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OPINIÓN

Los destellos de la escritura

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Febrero 24, 2015

Dice Vargas Llosa, y lo dice con razón, que la literatura nos permite dos cosas, por un lado, cuando las circunstancias están en calma y brindan seguridad, cuestionar el status quo, imaginar, suponer, aspirar a otras situaciones, otros estadios, otros mundos, por el otro lado, cuando las cosas se muestran inseguras, nos permite imaginar un mundo mejor, posible, donde la justicia, si se vive en un mundo injusto, pueda impelernos a luchar por ella, o si vivimos en un espacio saturado y desbordante de corrupción y de cinismo podamos anhelar algo de honestidad, decencia y donde se cumplan a cabalidad las reglas mínimas de convivencia. En resumen, si vivimos en un mundo podrido, aspirar a uno mejor, si vivimos en un mundo en calma, cuestionarlo para que nos sirva de acicate para lograr y luchar por algo más exigente, arduo y mejor. Eso lo escribe en La verdad de las mentiras y lo dijo cuando recibió el premio Nobel.

Gracias a ese libro conocí a algunos autores del siglo XX, mejor dicho, algunas de sus novelas: porque, además de las reseñas de Vargas Llosa, me propuse leer las novelas. Las novelas son ficciones, dice, que nos permiten conocer lo humano, lo noble y lo bajo, lo justo y lo injusto, lo bello y la carente de belleza, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Nos reflejamos en ellas y ellas nos reflejan. Leí entonces Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi y algo que de verdad me impactó fue esa tesis de Pereira, el personaje central, de que la filosofía parte de la verdad y llega a ficciones, y la literatura parte de ficciones y llega a la verdad, o al menos a algunas verdades de la condición humana.

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A partir del libro de Vargas Llosa también me dieron ganas de entrarle en serio a leer a Octavio Paz, y más luego de adquirir sus obras completas (15 tomos del Fondo de Cultura Económica). Comencé por los dos básicos: El laberinto de la soledad y El arco y la lira. Muy pronto me fui sumergiendo en su poética y nuevos mundos se me revelaron a partir de sus poemas.

Y no quiere decir que me dejara de gustar la filosofía. Aunque por un momento me cuestioné si no debí haber comenzado por la literatura para luego alcanzar el mundo de las ideas. Nunca, por ejemplo, dejó de gustarme san Agustín, Locke y los modernos. Siempre pude ver, a lo largo y a lo ancho de la filosofía de la historia, ese río caudaloso de las ideas de las diversas épocas, desde la antigüedad hasta los contemporáneos. Y desde luego, brotaron libros y autores favoritos que una y otra vez, al preparar y actualizar cursos, retomaba para amplificar y conocer mejor. Jean Guitton, Jacques Maritain, Paul Ricoeur, Sciacca y, curiosamente, Gianni Vattimo. Por otro lado, sobre todo en los seminarios sobre el ateísmo moderno: Henri de Lubac y, a partir de ahí, las obras y/o novelas de Dostoievski, Kierkegaard, Nietzsche, Comte y Albert Camus. Hasta ahí, todo bien. Luego se me metió la idea de que estaría bien estudiar escribir un libro sobre las revoluciones antropológicas: Copérnico, Darwin y Freud.

Pero la cosa que me ocurrió a partir de la lectura de Vargas Llosa era un poco distinta, se me abría un mundo nuevo, no ya el de las ideas, sino el de la condición humana mediante las novelas, el teatro y la poesía. Además, también curioso, me empezaron a gustar las novelas policíacas de John Katzenbach (la mejor, sin duda, El psicoanalista) y las de Irving Yalom. Del primero se me quedaron algunas premisas que resuenan todavía en mi mente: por ejemplo, sabemos más de lo que creemos saber. Y del segundo su capacidad y sensibilidad para llegar al fondo de las cosas, incluso cuando se desvanezcan.

En esos años, del 2005 para acá, también le entré al Quijote, una lectura de todo un año y luego una segunda más de unos meses y, otra más, para escribir algunas notas. Pero un autor que se iba colando y que irrumpía en mi elenco de letras sin mayor aspaviento era el también Nobel de literatura Elías Canetti. Me gustó Auto de fe, su novela, luego sus diarios y sus apuntes, también su célebre obra Masa y poder. Y sobre todo esto: que durante un poco más de cincuenta años, casi igual que Paul Válery, estuvo escribiendo notas y textos pequeños a manera de aforismos y sentencias. La idea de escribir así es que, entre ese río de apuntes, en la ejercitación de la escritura diaria, pudiera brotar como por destello o a la manera de un relámpago alguna verdad o alguna serie de verdades. Eso me gustó y, en buena medida, me reanimó para escribir y seguir escribiendo.

Tengo por ahí, desde el 2006 hasta la fecha, una serie de apuntes y notas que, algún día no muy lejano, iré armando en una historia, en una novela para ser más preciso, y relatar con cierto detalle lo que vi, lo que viví, lo que sentí respecto de acaecimientos y personas. Claro, serán personajes ficticios, situaciones ficticias, pero aludirán a situaciones humanas reales. Estarán descritos mis colegas del instituto con otros nombres desde luego. Será una historia que, más allá de la documentación oficial, desentrañe lo que realmente pasó, sus motivaciones y sus íntimos movimientos. Serán destellos de verdad mediante apuntes de escritura.

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