Para el año 2050 se estima que la población mundial será de 9 mil 300 millones de personas y se requerirá un 70 por ciento más de alimentos que hoy. Pero la capacidad productiva de las tierras agrícolas va disminuyendo y los mares, producto de una excesiva pesca, tienen desde hace 20 años la misma producción, cercana a las 80 millones de toneladas anuales.
Aunado a lo anterior, enfrentamos a los “jinetes del apocalipsis” mundiales como la falta de agua, el cambio climático, la pobreza, la falta de energía, la pérdida de vegetación, de especies y las epidemias. Pero son la pérdida del vital líquido y del suelo las mayores amenazas para la seguridad alimentaria y la vida; cálculos actuales señalan, que ya necesitamos medio planeta más.
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Franklin D. Roosevelt, el único presidente de Estados Unidos elegido cuatro veces consecutivas, dijo una vez: “La nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma”, y yo coincido con ello.
Nuestro país pierde, según datos de los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura en el Banco de México(FIRA), 580 millones de toneladas de suelo fértil cada año, equivalente a 2 mil 500 kilogramos por hectárea y hay una disminución considerable de la materia orgánica que promedia 1 por ciento, cuando el ideal es de 5 por ciento. Esto indica que la batalla por conservar este recurso fundamental para la vida también la vamos perdiendo ante el desinterés, desconocimiento u omisión de todos.
En el mundo vamos perdiendo la batalla de las especies. En los últimos 40 años, América Latina ha perdido el 83 por ciento de poblaciones de aves, mamíferos, anfibios y reptiles, según un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), pero principalmente se han perdido las especies acuícolas, las cuales recienten más que ninguna los efectos de los agroquímicos y las prácticas inadecuadas de la industria y la agricultura.
Al perderse la vegetación, como ocurre permanentemente por las condiciones de pobreza en las que viven más de 1 mil 200 millones de personas en el mudo, se pierde inmediatamente el suelo y, con ello, su capacidad de retener agua para mantener los manantiales; se pierde el refugio y alimento de los animales silvestres; aumenta el riesgo de inundaciones en las partes bajas, y aumentan los presupuestos para desazolvar drenajes y potabilizar el agua en los centros de población.
El suelo es nuestra carne, y el agua es nuestra sangre, y ambos recursos naturales los vamos perdiendo muy rápidamente. Hoy, si no se fertiliza, no hay cosecha y las sequías son más recurrentes. La tierra está herida por erosión y se está desangrando año con año.
Se requieren políticas públicas para conservar el suelo. En nuestro país, México, lo más destacado es el Programa de Conservación y Uso Sustentable del Suelo y Agua (COUSSA), que nunca ha tenido más de 700 millones de pesos anuales, debiendo tener un presupuesto mayor, por lo menos 5 veces más. Este programa se orienta principalmente a realizar obras de captación y almacenamiento del agua para uso pecuario, agropecuario y acuícola. Sin embargo, hace falta una mayor relación entre estas prácticas: agrícola, acuícola y ganadera.
Asimismo, para conservar el suelo se requiere de mayores esfuerzos en reforestación y recuperación de la vegetación de las partes altas de las cuencas. Cada vez se hace más necesario asomarse a las posibilidades de reforestar por semilla, ya sea en forma manual, con sembradoras y/o en forma aérea. Ya hemos visto que las reforestaciones sólo para la foto o para hacer cuentas presumibles, no dan los resultados esperados.
En esta misma línea de trabajo, es importante regular el pastoreo, actualmente incontrolado en montes y laderas. Se ha demostrado que 7 de cada 10 incendios forestales son promovidos por quienes buscan los renuevos de los pastos para el ganado, eliminando el material viejo por medio de la quema. Este tipo de acciones requieren de prácticas productivas diferentes, principalmente en las partes bajas de las comunidades para producir y conservar forrajes además de tecnificar la parte ganadera para lograr una mayor productividad. Así, en la delegación en Puebla de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) lo estamos trabajando con el sistema producto caprinos carne en la zona de la Mixteca Poblana.
La agricultura de conservación es hoy la estrategia más importante para elevar la productividad en zonas de temporal. Consiste en eliminar los escurrimientos que atraviesan las parcelas, reducir al mínimo el movimiento de los suelos, ya no más barbecho o volteo de la tierra y, aflojar los terrenos para una mayor aireación y captación de agua.
Asimismo, las cantidades de semilla deben asegurar un mínimo de 50 mil plantas por hectárea, además de sembrar con máquinas de precisión, aunque sea de tracción animal. La fertilización debe ser con base a un análisis de suelo, además de incorporar abonos orgánicos y biológicos, igual que insecticidas biológicos o enemigos de plagas. Por su parte, la cosecha debe ser mecánica asegurándose de dejar los residuos de cosecha sobre el terreno. Cuando estos residuos se llevan para el ganado, se deben devolver los abonos al terreno.
Conservar el suelo, recuperarlo y mejorarlo es una urgencia de la Seguridad Alimentaria de la humanidad. Una obligación de los gobiernos y de no hacerse, un riesgo para la gobernabilidad. No hacerlo es condenar a nuestros hijos y nietos a una mayor pobreza.
@jimenezmerino
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