"Para educar a un niño hace falta la tribu entera".
Proverbio africano.
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Desafortunadamente el tema en México sigue siendo el de “la gota que derramó el vaso” de la violencia exacerbada en el país, que es el caso de la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzninapa, Guerrero. Después de casi mes y medio de aquella tarde fatídica aún no se sabe claramente qué pasó y menos por qué razones se desataron estos trágicos acontecimientos y la indignación crece y parece desbordarse en manifestaciones pacíficas y violentas que reflejan por un lado el hartazgo de la sociedad y por otro la impotencia del Estado.
Esta enorme crisis institucional que hoy vivimos está exigiendo sin duda decisiones y acciones profundas, estrategias inéditas, respuestas contundentes que ya no pueden quedarse en declaraciones, buenas intenciones o cambios superficiales sino que tienen que llegar a una transformación radical de nuestras formas de organización social y de gobierno para poder reconstruir el pacto social que está roto.
La reforma política y social que necesita nuestro país no va a ser fácil ni podrá construirse en poco tiempo. Si bien se requieren acciones urgentes porque el proceso de decadencia ha tocado fondo y no podemos esperar, estas acciones tienen que responder a una visión de largo aliento porque las transformaciones estructurales y sobre todo, la regeneración de la cultura no son alcanzables en el corto plazo.
“La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo” dice el pedagogo brasileño Paulo Freire refiriéndose al papel transformador de la realidad que tiene el hecho educativo. El México de la impunidad, la violencia y la total desconfianza en las instituciones colonizadas por el crimen organizado tiene por delante un enorme desafío educativo.
Necesitamos un cambio radical en el país y por ende requerimos educar a las personas que puedan realizar este cambio. Como ya he apuntado en este espacio, los actores del drama que hoy vivimos: políticos corruptos, empresarios corruptores, policías cómplices del crimen, jueces injustos, periodistas o analistas que desinforman, ciudadanos indiferentes o involucrados en esta cadena de degradación del estado de derecho no son seres extraterrestres y totalmente ajenos a nosotros sino personas que han nacido y se han formado en nuestras familias, en nuestras escuelas y universidades, en nuestra sociedad.
Durante la semana leí varios comentarios y textos que manifestaban su oposición a quienes como yo, señalamos que todos somos corresponsables en esta degradación que sufre nuestro país y que no resulta consistente decir que nos duele México si cotidianamente estamos violando las normas y actuando de muchas formas en las que faltamos al respeto a los demás y contribuimos al deterioro de la convivencia social bajo el argumento del “¿Qué tanto es tantito?”.
Los desaparecidos de Ayotzinapa no van a aparecer porque nosotros paguemos impuestos o no nos estacionemos en lugares para discapacitados o en doble fila. Los crímenes que se presentan día a día en muchos lugares del país no se van a combatir con nuestras acciones ciudadanas respetuosas. La complicidad de muchas instancias del gobierno y la debilidad del Estado frente a la al crimen no se va a solucionar con que nosotros no tiremos basura en la calle. Estos eran básicamente los argumentos para sostener que “nosotros no somos culpables de lo de Ayotzinapa” y que nuestra responsabilidad consiste solamente en exigir al gobierno –que sí lo es- que actúe para resolver la situación de violencia que nos invade.
Ciertamente el que nosotros no corrompamos a las autoridades ni nos corrompamos, el que respetemos a los demás y no actuemos al margen de la ley en los pequeños detalles de nuestra vida diaria no va en automático y en el corto plazo a resolver los problemas específicos que hoy vivimos en el país.
Sin embargo, estos esfuerzos cotidianos de educación ciudadana para transformarnos como personas, sí pueden ir cambiando paulatinamente el tejido social y el clima de convivencia en el que transcurre nuestra vida; pueden aportar al proceso de renovar a nuestra “tribu”, a esta tribu tan poco civilizada en que hoy vivimos que aunque no cometa grandes crímenes es el caldo de cultivo en el que va escalando la impunidad desde lo más pequeño hasta lo más atroz.
Nuestro comportamiento cívico responsable no va a resolver el caso de Ayotzinapa, pero va a hacer algo más profundo y de largo plazo: va a restaurar paulatinamente el tejido social y va a contribuir a la regeneración de la cultura para construir un país donde estos casos no se repitan.
Si para educar a un niño -para formar a un futuro ciudadano- es necesaria la tribu entera, habría que pensar con mayor detenimiento nuestro compromiso para transformar a la tribu.
Por compromisos de trabajo, este artículo no aparecerá los dos lunes siguientes.