Pablo Fernández del Campo guarda en sus recuerdos de infancia el desarrollo de una de las zonas más emblemáticas de una Puebla que se transformaba día a día. Cada una de sus anécdotas tiene como escenario esos cambios que fue observando nuestra angélica ciudad, en donde pudo disfrutar de la libertad de compartir sus aventuras infantiles con buenos amigos y su grupo de scouts.

La disciplina al interior del seno familiar le ayudó a explorar oportunidades y adquirir el hábito del trabajo desde los siete años de edad, experiencia que lo llevó a no tener temor de enfrentarse al mundo. La vida, las circunstancias y la política le hicieron ser tolerante pero también aprendió a marcar límites.

El Colegio Humboldt le dio las herramientas para poder enfrentar los retos de una vida universitaria con grandes lecciones y aprendizajes en la Ibero Puebla. Contador por tradición pero con vocación para las Ciencias Políticas, supo aprovechar las oportunidades que su país le ofrecía, al no cumplir su sueño de estudiar en Estados Unidos.

Su padre le dio una formación de consciencia de lo común, de voltear a ver a los demás y de responsabilidad social, que sin duda lo marcó. Su madre fue quien compartió sus más profundos anhelos, pero también le dejó una huella de dolor, que la misma vida se ha encargado de sanar.

 

La Puebla tradicional de los años sesenta  

¿Cómo fue tu infancia?

“El primer domicilio de mis papás fue en la colonia Bellavista donde llegué prácticamente recién nacido. A los pocos meses nos trasladamos a Jardines de San Manuel en el sur-oriente de la ciudad. En ese tiempo me tocó crecer entre jardines y casas en construcción, pero también entre vacas, porque era una parte muy alejada de la ciudad y aunque San Manuel ya era un fraccionamiento, estaba todavía muy alejado del centro y de otras zonas de desarrollo de la ciudad.”

“En ese tiempo la junta auxiliar de San Baltazar Campeche tenía más de cien años, realmente las colonias con las que se empezó a poblar la periferia de Puebla eran del perfil de San Manuel. En ese tiempo mis papás adquirieron una casa a través de una hipoteca, que fueron pagando con el paso de los años y ahí es donde yo fui creciendo, pues mi infancia y adolescencia transcurrieron en Jardines de San Manuel.”

“Fui testigo de cómo iba creciendo la zona con la construcción de casas, la urbanización de las colonias aledañas como Anzures, El Mirador por Plaza Dorada y otras colonias que no eran tan antiguas como San Manuel pero había ya un límite natural. Ese límite remataba con la imponente Ciudad Universitaria.

“En la zona transitaban camiones como los Rápidos de San Antonio, cuya ruta era El Carmen-San Antonio. Lo ocupábamos mucho porque te llevaba a varias partes de la ciudad. También circulaba el Aviación-Panteón, Chulavista y anexas, que era la línea azul. En Puebla era muy fácil ubicar el transporte público: los verdes, los pistaches, los cafés, los rojos y los amarillos.”

 

Aventuras y anécdotas de los años de infancia

“Era muy común ir a excursiones con algunos vecinos y algunos primos que vivían cerca de mi casa. Yo tenía alrededor de 12 años. Nos  acompañaba el papá de unos vecinos que era muy entusiasta pues era más joven que la mayoría de nuestros padres, y se la rifaba porque llevaba una palomilla de diez chamacos hasta La Calera.”

“Eran excursiones donde llevamos algunas tortas y limonada, caminábamos y atravesábamos La Hacienda y la incipiente Margarita que aún no se inauguraba; y parte de la Unidad del IMSS 57 para pasar a lo que ahora es la Avenida Vicente Suárez. Todos eran terrenos en breña, empezábamos a escalar esas calles tan inclinadas de La Calera hasta rematar donde había un castillo, donde pensábamos que había un loco y nadie se atrevía a atravesar ese castillo embrujado. Toda esa zona fue de mucha cal y de mucho mármol, que explotaron para edificar.”

