La vida diaria, la marcha del país incluida, nos ha enseñado que los problemas son como las deudas: entre más se tarde en pagar, mayores son los intereses.
Así sucede con el caso Guerrero. (Y Tlatlaya no está resuelto. Un tanto opacado por el nuevo escándalo de Iguala, pero está latente, en la lista de espera).
Más artículos del autor
Guerrero ocupa la escena de modo sumamente escandaloso. Ha suscitado reacciones y protestas profusamente, aquí y en todo el mundo. Y los actores políticos, como casi siempre, quieren resolver el problema con palabrería hueca.
Quien ha quedado en evidencia mayormente es el presidente Peña Nieto. Por lo menos en cuatro ocasiones se ha referido al espinoso asunto con declaraciones impropias de un jefe de estado. Referencias evasivas, burocráticas, es el signo.
Es correcta la preocupación de corte humano, la búsqueda con una enorme fuerza policiaca-militar…¿y? El asunto ha tenido un rebote mayor para el gobierno federal: las críticas en el extranjero empiezan a referirse a la desconfianza del país para invertir y para viajar. Y eso apunta hacia la economía. Palabras mayores.
Un importante medio inglés dice, muy bien con las reformas económicas, pero ¿Y el estado de derecho, y la justicia, y la violencia, y el orden…? ¿Quién responde por ello? Hacia el exterior, el discurso facilón y elusivo que dentro del país ocupa primeras planas de medios nacionales, no sirve. Allá tiene como destino la basura, no otro.
Guerrero es desde hace varios días el epicentro de una grave crisis nacional. Tiene como pieza responsable –no culpable, en términos jurídicos- a un gobernador incompetente, no de ahora, sino casi desde que asumió el poder. (Tampoco es el único, pero ese es otro tema). Y el conflicto, con múltiples y afiladas aristas, lo ha rebasado.
El problema se personaliza. Ángel Aguirre está en el centro y es el blanco en el paredón de fusilamiento. Aunque, para ser justos, él es sólo la cabeza visible del caos.
Las raíces de que ese estado sea un polvorín, un campo minado con múltiples trincheras y fuegos que surgen uno tras otro, no están solo en la geografía de ese estado. Ahí aflora la crisis del país. Y tiene que ver con la delincuencia, la impunidad, los intereses creados, el nepotismo, la democracia vista como nervadura de intereses para hacer fortuna, y la complicidad de grupos de poder.
Eso mismo lo encontramos, con distintos matices, en el Estado de México, Tamaulipas, Veracruz, Morelos, Michoacán o Sonora.
Pero lo trágico es que la diligencia y ejecutividad que ha mostrado el gobierno federal en otros casos, algunos de menor proporción, aquí no se ven. Pasan y pasan los días y sólo vemos ping pong verbal, una catarata de culpas recíprocas, una telaraña de declaraciones que sólo nublan más el paisaje.
La desaparición de poderes, operada de modo ejecutivo, inteligente y visionario, con las fuerzas formales y reales de mando y jurisdicción es lo procedente desde hace varios días.
Eso por sí sólo no es la solución del problema. Pero es un recurso que le quita presión y deriva efectos positivos múltiples. Aparejado a esto, un plan de acción para sanear a fondo ese convulso estado, con la mano firme de la justicia y el imperio de la ley. Ahí sí, tope donde topare. Pero a fondo. Y lo más importante: con autoridad moral para actuar.
Es cierto, esto último es difícil de encontrar. Pero un golpe de mano es la coyuntura ideal para reordenar todo. Esto, es infinitamente mejor que la inacción, que el dejar hacer, dejar pasar…
No van a caer del cielo las soluciones mágicas. Las bandas de la narcodelincuencia no van a desaparecer de la noche a la mañana, ni la red de complicidades se va a volatilizar al conjuro de un nuevo poder. No, pero una solución y sanción política dura, vertical, radical, por sí misma entraña un borrón y cuenta nueva.
Vista desde otro ángulo, es una magnífica oportunidad para el Presidente para apuntalar su autoridad frente a múltiples estamentos que medran con el país, delincuentes y gobernadores incluidos. Dejar que sea el curso natural de los acontecimientos el que marque el ritmo y la hora de la acción es perder. Y hace mucho tiempo que está perdiendo, y mucho.
Lo dicho, cada día que pasa el costo es más elevado…