“La comunicación no conlleva comprensión. La información, si es bien transmitida y comprendida, conlleva inteligibilidad, primera condición necesaria para la comprensión, pero no suficiente”.
Edgar Morin.
Más artículos del autor
La sociedad de la información nos envuelve con cada vez mayor intensidad, velocidad y apremio. Nos encontramos sumergidos en un bombardeo de datos que nos asaltan por todos los medios, cada vez más rápidos, accesibles y potentes, cada vez más dentro de nuestra vida cotidiana, de nuestro trabajo y de nuestra intimidad personal y familiar.
Vivir al margen de la información es como estar fuera del mundo, quedarse aislado, perder la conexión con la realidad y con los demás. Por ello se habla cada vez más medio en broma pero en el fondo muy en serio acerca de la inclusión del Wi-Fi en la canasta básica o de cómo esta necesidad de estar conectados se ha vuelto una nueva base de la clásica pirámide de Maslow.
Sin embargo esta especie de fiebre voraz por la información parece habernos cegado eliminando toda posibilidad de reflexión sobre el sentido y la finalidad de la información en nuestras vidas. ¿Para qué sirve la información? ¿Toda la información es necesaria? ¿Por si sola la información nos ayuda a vivir mejor?
Como afirma el sociólogo Zigmunt Bauman en su libro Los retos de la educación en la modernidad líquida, el exceso de información nos hace incapaces de distinguir el trigo de la paja, de diferenciar la calidad de información que recibimos, la profundidad y la veracidad de la información que nos presentan los medios de comunicación.
Además de esta necesidad de distinguir la información, tendríamos que pensar que la información puede servir como mecanismo de control, como simple requerimiento burocrático o bien como una poderosa herramienta de retroalimentación y como una condición necesaria, aunque no suficiente para la comprensión objetiva de las realidades que vivimos y para la comprensión intersubjetiva de los seres humanos con los que estamos invitados a construir una comunidad pacífica, respetuosa y fraterna.
Lo anterior viene a cuento pensando en el tema de la mejora de la calidad educativa porque en estos días recientes me han comentado varias profesoras y directoras de educación básica su experiencia con el Sistema de Control Escolar de Puebla (SICEP), un nuevo espacio virtual en el que bimestralmente se tienen que llenar observaciones sobre el avance y problemas de aprendizaje de cada uno de los estudiantes.
La idea suena pertinente si cumpliera con dos condiciones mínimas: que el sistema tuviera la capacidad de funcionar considerando el altísimo número de profesores y la enorme cantidad de datos que se suben en un tiempo limitado y que el sistema estuviera pensado para funcionar como mecanismo de retroalimentación e idealmente de construcción de elementos de inteligibilidad para la comprensión de la situación educativa de cada estudiante, grado escolar e institución y del sistema educativo del estado en general.
Pero la primera condición no se cumple porque el sistema se bloquea continuamente por la alta demanda de usuarios impidiendo subir la información requerida. Algunas profesoras han tenido que intentar hacer este trabajo a las dos o tres de la mañana para poder cumplir con este requerimiento
La segunda condición se cumple aún menos. Desde el nombre del sistema –control escolar- se puede ver que este ingreso de la SEP estatal a la sociedad de la información se hace desde la mentalidad burocrática de supervisión y control y no desde la visión proactiva y necesaria de la información para la retroalimentación y la mejora de los procesos educativos.
El sistema simplemente almacena la información que no se comunica a los educandos ni a los padres de familia puesto que la boleta oficial de la SEP se entrega a las familias hasta finalizar el ciclo escolar y por supuesto que no se contempla en su instrumentación –al menos no con el conocimiento de los docentes y directores escolares- ningún mecanismo de retroalimentación o de análisis de la información del sistema que se oriente hacia la construcción de comprensión de las fortalezas y debilidades de la formación de los estudiantes.
Ojalá esta sea solamente una primera etapa de instrumentación del sistema y en el siguiente ciclo escolar se avance hacia un sistema de información que sirva técnicamente y pedagógicamente.
Para ello se requiere más que de un cambio tecnológico, de una transformación en la mentalidad de la autoridad educativa que apunte hacia una secretaría con visión de promoción de la calidad educativa y no de supervisión y control de las escuelas y los educadores; Un auténtico ministerio del futuro y no una simple instancia burocrática como lo planteaba Pablo Latapí Sarre.
Porque para que las ventajas de la sociedad de la información sirvan para mejorar la calidad educativa es indispensable tener claro que la información debe ser bien transmitida y comprendida, cargada de inteligibilidad que se oriente hacia la comprensión.