“En esos tiempos, los más osados tenían su patineta y se lanzaban hacia abajo y no faltaba el que dejaba medio pellejo ahí. Nos encantaba ir a La Hacienda. Había unos carritos con una plataforma de madera con su freno de mano que se llamaban Avalanchas, y que sólo te traían Los Reyes Magos. En las pendientes de La Hacienda tomábamos vuelo y no te detenías hasta que te agarrabas de un árbol o llegaba a servir el freno.”

 

 

¿Qué jugabas en esas calles?

“Si era época de Juegos Olímpicos jugábamos a hacerle al gimnasta. Si era época de futbol americano jugábamos tochito, si era época de futbol soccer o mundial, jugábamos futbol. Yo desde entonces le iba a los Pumas, ya después corregí el rumbo. Actualmente le voy al Puebla, “aunque gane”. Hoy les platico a mis hijos lo que podíamos jugar en la calle y me escuchan fascinados.

“Jugábamos también bote pateado por la noche. Éramos una palomilla como de treinta chavos, desde el que estudiaba Medicina que tenía 25 años hasta nosotros que teníamos como siete años. Salíamos todos y aunque era un callejón como boca de lobo, todos nos conocíamos y había fraternidad; entonces no había peligro y sabiendo que aventabas el bote y alguien lo tenía que recoger, corrías con libertad para irte a esconder y hacías lo que implica juego de bote pateado: tratar de llegar sin que te vea el guardián y si lo lograbas pues tenías puntos a favor y si te descubrían, salvabas a todos y si no te pepenaban y te tenían que castigar saliendo del juego.”

“En ese tiempo tomamos prestadas unas porterías que estaban atrás del Aurrerá de aquel entonces, las fuimos cargando hasta nuestro jardín y quedó una portería muy bonita y enorme. Había mucha convivencia, había una forma interesante de comunicación, de apoyarnos.”

“También había trompos. Yo no era peleonero pero en algún momento me llegué a pelear porque era parte de los juegos. Yo creo que me peleaba por inmadurez propia de la niñez, tal vez porque te molestabas que alguien se había entrometido con tus cosas, o porque te habían cometido una falta inapropiada en el futbol, pero en automático se regulaban las aguas. Entraban los amigos a separar pero había unos más bravos.”

“Yo era de los tranquilos. Yo creo que tengo mi nivel de tolerancia. La vida, la circunstancias,  la política me han hecho entrenarme en tolerar y practicar mucho la paciencia, pero cuando siento que hay algo que se sale de control, sí me manifiesto y sé marcar límites.”

“Había un juego divertidísimo que se llamaba “hoyitos”. Eran cinco jugadores, cada uno con su hoyito en la tierra. Lanzabas la pelota de esponja y en el hoyito que caía, tú tenías derecho a escoger y siempre tratabas de echarlo al rival más débil. El dueño tenía que ir por la pelota y nosotros corríamos hacia la pared de enfrente que era la base y si te pegaba la pelota, pues estabas quemado y te daban un castigo que era un hijo, entonces a tu agujero iba una piedrita.”

“Era un juego ingenioso, divertido, de destreza, era ponerte chingón y si perdías, te fusilaban lanzándote pelotas contra la pared.  No faltaba el que se calentaba, lloraba y se le iba a los trancazos al que lo estaba ejecutando, pero eran las reglas del juego. No faltaba la mamá que salía a defender a su hijo pero siempre había tolerancia, había reglas no escritas de convivencia, había acuerdos y respeto.

“Estas son algunas anécdotas que me tocó vivir en mi niñez. Era muy común salir a jugar a la calle pero mis papás nos permitían ir sólo cuando concluíamos la tarea, íbamos a alguna clase por la tarde o realizábamos una labor doméstica. Nuestra casa se encontraba al lado de un área verde y justo por eso me gustaba Jardines de San Manuel.”

