Siempre he creído que el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es una de las importantes instituciones del país. A pesar de todo. Y ese todo comprende el saqueo, la inconmensurable ordeña sindical, el desbarajuste y el trampolín burocrático.
Ese cáncer corrosivo y letal que mata lentamente las buenas obras de los mexicanos.
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Ha sido una especie de cueva de Alí Babá, fuente de inmensa riqueza de liderzuelos y politicastros, y ahí está. ¡Cuánto ha resistido!
Yo mismo doy constancia de excelentes servicios. Hace años, un par de ocasiones, en calidad de derechohabiente, fui sometido a dos intervenciones quirúrgicas ahí. Los resultados fueron estupendos. Pude comprobar que hay en el seguro magníficos médicos y personal altamente profesional en distintas áreas.
Estos elementos, para quienes siempre guardo un gran reconocimiento, coexisten con otros que sólo medran al amparo de la institución.
Viene esto a cuento porque recientemente acompañé a un familiar a servicios médicos. Fui a la unidad hospitalaria de San Alejandro y me topé con algo verdaderamente inaudito para un hospital.
Subimos al área de recepción de rayos equis. En el trayecto y sobre todo en la estancia de esta zona, conté pegados en el piso ¡ciento ochenta y dos chicles…! Más que en los portales de Puebla…!
Pero eso no es todo. En los pisos, debajo de las butacas y por todos lados, la basura y falta de higiene es espantosa. Conté decenas de algodones desechados, clínex, envolturas de dulces y panecillos, manchas sanguinolentas y de agua ennegrecida por doquier, tapones de bebidas, papeles y cáscaras.
Los depósitos de basura, enormes, están en algunos pasillos o en salas de espera, destapados, con desperdicios de todo tipo y como potencial fuente de infección para los pacientes y sus familiares.
Las puertas, paredes y techos con huellas de absoluto descuido y abandono; las cerraduras descompuestas, goteras en algunos techos, parches de madera o pintura, butacas desvencijadas. Y no se ve por lado alguno a un empleado de intendencia que se encargue siquiera de pasar el trapeador de vez en cuando.
Y en estos espacios, se mueven desde las seis de la mañana cientos y cientos de personas, pacientes y familiares, que a sus problemas de salud, tienen que agregarle este ambiente casi de muladar indigno de un hospital.
A veces, inclusive, no sé si con complicidad o sin ella, algún vendedor de baratijas se les cuela. Yo vi dos por los pasillos deambulando entre las enormes colas de derechohabientes, uno vendía porta documentos de plástico, el otro folletos de corte religioso. Y ahí van, como Pedro por su casa…
Realmente es inconcebible que un hospital tenga este panorama verdaderamente deplorable y que, al paso de los días, nadie mueva un dedo para al menos limpiar pisos, escaleras, puertas y paredes.
Hay áreas en que, en verdad, da asco. Parecen galerones de todo, menos secciones de un área hospitalaria.
Se ve que el personal directivo, los funcionarios (i) responsables de la administración, si los hay, jamás osan poner un pie en estos lugares. A lo mejor para evitar una contaminación o contagio a su delicada piel y pulcro vestuario.
También se registran ciertos casos de irresponsabilidad de familiares, hay que decirlo.
Hay algunos que llevan a niños pequeños, y no a consulta, y que circulan y brincan por los pasillos, se tiran en el piso y lanzan sonoros chillidos cual si fueran víctimas de un pederasta. Los chamacos, no los papás...
Es francamente reprobable que una institución como el seguro haya caído tan bajo. Por elemental responsabilidad, por sentido común, por justificar al menos los jugosos sueldos que devengan, los funcionarios deberían dar muestras mínimas de que existen.