Enrique Peña Nieto, está poniendo todo su esfuerzo en ser un presidente transformador, distinto a sus antecesores y un obsesionado en la construcción de consensos, sin embargo, el miedo a no ser lo que quiere, le ha hecho caer en una serie de errores y desatenciones que muy caro nos están costando a los mexicanos.
Y es que esta semana recién pasada, ha sido la más negra para el sistema presidencialista, por lo menos en el periodo postrevolucionario.
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En realidad, podemos empezar hablando de cualquiera de los sucesos que se sufrieron en la nación, pero como me considero un materialista consumado, me parece que lo más importante es la recesión que se vislumbra.
Con la caída del PIB al segundo trimestre del año, se tuvo que hacer una reducción en las expectativas de crecimiento por parte del gobierno, ya por segunda ocasión, solo el 1.8% para 2013, sin embargo, analistas independientes estiman que puede ser de únicamente 1.3%.
El PIB industrial sumó su segundo trimestre a la baja y aunque se culpa mucho de esta situación a la realidad económica de los Estados Unidos, lo cierto es que nuestro gobierno no ha tomado las medidas necesarias para revertir lo que, desde hacía ya varios meses se veía venir, prueba de ello, es que después de anunciarse con bombo y platillo el Programa Nacional de Infraestructura, lo que se hizo fue contraer el gasto en ese ramo.
El famoso Mexican Moment en realidad nunca existió, lo único que hubo, fue una gran estrategia de mercadotecnia, que en algún momento también falló, pues hubo una caída de 23% de la inversión de recursos extranjeros en la Bolsa Mexicana de Valores, con la salida de casi 5 mil millones de dólares de inversión en cartera.
El presidente ha mostrado temor a una crisis económica, pero en el camino, se está generando una.
Siempre he tenido la impresión de que Enrique Peña quiere emular y tal vez superar la labor de quien para mí, es el mejor de los presidentes de México en los últimos 40 años, Carlos Salinas de Gortari, pero sus limitaciones y las de su equipo le han hecho imposible crear una agenda y un plan propio. La distancia entre Peña Nieto y Salinas, va del ártico al antártico.
No solo es el aspecto económico, políticamente el presidente se ha convertido al día de hoy, en un rehén del Pacto por México, es una víctima de su creación.
Su obsesión por los consensos ha orillado al presidente a moldear sus iniciativas a un punto en el que o son incompletas o son inaplicables. La oposición, a la que los errores presidenciales han dejado crecer, es la que se ha convertido en el freno de la actividad legislativa o gubernamental, aún y cuando tienen la certeza de que sus iniciativas, tal cuales, tampoco pasarán. Ni pichan, ni cachan, ni dejan batear.
Aún hoy, el presidente tiene miedo de que sus acciones maten a lo que ya es un cadáver y ni aún así se contiene en acciones que terminan con los acuerdos.
El próximo domingo, Enrique Peña Nieto, deberá de rendir su primer informe de gobierno y en estos últimos días y aún cuando reformas como la de Telecomunicaciones se impulsaron con el espíritu de restar facultades al ejecutivo, el miedo a perder el poder le hace querer imponer en los nuevos órganos reguladores de competencia a gente cercana a su administración y peor, cercana a las empresas reguladoras.
Aunado a ello, impulsó reformas que le retaban competencia al IFAI, modificando la ley, queriendo convertir a la transparencia en algo invisible.
Quizá lo peor, es lo que pasa en cuanto a la reforma educativa y la reacción de la CNTE. ¡Vaya Vergüenza!
No es posible que las sedes del legislativo fueran secuestradas por un grupo de chantajistas, pero más increíble es que se cediera a sus presiones.
Los presidentes mexicanos, anteriores a Ernesto Zedillo, tenían claro que el uso de la fuerza legítima es del estado y que a este le corresponde la preservación de lo que es de todos. El poder se ejerce, no se comparte. El gobernante moderno no debe de ser un tirano, pero tampoco debe de tener problema en utilizar la fuerza del estado cuando la situación lo amerite.
La reforma educativa, el gran logro del inicio del sexenio, hoy es una caricatura, puesto que a su principal instrumento de implementación que es o era la evaluación de los profesores, hoy no se puede realizar por no haberse aprobado el marco jurídico necesario, aunque el instituto que debe evaluar ya existe, ya está integrado y ya nos está costando.
Es vergonzoso el ver que los integrantes de la CNTE sitiaron la Ciudad de México, el aeropuerto capitalino, la sede del senado y de la cámara de diputados, el paseo de la reforma y el circuito interior, además de mantener tomado el zócalo capitalino sin que la autoridad realice algo por evitar los desmanes que han hecho.
Es cierto que mucha de la responsabilidad o la irresponsabilidad de Miguel Ángel Mancera dio pauta a estos hechos, pero jurídicamente, en el apartado “E” del artículo 122 constitucional, en relación con la fracción VII del artículo 115 de la misma carta magna, se establece que el mando último de la policía preventiva, en ciertas situaciones, corresponde al presidente de la republica.
Débiles, ambos gobernantes, no han hecho más que ceder a chantajes.
El escritor Valentí Puig, decía no hace mucho que: “El político está obligado a saber hacia dónde soplan los vientos. Lo llamamos instinto político. Pero eso no significa que deba irse acomodando a todos los vientos ni, especialmente, a varias corrientes de aire a la vez”. Miguel Ángel Mancera se acomoda a dónde va la corriente en su inocente esperanza de poder contender por la presidencia de la república. El gobierno le resuelve lo del “Heaven” y el solapa a la CNTE y el ataque a comercios.
Cediendo al chantaje, se retira de la discusión legislativa la Ley del Servicio Profesional Docente y ni así se van los paristas ni se aplica la ley.
Mancera se ofrece como mediador de un asunto que no le corresponde, como si no tuviera suficiente con los problemas del D.F. Debemos distinguir entre el oportunismo y la política pragmática.
La ruta del país la trazan los manifestantes que gozan de impunidad y así, señor presidente no, no se puede.
Raymond Chandler, un escritor británico, en uno de sus primeros cuentos, terminaba con una frase lapidaria que quiero citar.
“Los chantajistas no disparan, muñeco. ¿O sí?”
El presidente tiene miedo a pasar a la historia como represor, y se convierte en un timorato cómplice del delito.
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