Para Don Carlos Muñoz Izquierdo.
“Luego de corromper y corromperme, de trampear y trampearme, engañar y engañarme, me curaré gritando... ¡ME DUELE MÉXICO! (se siente rico)”.
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Nos duele México, decimos con dramatismo y escribimos conmovedoras entradas en Facebooks, tuits desgarradores, reclamos iracundos al “Estado” –queriendo decir al gobierno y especialmente al presidente-, correos electrónicos o whattsaps para nuestros grupos de amigos o seguidores.
Nos duele este México despedazado por la violencia y la impunidad que son alimentadas por la corrupción que ha colonizado todas las instituciones y estructuras de gobierno dejándonos en la absoluta indefensión.
Nos duele este país desgarrado por el dolor de miles y miles de familias que han perdido a un padre, a un hermano, a un hijo, a un esposo o esposa en esta espiral de muerte que inunda cada vez más rincones del territorio nacional y que tiene hundidos en el terror a estados completos.
Nos duele esta sociedad rota, dividida, polarizada, presa de odios y rencores ideológicos, de divisiones político-partidistas, de intolerancia hacia los que no piensan o no viven como nosotros que nos autonombramos modelos de normalidad y corrección.
Nos duele que el gobierno, los diputados y senadores, los jueces, la Suprema Corte de Justicia, sean omisos, insensibles, indiferentes o hasta cómplices de la delincuencia organizada y antepongan sus intereses egoístas individuales y de grupo al genuino interés general y a la búsqueda del bien común.
Nos duele todo esto que sin duda pasa, que por supuesto es doloroso y debe ser motivo de escándalo y causa de reclamo social.
Nos duele el mal comportamiento, la ilegalidad, la impunidad y la falta de respeto a la ley cuando se trata de los otros y nos curamos de todas nuestras culpas y frustraciones gritando: ¡Me duele México! Culpando de la descomposición social a entes abstractos como el Estado, los partidos políticos o “la mafia en el poder” y exigiendo la renuncia del presidente, del gobernador y de todos los personajes poderosos que se vuelven catalizadores de la ira colectiva.
Pero desgraciadamente no nos duelen igual nuestras pequeñas corruptelas cotidianas, las mil formas en que violamos la ley, faltamos el respeto a los demás y ponemos en riesgo la convivencia pacífica entre ciudadanos.
No nos parece preocupante ni nos indigna estacionarnos en los lugares de discapacitados, pararnos en doble fila en cualquier calle, dar mordida a un agente de tránsito para no asumir las consecuencias de una falta, cobrar de más a nuestros clientes, engañar a los consumidores, pagar de menos a nuestros empleados y acreedores, evadir impuestos, tirar basura en la calle, contaminar con nuestro afán de lucro los ríos, los mares y el aire, pasar por encima de los demás para ganar más dinero o poder, tener doble o triple plaza como maestros, comprar, vender o heredar nuestros puestos de trabajo, despachar menos peso o volumen de la mercancía que vendemos, no pagar nuestras deudas, agredir a quien nos señala una falta y tantas otras formas de trampear y trampearnos que son el pan de cada día en todos los rincones de este país.
“El que no transa, no avanza”, “la corrupción somos todos”, “el gandalla no batalla”, son expresiones aparentemente humorísticas e inocentes que reflejan sin embargo nuestra cultura distorsionada en la que con orgullo vamos enseñando a nuestros hijos a través del ejemplo que el abuso y la evasión de las normas son formas de comportamiento naturales y hasta deseables.
No, este artículo no está escrito con el fin de exculpar al gobierno, a los partidos políticos y a todas las instancias de poder de su enorme responsabilidad ante los terribles acontecimientos que ha vivido y sigue viviendo el país –Ayotzinapa no es más que un caso gravísimo, entre miles de casos gravísimos que han ocurrido y siguen ocurriendo en México desde hace ya muchos años- y que nos tienen sumidos en la peor crisis social de nuestra época contemporánea.
Necesitamos seguir protestando, exigiendo a cada autoridad que cumpla con lo que le corresponde, manifestando nuestro enojo ante la corrupción y la impunidad.
Pero este reclamo será más efectivo y tendrá mucho mayor calidad moral si proviene de ciudadanos autocríticos y conscientes de su corresponsabilidad en esta situación degradada.
"Que patéticamente ingenuos los que piensan que las pequeñas faltas a la ley de todos y de diario no tienen nada que ver con el desastre": decía con razón la tuitera @Baalberitia.
Si de verdad nos duele México necesitamos con urgencia empezar a dejar atrás la cultura del “¿Qué tanto es tantito?” que nos hace ver como naturales nuestros comportamientos ilegales e inmorales y educar a las nuevas generaciones en una nueva forma de vivir basada en el respeto, la honestidad y la responsabilidad ciudadana.