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House of Cards sin pena ni gloria | Rosa María Lechuga
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

House of Cards sin pena ni gloria

Rosa María Lechuga

Pahuateca de corazón, radicada en París. Asistente de investigación Centro de Investigaciones Políticas “CEVIPOF” en Sciences Po Paris. Ganadora del Premio Nacional de Investigación Social y de Opinión 2015 (CESOP) Corresponsal e-consulta 

Domingo, Marzo 9, 2014

La esencia de toda imagen pública va ligada indiscutiblemente a su origen, a su historia, perfeccionada por su pasado y refinada por sus objetivos a futuro. Es el “ser” más que el tener; el “construir” y no destrozar, el “aportar” y no usurpar.

He ahí el éxito de personalidades con influencias indiscutibles como Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, “Che” Guevara, Mijail Gorvachov y Martin Luther King, todos ellos salvo el fallecido revolucionario argentino (y tal vez por ello), han recibido el premio nobel de la paz.

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Una imagen se construye a raíz de definir la personalidad en pro de influir y generar nuevos elementos que la enriquecen, que logre una empatía entre lo que se desea comunicar y se dice, un equilibrio entre el factor tiempo, impacto, evolución y aportación de acuerdo a la escala de valores que se posee.

La razón del equilibrio.

Un equilibrio entre emisor y receptor. Pero justo aquí hay un punto de inflexión, donde el público decide qué ve y porqué.

Sí, marcado por la circunstancia, su cultura, gustos, aficiones, miedos, su cotidianidad y es que el ser genuino ya es muy raro en nuestros tiempos donde la superficialidad, la mentira, la obsesión por el poder –superfluo y pasajero- son el pan de cada día por alcanzar.

Y ahí radica el verdadero sentido de construir una imagen: hacia dónde va y qué elementos se toman para llevarla a buen puerto y que llegue al público y más aún, trascender.

La integridad es definitivamente lo que consolida cualquier proyecto personal, profesional, mediático, social, cultural, de entretenimiento, político o económico.

De principio a fin. Desde el primer paso hasta el ocaso de sus días.

Mandela, Gandhi, el “Che” Guevara, Gorvachov y Luther King, formaron y forjaron proyectos que hasta nuestros días sobreviven y son fuente de inspiración y motivación para muchas personas, movimientos, estudiantes, teorías y hasta comedias.

Y todo esto viene a colación porque tras una euforia por una de las multipremiadas series norteamericanas “House of Cards”, -sin descubrir el hilo negro- está plagada de testaferros cuya historia no encaja en su esencia.

House of Cards y Frank Underwood, el orquestador de los #testaferros de la política americana sin #pena ni #gloria en un papel (que más bien es una mezcla de la película Casino Jack y Frank Urquhart, de la versión original de esta cinta de Inglaterra, una muy mala combinación) que necesita recurrir a lo más vil de la naturaleza humana; negarse a sí mismo.

Carece de identidad porque es una repugnante copia de una serie hecha hace más de 20 años, que, en lugar de mejorar sus puntos fuertes como el salvar a un país (Inglaterra), resalta la mediocridad de un político que aspira a más dentro de la Casa Blanca y que al no ver consumado su sueño ni su proyecto, sucumbe como lo hacen los hombres comunes, al poder, al dinero y al sexo (que por cierto no satisface a quién lo prueba).

La serie, es además toda una producción de cadena de violaciones, abusos y estupro a la honestidad, a la lealtad hacia tu país, ya ni hablar de la familia –porque ni siquiera quiere tener descendencia el personaje central-, al sentido de pertenencia dentro de un sistema de gobierno que se ve casualmente ridículo ante la avaricia de un hombre sin virtudes cuya bola de nieve comenzó en el momento en que no se acepta tal cual es.

La serie no refleja aún su razón de existir, #HouseofCards en su versión original se construye a raíz de un hecho político e histórico de toda una nación, escrita por un personaje que lo vivió en carne propia y en la versión americana todo lo que ocurre es muy predecible e incluso, parece que hay episodios muy próximos a la política que vivimos en nuestro país.

Una política aldeana y llena de #golpesbajos #pierdealmas #puritana, donde el ser pragmático se confunde con traicionar y minusvalorar todo aquello que integra y toca tu entorno.

Cosas que por supuesto no hicieron en su momento Walter Sisulu, Jawaharlal Nehru, Alberto Granado, Nikolái Rizhkov y Ralph David Abernathy, hombres que se encontraban un paso atrás de su líder o presidente y que lejos de boicotear el sistema, aguantaron estoicamente derrocamientos de ellos e incluso encarcelamiento.

Por una cuestión llamada lealtad.

Si, esa que escasea en nuestros tiempos.

Esa que un #testaferro no conoce, ni practica mucho menos inculca.

Una serie con una imagen pública donde se promueve la crueldad, la farsa, sentimientos de humo, ¡de todo! menos la ética y una verdadera razón y profesionalismo de peso para llevar las riendas y el rumbo de una nación. La constante es la invención de personajes cuya influencia en la esfera política nacen en las primeras horas del día para morir en el atardecer.

No se trata de un mundo de papel donde lo “ideal” exista. Se trata de apostar a figuras fuertes, con integridad, con carácter, con mejores pretensiones y con una visión basada en la paz pero al mismo tiempo ganándose el respeto, dejando de lado #cobardías #mezquindades #vilezas.

Ese es el triunfo de un Gorbachov pero también lo es de una serie como “Doctor House” quien pese a la discapacidad física, ironía y locura de Gregory, salva vidas, no las destruye, aporta a la ciencia, no usurpa.

Bastaron 13 capítulos para entender que la historia seguirá girando en torno a Underwood, acumulando asesinatos, infidelidades, meciendo la cuna y sintiéndose temerario para quién intente rebelarse contra él, olvidando que todo tiene un tiempo y que nada es para siempre.

« L’Homme de paillé »

Aquel que con falsas aspiraciones y vacíos interminables finge dominar al mundo.

Una serie que tiene influencia en nuestra cultura porque su producción corre a cargo del vecino país del norte, al estilo Hollywood con una estrella como Kevin Spacey, dos veces ganador del oscar.

Ahí radica su esencia, no da para más. Sólo es generar más dinero sin importar el precio que se pague.

Y como decía Voltaire, “quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”.

Hélas!

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