Luego de la abrupta desaparición del noticiario de Carmen Aristegui, queda al menos el debate como secuela, pese a todo saludable, de este tropezón circunstancial.
Y digo circunstancial porque nada es para siempre. Ni las victorias reales ni las derrotas aparentes.
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Muchos elementos quedan sueltos para retomarlos o arrojar luz sobre ellos.
Desde luego, es ingenuo quedarse con una versión unilateral del caso. Discrepancia interna, dice la empresa, porque la conductora violó las reglas del juego. Y es cierto, pero es tan solo una parte de la verdad.
Todo indica que las relaciones entre conductora y Multivisión ya no eran sanas ni tersas.
Llega un momento en que el estilo de hacer periodismo de una figura estelar, como es el caso, choca con los intereses reales de la empresa. Ésta, coloca en la balanza las dos cosas.
De un lado lo que tiene por ganar o lo que puede perder, y, en el otro lado, consentir algo con lo que de fondo no comulga. Que le estorba en sus intereses crudos.
Y frente a ello la acechanza, la seducción, o las presiones del poder público.
El hilo, lógico, se corta por lo más delgado. El empresario tiene intereses, el periodista ideales. Carmen, con todos sus defectos, -no es un ángel- ha sido consistente con ese compromiso.
En el caso particular, Aristegui era una piedra en el zapato. Incómoda para el poder y también para los empresarios.
Entonces se urde una maniobra que, como siempre ocurre, el tiempo habrá de desvelar con todos sus actores.
Por las piezas sueltas del rompecabezas no cuesta mucho armar la trama. Primero, buscar un pretexto real: un abuso flagrante de su equipo en el uso de las siglas de la empresa.
Luego, ventilar esto con una campaña de desplegados de tono enérgico. El plan: legitimar el castigo público que vendrá después.
El objetivo: preparar al público ante una acción correctiva. Darle elementos de juicio para ganar una aprobación hacia un enérgico y legítimo acto de autoridad.
Con esto, descartar toda huella de censura interna o externa.
Proscribir en el juicio de la gente las palabras “censura”, o “castigo” o “sanción”.
Todo esto, tomando en cuenta el enorme peso y liderazgo de su noticiario en la opinión pública, en la capital particularmente.
Todo el merco mediático así condimentado, al menos encaja como motivo lógico de molestia de los empresarios. A ello apelan como razón para una masiva descalificación pública.
Luego, el cese fulminante de los dos periodistas protagonistas principales de la falta. Y esperar la reacción lógica de la titular del noticiario.
Carmen cayó en el garlito. Le conocen bien el carácter. Esperaron una reacción como la que tuvo. Y vino la ruptura sin contemplación alguna.
Ella, fiel a su manera de ser, incurrió en el error de no intentar una negociación, una solución interna.
Quizá sabía, como nadie, el clima real que imperaba en esa relación y calculó –presintió, más bien- que no procedía un arreglo, porque eras otros los factores reales que intervenían para impedirlo.
Cuando uno suele pasar por un trance así, la fatalidad y correlación de fuerzas se “huele”, se percibe en el ambiente. Y ella, sin duda, ató todos los cabos que al interior han quedado sueltos.
Era, es evidente que no habría arreglo alguno. Se advierten el peso, la influencia y las “razones” de los protagonistas superiores. Ellos, los que usaron a la empresa para borrar del escenario el periodismo incómodo de Aristegui.
Era, es, una decisión de estado. Terminante.
Pero no es el fin de la historia. Es un episodio más.
De entrada, ese clima de desconfianza e incredulidad que reconoció el presidente Peña en Europa, es, (ironía del destino) el telón de fondo para no creer que, como dijo Gobernación Federal, “se trata de una diferencia entre particulares”.
Buena parte de la opinión pública nacional y todos los medios extranjeros ven atrás de todo esto la mano del gobierno federal. No hay pruebas, como es lógico. Ni aquí ni en China los operadores de estas acciones extienden recibo o factura al respecto.
Pero la intuición, la sospecha, todo el océano de los elementos en juego apuntan de modo contundente hacia los orquestadores del hecho. Lo clásico: la percepción construye la realidad.
¿Alguien todavía duda que Carlos y Raúl Salinas son blancas palomas en el homicidio de Colosio…?
Las lecciones ahí están en el escenario. El poder gana una batalla, no la guerra. Carmen asimila que: caer es parte del aprendizaje. Los medios se exhiben y se observa quién es quién en realidad, a quienes sirven realmente personajes e instituciones periodísticas.
La sociedad ve con lupa que, igual que los partidos, gran parte de los medios sirve realmente al poder, no a la gente.
Y que este orden no es eterno. Un “orden” impuesto verticalmente, dura hasta que la sociedad empuja hacia una nueva correlación de fuerzas, de actores. A veces sólo se encarece el precio o se hace más arduo el camino.
Una cosa es cierta, la verdad periodística por decreto se derrumba. Si acaso dura un sexenio.
Y lo que la historia enseña: la libertad es como el agua, si encuentra un camino cerrado busca otro.