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Pensar: arder y brillar | Fidencio Aguilar Víquez

Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Pensar: arder y brillar

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Octubre 28, 2014

Las fosas clandestinas con restos humanos mostrando signos de violencia hablarían de un estado totalitario, arbitrario, irracional y demencial, así como de  crímenes de lesa humanidad. Serían imágenes de tiempos idos, de caudillos enloquecidos por el autoendiosamiento, la propaganda, la publicidad y la exaltación de las ideologías.   ¿Qué pasa cuando eso ocurre en un estado democrático de derecho con un pie en el desarrollo de primer nivel merced a sus reformas estructurales?

En ambos casos se trata de violaciones a los elementales derechos humanos y de crímenes de lesa humanidad; en ambos casos se da el desprecio por la vida humana como si ésta fuera tan sólo un instrumento o juguete del poder. Con una agravante para el supuesto régimen democrático: su incapacidad para proteger a sus ciudadanos y miembros; tal precariedad denotaría la debilidad de las instituciones estatales y el asalto de las mismas por parte de la corrupción y la impunidad. En el extremo de la podredumbre, la emersión del crimen organizado y de las diversas mafias que pelean por el poder político y el poder económico.

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Después de la segunda guerra mundial, el hallazgo de esas fosas se dio en diversos lugares de Europa y de la entonces Unión Soviética. Luego, otros macabros descubrimientos ocurrieron en las guerras sucias de Argentina, Chile y otros lados de América Latina en los setentas y ochentas. Hasta ahora, las fosas clandestinas de Guerrero. Unos años antes se habían descubierto otras fosas clandestinas en Durango, Nuevo León, Chihuahua y Tamaulipas. Allá se trataba de guerra entre naciones, en el cono sur de guerra sucia perpetrada por regímenes militares, aquí, de un régimen formalmente democrático y con instituciones supuestamente sólidas; eso es lo grave, lo paradójico y contradictorio que debe hacernos pensar en serio y a fondo.

Si a lo anterior se suman las desapariciones a nivel local, que según versiones periodísticas alcanzan las 271, y que no se han aclarado, y la muerte de una persona y la herida y mutilación de varias más derivado de la intervención de la fuerza pública en un desalojo, sin que se haya dado con el responsable o los responsables, el cuadro se completa para que nos volvamos a preguntar: ¿Qué está pasando y qué va a pasar?

En su artículo “La siguiente fosa”, publicado por El Universal, Miguel Carbonell escribe: “Frente a una tragedia de ese tamaño, es increíble que la autoridad no hay podido decirnos lo más obvio y urgente: ¿quién mató a esas personas, de qué manera se están investigando los crímenes y qué procesos judiciales hay en contra de los responsables?” Y remata: “La violencia de los últimos años suma decenas y decenas de miles de muertos, pero los procesos judiciales en lo que se haya dictado sentencia firme por el delito de homicidio brillan por su ausencia.”

Por su parte, Ernesto López Portillo, en su artículo “Nada se pudre en 5 minutos”, también publicado en El Universal, señala: “En el año 2002 publiqué un ensayo denominado The Police in Mexico: Political Functions a Needed Reforms. La tesis central del texto describe el pacto que a mi entender fundó a la policía en México. Apunté que el origen de nuestras instituciones policiales se soporta en el intercambio que ellas y los gobernantes signaron entre lealtad política e impunidad. Los gobiernos pidieron lealtad a la policía, ésta pidió a cambio impunidad garantizada. Esa tesis no sólo permanece inalterada sino ha ido cobrando cada vez más sentido en tanto los costos del referido pacto se incrementan. Los cimientos originales de la función policial entre nosotros no están hechos con materiales extraídos de la ley, más bien de las prácticas del poder autoritario. Los impulsos que circulan por el sistema nervioso del quehacer policial se mueven así en un paradigma de origen autoritario; jamás se escribió en el mapa de ruta original que el ser policía y el quehacer policial debían colocarse en un punto de equilibrio entre poderes y controles.”

En efecto, hasta este momento, se ha mostrado cómo las autoridades del lugar estaban coludidas y hasta condicionadas por el crimen organizado, lo que permitía, de facto, una interlocución entre éste y las fuerzas policiales que, según se ha dado a conocer, capturaron y entregaron a los ahora desaparecidos.

El acontecimiento ha trascendido las fronteras nacionales y se ha ubicado en el ojo internacional como un tema de derechos humanos. No se puede permitir en un régimen democrático, en un estado democrático de derecho, violaciones graves (y nosotros añadiríamos: ni medianas ni pequeñas) a los derechos humanos. Para ello es preciso que exista también sensibilidad: los derechos humanos no son términos de un mero discurso; requieren una formación, una capacitación y una gran sensibilidad para reconocerlos, promoverlos y, ante todo, protegerlos. Por eso llama la atención que, a nivel local, el tema se aborde si no con insensibilidad, sí con ambigüedad y resquemores.

Es cierto que se trata de dimensiones distintas: no es lo mismo una fosa clandestina que una muerte derivada de la participación de la policía en un evento de desalojo. Pero si ya ha intervenido la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y ésta determinó que hubo violaciones graves a los derechos humanos, lo mínimo que se espera de un régimen democrático y de un estado democrático de derecho es el acatamiento pleno, cabal y de abundamiento, por así decirlo, justamente para garantizar que, ni en la imaginación, se permitirá llegar a niveles de perversión como los crímenes de lesa humanidad. Porque éstos comenzaron cuando se permitieron las violaciones a los derechos humanos, así lo ha mostrado la historia y así lo están mostrando los acontecimientos señalados al inicio.

Es hora de pensar seriamente lo que está ocurriendo. Y para ello acudiré a una entrevista que le hizo la revista Razones a Octavio Paz en 1981, a propósito de la historia de la revista Vuelta que dirigía el premio Nobel. ¿Qué buscaban? Le preguntaba el entrevistador a Paz. Y éste respondía: “Sabíamos, más bien, lo que no queríamos: el lenguaje estereotipado, las fórmulas que ocultan los hechos o los substituyen por los lugares comunes de la ideología.” (Paz, Obras completas, Círculo de lectores, Fondo de Cultura Económica, tomo 15, p. 215). Y señalaba una experiencia que tuvo con André Malraux en los sesentas que, si bien no denota un método, sí señala los síntomas de un pensar vivo y eficaz: pensar es arder y brillar.

Eso es lo que necesitamos ahora mismo ante los acontecimientos que tenemos delante: imaginar, considerar, discurrir sobre las cosas. Así como reflexionar y examinar con cuidado las cosas para formar un juicio adecuado y, entonces, generar un ánimo en la sociedad para vertebrar una nueva estructuración social que se base en los derechos humanos, en la dignidad de las personas principalmente de los más desprotegidos y de los más débiles. Justamente, un régimen democrático que haga efectivo el estado de derecho.

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