No dudaría en defender a su familia de otro asalto porque dejó de confiar en la respuesta institucional. Es más, compraría un machete si fuera necesario para proteger a su esposa, hijos y bienes.
En la peor experiencia de sus vidas hace un año, los delincuentes bajaron la cortina de su negocio, golpearon y amordazaron a su familia mientras saqueaban su casa. La denuncia solo sirvió para abultar los archiveros de la burocracia.
Mi vecino ingresó a la estadística negra de la impunidad. El trago amargo lo convirtieron en un hombre más precavido (tal vez paranoico) lo cierto es que ya no confía ni de su sombra.
Tras comentar este incidente al aire, un ingenuo ex funcionario me preguntó ¿Quien es el vecino que quiere comprar un machete?... "Hay que convencerlo de que no lo haga" y le contesté: El problema no es el machete sino que le robaron su tranquilidad.
Quizá el vecino formó parte de los 33 millones de delitos cometidos en 2013 en México (12 por ciento más que el año anterior), según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre la Seguridad Pública (ENVIPE) del INEGI.
Los datos oficiales son reveladores: 22.5 millones de víctimas sufrieron más de un delito; el costo total a consecuencia de la inseguridad y el delito en hogares representa un monto de 213 mil millones de pesos, es decir, 1.27 por ciento del PIB.
En términos simples, en casi el 34 por ciento de los hogares en México, uno o más de sus miembros fue víctima de un delito durante el 2013 y a cada mexicano le costó 83 días de salario mínimo.
Lo más preocupante es que hay una cifra negra de 10 delitos no denunciados por cada uno que se reporta y sólo 62.7 por ciento de los casos tiene una averiguación previa iniciada.
Tal vez miedo ó la incredulidad del agraviado a la reparación del daño inhiben la confianza de denunciar los hechos delictivos; aunado al despotismo que ha caracterizado la cadena de procuración e impartición de justicia.
Los gobiernos han eludido su responsabilidad plena; hay entidades que vociferan contra el centralismo pero a la hora de la verdad son incompetentes para ejercer sus facultades en la persecución de los delitos.
La delincuencia es una bola de nieve y lamentablemente superan en organización, financiamiento y eficiencia a las fuerzas del orden. Los delitos no solo van a la alza sino cada vez son más especializados y violentos, desde el robo a transeúnte hasta un secuestro.
Al ciudadano de a pie poco le importa si los delitos pertenecen al fuero común o federal, exige respuestas inmediatas y contundentes para que el responsable pague sus actos. Todos los discursos se van a la basura cuando un vulgar ladrón de autopartes o el secuestrador más sanguinario consigue escapar de la justicia.
Recordemos que las autodefensas surgieron por los vacíos de autoridad y el crecimiento de delitos graves como extorsión y narcotráfico en Michoacán. Otro caso grave es Guerrero, un hervidero político y social a consecuencia de la corrupción en las policías municipales que derivó en la balacera de la semana pasada y la desaparición de estudiantes normalistas. Increíble el deterioro de la seguridad por ineficiencia gubernamental.
En menor escala también es sintomático la advertencia vecinal de linchar delincuentes ya que décadas atrás era más fácil caer en una alcantarilla abierta que ser asaltado en tu casa o arriba de un microbús.
Por cierto que en el DF son cada vez más recurrentes los casos de pasajeros del transporte público que enfrentan armados a los asaltantes; si el malviviente está dispuesto a matar también la víctima a defenderse; otra señal negativa en un país de leyes.
No hay peor ciego que no quiera ver, la seguridad está más allá de un buen eslogan de campaña y no siempre es la salida al desempleo; una cosa es robar por hambre y otra es ambición.
Mientras se mantenga el índice de impunidad, el delito seguirá siendo el negocio más redituable en México.
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