 

Zonas verdes como espacios de encuentro social

“Hoy creo que ese tendría que ser un modelo de colonia: partes proporcionales de áreas verdes con partes proporcionales de urbanización, porque da convivencia familiar, genera espacio público, evita el hacinamiento. Era muy común que cada media calle había un jardín o un parque público, era un regalo. Podías jugar futbol, beisbol o cualquier deporte sin temor a que te atropellaran.”

“Actualmente San Manuel es una colonia de tercera edad, de personas adultas donde ya los jardines no tienen la vocación que tuvieron en aquel entonces por descuido, pero también por necesidades y utilización de las personas que viven ahí, que hacen uso de los espacios para caminar o pasear, pero con la incertidumbre de la inseguridad. Fue una de las primeras colonias que empezaron a ser víctimas de robos de unas décadas a la fecha; incluso en los últimos años hasta asesinatos de personas adultas se registraron, ya que los ladrones pensaban que iban a encontrar grandes fortunas, por lo que se generó un clima de inseguridad.”

“La idea de los fraccionamientos abiertos es la que debe prevalecer, porque es donde puede haber una convivencia y donde te puedes integrar con la sociedad, con la ciudad, al no tener barreras que te estén aislando y que hoy se ha justificado por el tema de la inseguridad, pero que de origen una colonia tiene que ser de puertas abiertas, sin casetas, sin paredes.”

 

Formación con el rigor de la disciplina y el trabajo

Una de las tareas que a mí me tocaban y que eran un dolor de cabeza era barrer la acera. Como nosotros vivíamos pegados al jardín, mi papá siempre fue muy consciente de lo público y de que teníamos que hacer la parte que nos tocaba o un poco más. Él nos hacía ver que por el Bando de Policía y Buen Gobierno, uno tenía que mantener la acera de su casa limpia y barrida, pero como nuestra casa estaba pegada al jardín, entonces nos decía que teníamos que barrer hasta la mitad de la calle.”

“Al ser el mayor era al que le correspondía esa tarea y me repateaba porque se me hacía injusto, porque a mis vecinos no los obligaban a hacerlo, a mis amigos tampoco. Entonces justo cuando le pedía permiso a mi papá para salir, me decía que sí “pero tienes que hacer tu encargo” y el encargo era salir con pala, porque se juntaba el pasto sobre las hendiduras de la banqueta y era raspar y después barrer hasta que quedaba todo perfectamente limpio. Al estar haciendo mi talacha y no faltaba los amigos que pasaban y se reían o el que me decía “apúrate”, o llegaba el buena onda que hacía el paro para que terminara y me fuera a jugar.”

 

¿Era muy disciplinado tu papá?

“Mi papá fue muy estricto y disciplinado, un tipazo. Yo la admiré y lo quise mucho, lo aprendí de él pero sí fue un dolor de cabeza. Me traía en chinga. Al paso de los años aprendí a reconciliarme con mi padre. Él falleció desgraciadamente cuando yo tenía 30 años y pudimos tener una relación muy buena, pero mi adolescencia estuvo marcada por unos estirones y agarrones muy fuertes entre él y yo. Justo por esa forma tan rígida y estricta que tenía pues él venía de otra generación, y aunque lo hacía por mi bien, chocaba conmigo.”

“Tampoco fue abusivo. Yo guardo gratitud hacia él pero sí se le pasaba la mano. Yo procuro no ser así con mis hijos. Tampoco me voy al extremo del resentimiento ni de pasarles facturas a ellos. No lo guardé ni desde el rencor ni desde el odio, pero sí desde la gratitud y el aprendizaje. Le tengo una enorme gratitud a mi papá.”

 

¿Estás consciente que te dio una formación?

“Mi papá me dio una formación de consciencia de lo común, de voltear a ver a los demás, de hacer un poco más de lo que nos tocaba, de tener responsabilidad social, sin duda eso me marcó; porque además era una persona que predicaba con el ejemplo, mi papá era una persona congruente, al límite. Aunque en la adolescencia te repele una forma de ser así, no la entiendes y la rechazas. Yo me confrontaba mucho con él.”

 

¿Te rebelaste a tu papá?

