“Son necesarios los grandes hombres
para recordarnos la pobreza de nuestra realidad”.
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El enriquecimiento inexplicable de los políticos es una pandemia mundial y su enjuiciamiento uniforma opiniones. Quienes pasando por el servicio público viven con sencillez y honestidad siembran esperanza aún en los escépticos.
Hace poco más de un año partió de este planeta Nelson Mandela y con él se llevó la admiración y respeto de todo el mundo. Con la partida de Madiva pareció que también se extinguía del horizonte inmediato una figura que hiciera confluir la lucidez, el diálogo y la capacidad de hacer realidad las cosas.
Para fortuna de las presentes generaciones cada vez es más evidente que José Mujica es esa figura que, sin buscar la fama, ineludiblemente atrae la atención y respeto de todos.
José Mujica nació en Montevideo el 20 de mayo de 1935 y actualmente es presidente de su amado Uruguay.
José Mujica o Pepe -como cariñosamente le llaman- luchó mediante la guerrilla contra la dictadura cívico-militar de su país. Su activismo político guerrillero le costó que, en suma, pasara quince años en condiciones de tortura y aislamiento. De prisión escapó un par de veces.
Su encarcelamiento se recrudeció cuando fue considerado como rehén por la dictadura de su país, lo cual significaba que sería ejecutado si el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros retomara las armas.
Libre al fin, en 1985 inició su actividad política formal la que lo llevó a ocupar una curul como diputado, luego senador y posteriormente ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca.
Hasta aquí podría parecer una historia muy similar a la de otros líderes que actualmente ocupan las presidencias de sus respectivos países, como es el caso de la también latinoamericana Dilma Rousseff; pero hay características del actuar de este hombre que lo hacen único y digno de admiración.
Jose Mujica ha sido calificado por la opinión internacional como el presidente “más pobre del mundo” y diversos reportajes y crónicas dan cuenta de ello. Por ejemplo, Gerardo Lissardy, enviado de BBC Mundo describe de esta manera la forma de vida de Mujica:
“Al llegar a su chacra en una zona rural de Montevideo, puede verse desde la calle ropa de Mujica y su esposa, la senadora Lucía Topolansky, tendida al aire una mañana de primavera austral.
“Está sentado a la sombra, a un lado del portón de entrada. Viste un viejo pantalón de algodón arremangado, polo y chaqueta deportiva. Su pequeña perra Manuela -mestiza y con una pata amputada- lo acompaña, lo olfatea”.
Si es fascinante la historia y forma de vida de este hombre, sus palabras confirman su lucidez y atracción:
“Dicen que soy un presidente pobre, yo no soy presidente pobre, pobres son los que tienen más, los que no les alcanza nada, ellos son los pobres porque se meten en una carrera infinita, entonces no les va a alcanzar el tiempo, ni la vida, ni nada. Yo tomo la austeridad como camino y el renunciamiento, estoy liviano de equipaje para tener tiempo de hacer lo que a mí me gusta”.
El sueldo de Mujica ronda los 12 mil dólares mensuales, pero eso pareciera que siguiendo su forma de pensar le estorba, por eso dona el 90 por ciento de dicha cantidad para obras de caridad. Un disparate y locura para la forma en que piensan muchos de los políticos latinoamericanos.
El poder de Mujica es la honestidad y la congruencia, y es una bofetada viviente a sus 79 años para quienes como resultado de su paso por el servicio público enloquecen por los lujos y el poder producto de los negocios al amparo de las arcas públicas, mal por desgracia extendido en todo el mundo y motivo de guerras internas.
Cuanta falta hacen más políticos como Mujica, en México cómo los extrañamos ¿O no?
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