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Martes, 12 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

No amo mi patria

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Septiembre 15, 2014

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco. Alta traición.

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Desde hace un par de semanas empezaron a circular diversas imágenes y mensajes en las redes sociales invitando a no celebrar la fiesta de la Independencia nacional que tradicionalmente nos convoca el día de hoy en torno la ceremonia del grito y mañana, día de descanso obligatorio y de desfile conmemorativo.

Desde hace algunos años empezó a generarse esta dinámica que en nombre de una supuesta criticidad por las muchas cosas negativas que se viven en México , expresa y busca contagiar un pesimismo y una desesperanza que desde mi punto de vista no ayudan en nada al ánimo colectivo que se requiere hoy para seguir luchando contra los enormes retos que enfrentamos como nación.

"Hay en el ánimo actual de México una mezcla que va del escepticismo y la incredulidad a la desmoralización y la desesperanza. No son los astros quienes rigen esos estados de ánimo sino las amargas experiencias de la historia…" afirma Enrique Krauze en su artículo de este domingo en el diario Reforma.

Como afirma Krauze e ilustra en el artículo citado, existen razones válidas para explicar esta mezcla de escepticismo y desmoralización. La sociedad mexicana ha vivido experiencias históricas muy decepcionantes en las décadas recientes, experiencias en las que las promesas de los gobernantes han creado altas expectativas respecto al desarrollo del país, la superación de la pobreza, la reducción de la desigualdad social, el mejoramiento de la educación, el combate a la corrupción, el fortalecimiento del estado de derecho y el fin de la impunidad, etc. Todas estas expectativas han terminado en enormes decepciones y frustración colectiva.

Existen pues, razones válidas para sentir que no vale la pena celebrar. Sin embargo, habría que preguntarnos si todo lo negativo que sin duda afecta nuestro ánimo social es tan determinante como para borrar las innumerables cosas positivas que tiene nuestro país y sobre todo, habría que cuestionarnos acerca de los efectos que tiene esta actitud derivada de la desmoralización en la búsqueda de un cambio real para México.

Porque tal vez el problema está en que nos educaron para amar a una patria abstracta de fulgor inasible, un concepto de nación idealizado que no hemos tenido en el pasado, no tenemos hoy y no tendremos nunca en el futuro. Porque tal vez nos inculcaron una idea de patria a la que debemos amar, en lugar de facilitarnos experiencias que nos ayudaran a apreciar los elementos concretos de la patria que tenemos, de la patria que somos, para que el amor naciera de la vivencia profunda y afectiva de un México que es magia, tradición, contradicción, sincretismo, alegría y nostalgia, trabajo y optimismo, fiesta, pasión por la vida e irreverencia ante la muerte, olores y sabores, colorido, música y silencio, comedia y tragedia.

Por eso, sin olvidar la enorme tarea que nos queda por delante para construir un país verdaderamente justo y democrático, te invito, lector, lectora, a celebrar hoy para recargar nuestra energía social, diciendo como el poeta: “No amo mi patria, su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal), daría la vida…” por sus volcanes y playas, por los poemas de Netzahualcóyotl, las obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Sor Juana y toda nuestra riqueza literaria; los colores y la magia de Rivera, Orozco, Siqueiros, Tamayo y Toledo; la música de Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas, Moncayo, Lara y José Alfredo Jiménez; los chiles en nogada, los moles de Puebla y de Oaxaca, la comida yucateca, el tequila, el pulque y el mezcal; por el mariachi y el son jarocho, la Guelaguetza y el barro negro, la talavera, Teotihuacán, Palenque, el Tajín o Chichen Itzá, las playas del Caribe y el Pacífico, un lechero en La Parroquia de Veracruz o un taco de langosta en Puerto Nuevo, los pueblos mágicos, las películas de Pedro Infante, Pardavé, Cantinflas o Sara García, la devoción a la Virgen de Guadalupe, las conchas de la veinte y los molotes de la cinco poniente, los hombres y mujeres que trabajan a diario en el campo o las ciudades soñando con una vida mejor para ellos y sus familias, el testimonio de los héroes oficiales y anónimos, los mitos de nuestra historia y las realidades de nuestra historia, la esperanza contra toda esperanza, la resistencia ante la violencia institucionalizada, el amor que se expresa en la “cuatitud” que es algo parecido pero más que la amistad; por nuestra enorme riqueza natural  y cultural…

Por todo esto y por lo que tenemos por delante como desafío, vale la pena hoy gritar: ¡Viva México!

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