“Muchas veces. Me oponía a su disciplina y no lo resistía. Yo desobedecía  y me imponía. Sin embargo recuerdo que al pertenecer a los scouts había la confianza, la libertad y la decisión de los papás para dejarnos ir de campamento, sin ningún tipo de represalia o temor. En ese tiempo se podía salir aunque había riesgos y los llegamos a la vivir como extraviarnos, perder el camión y que pasaran las horas y no regresar; hasta volver con hambre y con los pies llenos de ampollas a casa.”

“Este tipo de experiencias al límite te van marcando y haciendo vivir otro tipo de experiencias desde la incomodidad de dormir en el piso de una tienda de campaña, desde tener que calentarte con una fogata o tener que lavar tu ropa y los trastes en el río. Este tipo de experiencias las recuerdo con cariño.”

 

La complicidad de una madre amorosa y la madurez desde el perdón

 

¿Cómo era tu mamá?

“Era una persona muy dulce y encantadora; sometida porque en el modelo en el que le tocó a mis papás ser pareja por lo menos en la casa, el papá era el que mandaba y la mamá la que obedecía, el papá era el que proveía y la mamá cuidaba a los hijos, el papá era el que estaba ausente y la mamá presente, el papá era el que decía la última palabra y se debía hacer. Me tocó crecer en ese ambiente.”

“Mi mamá fue mi cómplice. Sin embargo padeció una enfermedad muy lamentable y dolorosa que hoy se conoce como bipolar, que en ese entonces para nosotros fue muy difícil de sobrellevar, porque era algo que vivimos con angustia, porque eran ataques de depresión o de éxtasis muy fuertes los que vivía.”

“De ser una persona apacible, prudente y buena onda, de repente la veía caer, pues era deprimente verla en sus picos, era desconcertante. Era tener una mamá que se comportaba distinto a como era ella ordinariamente. Como niño me genera mucho pesar y angustia, a veces hasta miedo ver esas sobre reacciones que tenía, pero hoy te lo puedo platicar con aprendizaje y con madurez.”

“La situación me ayudó a entender a los enfermos, me sensibilizó mucho pero en su momento a mis hermanos y a mí nos hizo vivirlo desde el sufrimiento, desde la incapacidad y la impotencia; a mi papá le reconozco que hacía esfuerzos extraordinarios para sobrellevar esas crisis que afortunadamente eran esporádicas pero que cuando las vivíamos se nos hacían eternas  porque eran incontrolables.”

“Mi papá se tenía que fletar entre proveer, entre cuidarnos, entre dejarnos al cuidado de algunos tíos, porque estos periodos normalmente era en época de vacaciones, seguramente porque a mi mamá se le venía la carga de trabajo más fuerte y eso hacía quizás que se le detonara una enfermedad que no era debidamente atendida ni siquiera por los especialistas, por los psiquiatras o por los psicólogos de la época por que no era común, entonces lo que hacían era medicarla, la dormían y eso no resolvía de fondo el tema.”

“Entonces cuando ella se despertaba lo hacía más enojada y estas sobre conductas que nosotros no comprendíamos y que definitivamente me dejaron secuelas de distintos tipos en mi niñez, y que gracias al paso del tiempo y terapias y que tuvimos la fortuna y la gracia de platicarlas en familia, de madurarlas, de conversarlas, fue que pudimos curarlas en el sistema familiar porque sí fue una experiencia muy fuerte.”

 

¿Algunos momentos que te hayan estremecido?

“Muchos, pero una vez me tocó verla en un arranque de violencia muy fuerte, de nervios y desesperación rompiendo muchas cosas de la casa, que para mí fue muy traumático. Fue un estallido de violencia. Hoy, en paz descanse, la comprendo. Tuve oportunidad de platicarlo con ella y de aclarar los perdones que había que aclarar”

 

¿Ella recordaba estos estados?

