El corazón momificado de Melchor Ocampo se encuentra resguardado entre sus libros, telescopios e instrumentos de mejora agrícola, en la biblioteca enmarcada en la que fuera su residencia en la antigua Valladolid.
La cinta de reciente estreno: “Huérfanos”, se destaca por su enrome fidelidad a los hechos históricos en relación con la vida privada y la trascendencia política para país de don Melchor Ocampo , destacándose algunas pequeñas licencias históricas que en nada empañan la grandeza de tan ilustre mexicano.
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El cerebro reformador de la sociedad mexicana ciertamente habría formado parte de la oposición al Tratado de Guadalupe Hidalgo que puso fin a la Guerra de 1847 con los Estados Unidos, aún cuando, lejos de lo que podemos ver en la pantalla grande en éstos días, no habría sido él quien encabezó dicho oposición, siendo don Mariano Otero quién encabezaría la decisión fallida de sostener una guerra popular prolongada contra la intervención.
La secularización de los panteones habría tenido su origen en el supuesto hecho de que el párroco del lugar le habría dicho a una viuda de Maravatío que no podía pagar los oblaciones para el sepelio de su hijo muerto que lo mejor que podría hacer con su pequeño cuerpo yacente era salarlo y comérselo, anécdota que al ser reproducida en la cinta dirigida por Guita Schyfter omite la condición de viuda de la madre doliente; circunstancia ésta última que es por demás importante y digna de consideración , ya que permite pensar en el hecho de que , acaso, Ocampo no hubiese narrado un acontecimiento ciertamente verificado , sino una alegoría a la simbología esotérica de Hiram de Tiro.
Pese a haberse tomado como locación el recinto del Palacio Nacional, en cuya sede tuvieron verificativo las sesiones del Congreso de 1856, Es claro, por las secuencia de la trama, que las escenas de la asamblea disuelta por la fuerza pública que se aprecian en la película en cuestión aluden al Congreso de 1842 y al de 1857.
La importancia del Congreso de 1842 en la historia nacional, hoy olvidada, resultará clave, sin embargo, para la conformación del estado constitucional mexicano; según puede colegirse de testimonios y reflexiones tan conspicuos e interesantes como las que vertiera al respecto José María Lafragua o el propio Mariano Otero, cuya obra política fundamental : “El estado de la cuestión ” estriba , precisamente, en un diagnostico sobre las diversas circunstancias que se incidirían en torno al Congreso de 1842.
El General Leonardo Márquez, el célebre “tigre de Tacubaya”, habría ordenado colgar el cuerpo sin vida de Melchor Ocampo, no de “cualquier pirul”, sino del árbol más torcido en su tronco que pudiese encontrarse, para dejar en claro que ello simbolizaba el espíritu torcido de aquel enemigo de “Dios y Su Iglesia” que había sido ajusticiado por su brazo.
Pensado acaso más como pieza teatral que como libreto cinematográfico, el guión de Hugo Hiriart escudriña trasversalmente sobre la sordidez del silencio y los secretos que anidan en la conciencia humana, mientras se entrecruzan trasversalmente con el desenvolvimiento político de la nación en uno de los momentos más trascendentes de su historia.
“Tras la independencia y rotos los lazos con la madre España, los mexicanos habrían quedado huérfanos y sin rumbo”, dice el proemio de la película protagonizada por Rafael Sánchez Navarro, y, acaso, en los días que corren podría estarse reeditando tan terribles circunstancias sin que existan hombres de la reciedumbre de aquella generación, que, al decir de don Martín Luis Guzmán “parecía estar conformada por gigantes”.
“Huérfanos” estamos acaso de nosotros mismos en las actuales circunstancias, aún cuando contamos con una ventaja sobre los hombres que vivieron en las albores de la nación y esta estriba, precisamente, en la memoria de los acontecimientos pasados que permita reencontrar el rumbo, memoria en la que, el corazón momificado de don Melchor Ocampo, jugaría un papel que, por ningún motivo revestiría una importancia menor.