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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Durmiendo con el enemigo

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Febrero 16, 2015

“La educación familiar funciona por vía del ejemplo, no por sesiones discursivas de trabajo…”

Fernando Savater. El valor de educar.

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(http://optica.machorro.net/Personal/Savater/info/xElValorDeEducar_Savater.html)

Mariela es una niña de, digamos trece o catorce años que está iniciando su educación secundaria en una escuela privada que se define como humanista y preocupada por generar conciencia social en sus estudiantes. Uno de los dispositivos de formación que ha diseñado la escuela para promover la formación en valores sociales es la inclusión en cada nivel educativo, de experiencias de contacto con realidades de sectores desfavorecidos.

Cada vez que va a iniciarse una nueva etapa dentro de este dispositivo de formación valoral, los profesores convocan a reunión a los padres –madres de familia son las que asisten en su mayoría- de los alumnos para presentarles la relevancia, justificación, objetivos y reglas de operación de estas experiencias que como es natural desde una perspectiva pedagógica y de acuerdo a la Psicología del desarrollo, tienen distintos matices y niveles de implicación de los niños y adolescentes de acuerdo a su edad.

Esta vez los profesores han sido especialmente estrictos, incluso un poco irónicos a la hora de enfatizar el carácter obligatorio que tiene la participación en estos espacios co-curriculares que consideran esenciales en la formación sello desde la filosofía de esta institución. Se ha planteado a las mamás que no es válido que con cualquier pretexto los niños falten o lleguen tarde a las sesiones –que se realizan por la tarde, fuera de horario escolar- y que se solicita su colaboración para programar otras actividades propias o familiares en días que no obstruyan la vivencia de este proceso de sensibilización social.

La semana pasada Mariela estaba inquieta. Comentaba con sus papás que la sesión de inserción social coincidiría con la fiesta del día del amor y la amistad que organizaba una de sus compañeras para toda la generación, con el apoyo por supuesto de su mamá.  En una de esas charlas llegó a decirle a sus papás que no entendía por qué no hacían una carta excusándola de asistir a esa sesión con algún pretexto, como lo iba a hacer la mayoría de los padres de familia de sus compañeros para que pudieran ir a gran fiesta.

Sus papás no accedieron a esta petición y le explicaron por qué era muy importante cumplir con esta actividad para su formación como persona y como ciudadana. Como es natural, ella no entendía esto y se molestó. Como es tradición, los papás le dijeron que era normal que hoy no entendiera esta decisión pero que con el tiempo, “cuando fuera mayor”, lo entendería y valoraría adecuadamente.

El resultado fue que el día de la sesión, a la institución en la que está adscrita para la experiencia social asistió el treinta por ciento de los alumnos que forman parte del grupo. Al setenta por ciento restante sus padres o madres les hicieron una carta inventando un compromiso familiar, un viaje, una consulta médica o cualquier otra causa para no asistir.

Podría hablarse de la falta de consistencia de la escuela que enfatiza lo obligatorio de la experiencia y luego acepta este tipo de cartas excusando la inasistencia de los alumnos, pero me parece que resulta más importante en este caso reflexionar un poco sobre la forma de actuar de estos padres y madres de familia.

“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices” afirma un proverbio de los indios norteamericanos. Esta frase es contundente para entender la importancia fundamental que tiene para la formación moral de los niños y adolescentes el testimonio de los que tienen la responsabilidad de educarlos: de manera fundamental los padres y madres y los maestros.

En efecto, si queremos educar en valores a nuestros hijos y a nuestros estudiantes debemos tener claro que no será con discursos tiernos o sermones ejemplares como lo lograremos. Aquí está la diferencia entre moral y moralina que plantean muchos pensadores incluyendo a Edgar Morin. Los niños aprenden a elegir lo valioso y a actuar conforme a lo que vale la pena humanamente a partir de la forma en que los adultos valoramos, decidimos y actuamos.

En este caso concreto los padres y madres de familia que excusaron a sus hijos de asistir a una experiencia formativa por no perderse una fiesta están sin duda mandando mensajes morales, mensajes en los que sus hijos pueden leer claramente que:

-Se puede evadir una responsabilidad cuando algo más atractivo se nos presenta.

-Se puede mentir para lograr evadir esta responsabilidad y gozar con lo que nos agrada más en lugar de cumplir con lo que tenemos que hacer y nos dejará mejores resultados como seres humanos.

-Vale más una fiesta donde la “pasamos bien” que una experiencia de solidaridad con aquellos que más lo necesitan.

-Por lo tanto, valen más nuestros deseos espontáneos de diversión que dar un poco de nuestro tiempo y atención a quienes toda su vida han sido privados de tiempo y atención.

-La felicidad consiste en “pasarla bien” en el momento y no en orientar nuestra vida hacia los demás y hacia la construcción de una sociedad en la que todos vivan como seres humanos.

No cabe duda que a pesar de que en el discurso los padres y madres de familia declaren que les importa que sus hijos aprendan valores, muchas veces en este proceso de formación moral los niños y adolescentes están literalmente “durmiendo con el enemigo”.

La anécdota es real pero el nombre y los datos son ficticios por razones de privacidad de los protagonistas.

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