“Sí pero eran incoscientes totalmente. Poderlo platicar hoy para mí es sanador y formativo a toro pasado, en ese momento fue muy fuerte y muy duro, pero gracias a eso, yo creo que hoy puedo comprender muchas situaciones que me han tocado en mi vida personal y familiar, y en mi vida profesional. Por eso estoy agradecido y me siento muy bendecido por la mamá que me tocó y guardo enorme amor y gratitud a mis padres, porque dieron su vida y se la rifaron por mí y por mis hermanos.”

 

¿Cuántos hermanos son ustedes?

Somos cuatro hermanos, yo soy el mayor, luego una hermana y dos hermanos más.

 

Los deportes y el teatro me dieron grandes satisfacciones

 

¿Fuiste buen estudiante?

“Creo que fui un estudiante promedio y tuve amigos muy vagos pero fui a una escuela muy exigente y estricta que fue el Colegio Humboldt. Mis papás hicieron un esfuerzo importante para poder estudiar ahí, cosa que agradezco porque me dio una formación en disciplina y en recursos académicos muy buena, que valoré y agradecí al paso de los años. Me dio una instrucción y una forma de hacer las cosas y eso se agradece. Creo que es lo que siempre buscamos con nuestros hijos, que estén bien formados y educados, que estén preparados sobre todo para la vida y esa parte creo que mi familia me la dio.” 

 

¿Cómo fue tu relación con tus compañeros y amigos de la escuela?

“Tuve amigos fuera de la escuela que eran muy vagos y eso me hacía aparecer como estudioso a la cara de ellos, pero en el colegio era un estudiante más, porque el nivel donde yo estudié era muy alto. Un estudiante promedio era sobresaliente en otros ambientes y más si lo comparamos con amigos muy queridos, pero muy vagos que tuve por circunstancia de la vida.”

“Yo era el estable, el que aprobaba sus materias cuando para ellos aprobar una materia era algo extraordinario, pues estaban acostumbrados a reprobar y cambiarse de colegios. Esto fue marcando mi vida. Tuve muy buenos amigos en la infancia. Creo que el colegio me dio muy buenas herramientas en la parte académica, y en mi familia la parte de valores y moral y enfrentar los retos de la vida.”

 

¿Cuáles fueron tus principales logros en la escuela?

“Pude destacar en deportes, pude sacar adelante mis materias, participé en talleres de teatro, donde llegué a representar obras en primaria como los cuentos infantiles de Hans Christian Andersen. Los instrumentos musicales nunca se me dieron; mi mamá fue una gran pianista y quizás no adopté o heredé el gusto por el piano, pues en momentos de crisis mi madre lo tocaba de forma muy violenta. Nunca lo he averiguado ni tampoco me ha interesado.”

 

¿Cómo fue tu adolescencia?

“Mi etapa de adolescente la viví con intensidad. Con todos los grupos de amigos que yo tenía siempre era común que nos reuniéramos y era muy divertido, pero mi papá no toleraba este tipo de conductas y había consecuencias. Me impedía salir en los siguientes permisos.”

 

 

El hábito del trabajo: De cerillo a vendedor de teléfonos y figuras de bronce

 

¿Qué experiencia tuviste cuando fuiste cerillo?

“Mi papá era el contador de la Comercial Mexicana del centro y yo de chavo trabajé de cerillo en la tienda. Mientras mi mamá nos quería en la casa y muy cuidados, mi papá nos quería en la vida y en el riesgo. Mi papá era un amante de empujarnos. Por ejemplo, mi padrino fue un campesino de Cuautinchán contra la voluntad de mi mamá, pues había un pacto con unos amigos muy queridos de mis padres que serían los padrinos del primogénito, un abogado muy prestigiado de Puebla que comulgaba con mi papá y sus ideas.”

“Esa forma de ser de mi papá, tan auténtica e innovadora pero al mismo tiempo rebelde y de querer siempre la originalidad por un bien superior, hizo que considerada que lo más conveniente para mí es que me bautizara un campesino y no fue cualquier campesino sino una persona que él conoció por una actividad social en la que él participaba y quedó tocado por él, lo cual me hacía ver extraño pues todos los padrinos de mis amigos les hacían regalos y había ciertos convencionalismos sociales que me hacían ver diferente, desde haber nacido en el Seguro Social.

