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El Docente: Un Ser Inevitablemente Moral | Guadalupe Barradas Guevara
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El Docente: Un Ser Inevitablemente Moral

Guadalupe Barradas Guevara

Doctora en Educación y  Maestra en Investigación Educativa por la Universidad Iberoamericana Puebla, y Especialista en la Enseñanza de Educación Moral y Ética por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, docente de licenciatura y postgrado. Ha sido investigadora, en concordancia, de la UIA y la REDUVAL.  Autora y coautora de artículos indexados: “El maestro es un agente moral”; “Calidad educativa: Mito o Realidad”; “Valores Profesionales en la Formación Universitaria”, entre otros.

Miércoles, Mayo 20, 2015

Ser moral es ser uno mismo, dice Cortina, es decir, si a lo largo de la vida nos vemos obligados a elegir entre las diversas posibilidades que creamos, y estas sucesivas elecciones nos llevan a ir apropiándonos de algunas características que van pasando a formar parte de nuestro carácter, si somos inteligentes, iremos eligiendo aquellas que aumenten nuestras posibilidades de autoposesión, y no a las que vayan produciendo una alineación, una enajenación: no las que nos convierten en otro, sino las que cada vez nos hacen ser más “nosotros mismos” (1996).

Por lo tanto, la enseñanza como actividad humana que es, no es un espacio vacío que espera que una fuente de significados o valores externos la llenen. Por el contrario, son sólo las personas involucradas en este proceso educativo que lo pueden hacer, aunque no quiere decir que quien se aproxime lo haga en forma adecuada o exitosa, o, lo pueda hacer sin una perspectiva conceptual y/o moral. Siendo el hombre sujeto moral en cuanto es capaz de hacer actos interiores racionales, auténticos y libres; recopilando un conjunto de criterios universales, en base a los cuales juzgue cada una de sus tendencias en cada momento.

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Entonces, si el hombre es un valor, es una persona, en cuanto está ontológicamente presente en él una naturaleza humana, podríamos deducir que la educación es algo superfluo en cuanto que el hombre “existe ya” y no tiene necesidad de hacerse.

En realidad el hecho de revelarse el hombre en los rasgos de personalidad y de carácter es fruto de un proceso dinámico de maduración. El hombre, para ser tal, ha de “desarrollarse” a sí mismo, ha de “encontrar” consciente y libremente el valor, ha de “integrarse” con las demás personas si quiere que crezca su humanidad. Dice Peretti: “la personalidad es el término de un proceso continuamente estructurado, que progresivamente acepta el señorío del yo: promover y sostener este señorío es el fin principal de la educación” (en Bosello, 1998: 20).

Con todo, la educación no ha de entenderse como un trabajo sobre una materia inerte, que hay que modelar según un proyecto exclusivo del educador o de la sociedad. En esta línea se coloca la reflexión de Kriekemans:

Desde el punto de vista fenomenológico tenemos que partir de la relación pedagógica pura. Esta no se presenta sino cuando se educa en el plano humano. La educación se imparte a aquellos que pueden ser liberados y encaminados a un modo de vida que supone responsabilidad. Sólo la persona humana puede ser educada, y en la medida en que se ha conquistado a sí misma y se ha hecho capaz de servir a los valores desinteresadamente. Sólo se da esta situación en la formación que el hombre se da a sí mismo y en la ayuda que le ofrece una persona guiada por el amor y el más completo desinterés. Nos parece que el fenómeno puro es el hombre que se considera a sí mismo como terminado. Esto, en línea de principio, lo debe realizar él mismo; y no le será posible hacerlo más que con la ayuda de otros (en Bosello, 1998).

La educación es, pues, una ayuda que se da a la persona, para que se desarrolle como tal. La obra educativa tiene como finalidad el respetar a la persona, en su verdad, en su libertad, en su tendencia a una responsabilidad cada vez mayor: la persona en toda su integridad.

La educación tiene como finalidad la realización de la persona, la ayuda ofrecida para su autorrealización, por eso la educación no será posible más que allí donde la conciencia moral esté activa. Dice Kriekemans: una educación armoniosa de toda la estructura de la existencia humana debe ser posible. No pueden desarrollarse solamente algunas tendencias, –las sensibles y no las espirituales- o viceversa: la verdadera educación consiste en desarrollarlas todas y en perfeccionar cada una del modo más conveniente. Y éste es el quehacer de la educación moral. Ésta es, por tanto, “la coronación de la educación del carácter y de la personalidad (En Bosello, 1998).

Si la moralidad es una dimensión humana fundamental e innegable, y si la educación es educación de la persona total, integral y omnicomprensiva, la educación misma debe configurarse como educación de la moralidad, es decir, como educación moral, aunque preferiría llamarla sólo educación, ya que hablar de educación moral implica una redundancia.

Referencias

Bosello, A. (1998). Escuela y valores. La educación moral. Madrid, España: Editorial CCS.

Cortina, A. (1996). El quehacer ético. Guía para la educación moral. Madrid, España: Aula XXI Santillana.

Kriekemans, A. (1968). Pedagogía general.  Teodoro Mendizábal (traductor).  Barcelona, España: Herder.

 

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