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El último final del nacionalismo revolucionario | Víctor Reynoso
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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El último final del nacionalismo revolucionario

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Miércoles, Septiembre 3, 2014

José López Portillo se consideró “el último presidente de la Revolución”. Con su sucesor Miguel de la Madrid, se dio el primer fin del nacionalismo revolucionario, la ideología de la revolución mexicana, del PRI hegemónico. 32 años después las reformas estructurales de Peña Nieto parecen dar un final definitivo a esa ideología. El monopolio estatal en la producción de petróleo y de energía eléctrica son la parte más visible de ese final.

Pero no la única. Esos monopolios nos hablan del pasado, ¿cuál es el futuro que debe sustituirlos? No las fuerzas de mercado sin ningún balance ni contrapeso, sino nuevas formas de Estado capaces de regular tanto los procesos mercantiles, que en muchos casos tienden a los monopolios, como al propio Estado. Es el paso, supuestamente, del Estado obeso al Estado fuerte, del Estado propietario y monopolizador al Estado capaz de aplicar la ley para generar bienes públicos.

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Se trata de un desafío de enorme magnitud. Los monopolios en el petróleo y la electricidad eran ya difíciles de sostener. Pero no está claro que la solución realizada sea la más adecuada. La falta de claridad se debe a la complejidad del problema, que muy pocos pueden descifrar. Si bien es fácil estar a favor o en contra de la propiedad estatal no es tan fácil ver qué tanto la nueva situación legal dará lugar a bienes o a males públicos. La respuesta se verá hasta el mediano plazo.

Lo mismo puede decirse en relación a los monopolios privados en televisión y en general en medios de comunicación. Ahí el consenso es casi universal: constituyen males públicos. Abrir el mercado sería positivo para el país. Y regular en la protección a las audiencias, para impedir programas que son verdaderas vergüenzas. Todas las libertades tienen límites, y la de expresión no es la excepción.

La reforma hacendaria despierta también dudas. Se ha señalado desde hace muchos años que el Estado mexicano debería recaudar más impuestos. Este año lo ha logrado, pero a costa del crecimiento económico, al parecer. Y falta además regular los egresos, pues la manera en que se gasta el dinero público despierta muchas dudas razonables. Y no me refiero solo al dispendio y a los estilos de vida faraónicos de algunos políticos. En alguna ciudad del país, al comentar las numerosas obras públicas que se estaban realizando, alguien comentó: “no sé por qué se hacen estas cosas… Bueno sí sé: para obtener recursos”. Un conocido constructor, miembro de un partido político: “nosotros ya no le construimos al gobierno, porque los diezmos (porcentaje de la ganancia que hay que dejar al gobierno) nos dejan casi sin utilidades”.

Hay cosas del pasado que no podían seguir. La cuestión es si los sustitutos, concretamente las 11 reformas de Peña Nieto, nos van a dar no solo un país distinto, sino un mejor país. Esperemos que no solo el Ejecutivo, sino los legisladores y sus asesores que aprobaron las reformas, supieron lo que hicieron.

Progresa/Oportunidades/Prospera

El mayor pendiente en la agenda pública del país es la pobreza. Desde 1997 el país ha destinado grandes recursos económicos, humanos y políticos para combatirla. Los resultados han sido pobres. En 1997 un gobierno priista inició el programa Progresa. Fue continuado, con diversos cambios, entre ellos el del nombre (Oportunidades) por dos gobiernos panistas. Ahora viene otro cambio con continuidad: se vinculará el programa al mercado laboral y se llamará Prospera.

Suena bien, tanto el nombre como la propuesta. Pero la mercadotecnia no da de comer. No da de comer a los pobres, que es de lo que se trata. Otra cuestión que habrá que observar.

Ritual

El informe presidencial ha sido uno de nuestros principales rituales cívicos. Durante poco más de dos décadas fue un ritual rijoso, de “interpelaciones”. Ya no se iba a escuchar al presidente y a aplaudirlo de manera acrítica, sino a interpelarlo, cuestionarlo, insultarlo. De un extremo a otro: de la adoración al insulto. Ahora se volvió un poco al principio: el presidente se presenta no ante el poder legislativo, sino ante sus invitados. Sería exagerado que se volvió a la situación anterior: más que apoyo incondicional ahora hay respeto. Y siempre es bueno escuchar, mejor sin interrupciones.

Claro que sería mejor escuchar otras voces. Que la oposición no fuera simplemente parte del escenario, como destacadamente fueron los dirigentes perredistas en este caso.

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