En el México de una parte de la colonia y el porfiriato, hubo una casta de hacendados que se enriqueció desmedidamente con la venta de pulque, a la que la gente llamó la “aristocracia pulquera”.
Su riqueza no les venía de abolengo, ni eran de la clase cortesana con pedigrí, pero se treparon al vagón del poder con las haciendas pulqueras del centro del país. Como la historia es cíclica, hoy asistimos al auge de una caricatura de aquella. El México de ahora, qué caray, tiene también su aristocracia pulquera.
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Igual que la de antaño, esta runfla de nuevos ricos carga con las características celebérrimas de su antecesora: incultos, advenedizos, vividores, jactanciosos de su poder y riqueza.
Son fáciles de identificar, usted los puede reconocer en diversos lugares. Su riqueza generalmente procede del mundo de la construcción, pero no es privativa de este. Son especímenes que surgieron al amparo del contratismo petrolero, de las redes del poder sindical de esa y otras ramas, de las concesiones de esa lista infinita de la ubre matriz de los gobiernos de los tres niveles.
De los círculos más corruptos del gremio magisterial, de la CFE, de fraccionamientos privados y oficiales, y claro, del narco.-
Viajan en vehículos carísimos, invariablemente los coches cuestan más que los dueños.
Frecuentan restaurantes y discotecas de moda, los almacenes más caros de los centros comerciales; visten ropa cara y de marca aunque, ya se sabe, chango vestido no deja de ser chango; los delatan los pelos parados, el andar corriente barriobajero y los modales que no oculta el dinero.
“¡Ah qué mi patrón tan charro, ha de ser de Tlaquepaque!”, se suele decir acertadamente cuando el personajillo ese enseña el cobre al vestir, gastar o escoger; la elección de malos gustos les sale a la perfección.
Se hacen acompañar de mujeres que les explotan muy profesionalmente su afán de gastar, comprar o presumir; ellas firman tarjetas por doquier, y llevan al sujeto como llavero, pagador de caprichos o chofer. Ellas explotan de modo elegante la condición trepadora del patrocinador y, a la vez, hacen méritos en el productivo camino de la prostitución.
Buen o, no todas son así…una por una.
Un peligroso orangután habita en esos seres cuando manipulan sus ostentosos coches. Agreden en el camino a cuanto cristiano osa pasar por sus rutas. Llevan el brazo en la portezuela y en este el millonario reloj o la esclava, y un disco a todo volumen con sonido de banda. Hasta ahí dan, no mas…Usted los ha visto, no se haga…
Piden bebidas que no conocen, toman las copas como lo que son, vulgares rastacueros, le gritan a los meseros y acomodadores; ellos o ellas suben los pies a las sillas, lanzan estentóreas carcajadas que inundan todo el lugar, riegan copas, ellos llevan las iniciales bordadas en la bolsa o puños de la camisa.
Seguro que los ha visto.
Algunos pagan carísimas planas en revistas que chorrean vanidad y son a la vez invitación al secuestro, todo bajo la invocación del periodismo claro está.
Algunos a lo mejor hasta fueron sus vecinos cuando de chiquitos parecían gente decente.
Pero, ¡oh fatalidad..!, nunca nadie les dijo que la educación es un producto lácteo, materno para más señas. Y se fueron por el fascinante y maravilloso camino empedrado con adoquines del tener, no del ser.
Ahí se oyen cantos de sirenas y los marinos de tierra adentro caen redondos seducidos por la vida fácil.
Estos son ejemplares de nuestra “nueva” aristocracia pulquera. Identifíquelos, abundan por doquier, se extienden como la “28 de Octubre”…