan cursi como ideal, ha muerto, así como las matemáticas, el español, la historia, la química, la física, o cualquier otra disciplina: han muerto en las escuelas.
Lo anterior, parte de la siguiente experiencia obtenida al inicio de esta semana, proveniente del examen de admisión para ingresar al bachillerato, que fue realizado en una escuela en donde trabajo, teniendo a mi cargo 42 alumnos. El examen consistía en 60 preguntas de conocimiento (matemáticas, español, química e historia) y, otras 30 preguntas más de razonamiento verbal y matemático. Pero, qué terrible desencanto sufrí cuando comencé a calificar los exámenes, pudiendo percatarme de que sólo tres alumnos habían aprobado éste, y no con una gran calificación, por el contrario. Llevándome a preguntar, ¿Qué es lo que hacen realmente estos alumnos?, ¿en verdad estudian?, ¿por qué desean ingresar a la educación media teniendo un nivel de aprovechamiento tan bajo?, ¿qué sentido tiene hacerlo?, ¿y los padres de estos jóvenes, para qué quieren que sus hijos estudien?
Las anteriores interrogantes, me han perseguido y me han tenido inquieta en estos días, tratando de encontrar respuestas que me indiquen una justificación significativa con base a la decisión de estos jóvenes para continuar sus estudios. Encontrando una posible hipótesis basada en la 1ª Ley de Newton, conocida como Ley de Inercia, la cual indica que si sobre un cuerpo no actúa ningún otro, éste permanecerá indefinidamente moviéndose en línea recta con velocidad constante, incluyendo el reposo que equivale a velocidad cero.
A primera vista, parece que este razonamiento no tiene relación alguna con el tipo de estudiantes que tenemos, pero si pensamos que muchos alumnos a través de sus vidas no han estado sujetos a la acción de fuerzas, o agentes extraños que provoquen diferentes posibilidades, éstos mantendrán sin posibilidad de cambio su dirección y movimiento, provocando de esta forma alumnos inertes, pasivos y en constante reposo.
En realidad, aunque algunos piensen que es muy difícil, hasta casi imposible encontrar un sistema de referencia inercial, sobre todo en las aulas, puesto que siempre existe un tipo de fuerza actuando sobre los cuerpos, estoy convencida de tener alumnos inertes en velocidad constante, quienes a través de discursos tradicionales sólo siguen la ruta rectilínea de su movimiento, sin pretender cuestionar, sin pretender salir, sólo continuar a un ritmo determinado.
Es claro que vivimos, políticamente hablando, tiempos de un ideal popular, en donde niños y jóvenes formalmente tienen las mismas oportunidades de estudio, el derecho de una educación. Pero, ¿de qué sirve esto si carecen de emotividad hacia el conocimiento?, ¿de qué sirve si sus sentidos se enfocan en una instrucción a medias?, ¿de qué sirve estar en la escuela si realmente a muchos estudiantes no les importa, valga la redundancia, estudiar?, ¿y los padres de familia, que cotidianamente no ayudan a sus hijos a estudiar, para qué gastan en libros, en libretas, en uniformes si siempre tienen los mismos resultados adversos con sus hijos?, y, ¿si le preguntáramos a cada uno de estos padres de familia para que van sus hijos a la escuela, qué contestarían?
Dado lo anterior, debemos entender que la educación ya no da estatus, así como tampoco garantiza el trabajo y mucho menos nos hace ricos (económicamente hablando), pero para que los alumnos puedan tener un aprendizaje significativo deben ser apoyados educativamente por sus padres, tener gusto y pasión por el conocimiento, por lo conocido y por lo desconocido, tratando siempre de buscar respuestas, aunque se generen más preguntas.
Por supuesto, los maestros podríamos lograr cambios, sí sólo sí, los salones no estuvieran llenos de alumnos inertes, lo cual lo veo tan difícil como utópico, dado a las tradiciones socio-culturales y políticas en las cuales vivimos.
Sin ser pesimista, una posible solución a lo anterior, sería que los docentes pudiéramos seleccionar a los estudiantes de acuerdo a sus fortalezas o virtudes, alumnos que realmente quisieran estudiar. Aunque, si Jesús (el hijo de Dios) que pudo escoger a sus discípulos al igual que Sócrates, no pudieron tener éxito en el aprendizaje de éstos, ¿qué esperanzas podemos tener nosotros los maestros como simples mortales que somos?