“Esta situación generó mucha fricción entre mis padres, pues la dinámica familiar tenía un patrón muy de los años sesenta y setenta y que mis papás fueron muy representativos de esa forma de relacionarse como pareja. Entonces mi papá decide, siendo yo mi pequeño a la edad de 3 años, que me fuera a pasar una semana con mis padrinos a Cuautinchán, donde no había luz, donde no había gas y ese tipo de experiencias fueron las que seguramente me fueron conformando en mi historia de vida.

“Cuando tenía alrededor de 7 u 8 años, mi papá me dijo que tenía que trabajar, entonces por el puesto que tenía en la Comercial Mexicana tuvo la posibilidad de llevarme. En ese tiempo no eran personas de la tercera edad las que envolvían los bultos sino éramos niños y normalmente de escasos recursos, que de allí financiaban seguramente sus útiles, los zapatos o ayudaban a sus familias.”

“Recuerdo que éramos una palomilla de niñitos, de doce años el más grande y yo de siete años que era el más pequeño. Yo iba con ganas de ganarme mi lana pero también con temor pero al regresar a mi casa con un montón de monedas de  50 centavos o de un peso, fui la persona más feliz. Ya cuando te daban 5 pesos decías “me rayé”. Fue muy satisfactorio y gracias a esos ahorros me pude comprar mi primer sleeping para mis campamentos de los scouts.”

“También tengo anécdotas que me marcaron. En ese entonces en la Comercial se utilizaban diablitos que te permitían llevar las bolsas no sólo a los coches de los clientes, sino también a las casas cercanas obviamente por niños más grandes, aunque a mí me cuidaban mucho por ser el hijo del contador.”

“Ya que estabas ahí con la banda, con el Mofles, con el Tuercas, me respetaban un poco pero también me buleaban.  Nos asignaban una caja. Eran veinte cajas en la Comercial con su farolito arriba, pero las mejores eran las que estaban enfrente de un pasillo, porque normalmente los pasillos ya encaminaban a los carritos hacia esas cajas, entonces la cajas 5, la 10 y la 15 eran las que siempre nos peleábamos.”

“Cuando te tocaba una de esas cajas, sabías de antemano que te iba a ir muy bien y que ibas a sacar una super propina. En esa ocasión me toca una de esas cajas y veo venir un carrito, y nunca faltaba el gandalla que te decía que te hablaban allá afuera para ganarte. Ahí iban a hacer las compras los gerentes de restaurantes como Armandos o la Fonda de Santa Clara, entonces ya sabías quiénes eran y que por lo menos te iban a dar veinte pesos de propina, pues llegaban con carritos desbordantes.”

“En eso veo venir un carrito bien copeteado y empiezo a subir las bolsas al diablito, el cual tenía dos pisos en donde ibas colocando las bolsas. Eran tal las cosas que había comprado esta persona que daba para dos carritos, pero yo empiezo a llenar sólo un diablito, y entonces al llenar el primer y segundo piso, empiezo a poner las bolsas en las manijas.”

“Metí tal cantidad de peso que el diablito se empieza a ladear y se cae haciendo un quebradero de productos, las mermeladas, los cristales, los aceites y pues fue una experiencia traumática. En ese momento llegó la supervisora diciendo: Pablo, ¿qué hiciste? Y yo muy apenado quería que me tragara la tierra.”

“La señora que había hecho las compras muy tranquila, nos dijo que no nos preocupáramos. Afortunadamente le repusieron sus cosas y se las terminaron cobrando a mi papá, que a su vez me cobró una lana a mí y fue una gran experiencia pues me enseñó a ser más cauto, y aunque yo tenía ocho años, no se justificaba.”

“Al final todos los demás chavitos hacían lo mismo. Seguramente a alguien ya le había pasado, pues había de todo, desde los accidentados, los que se agarraban a golpes –a ellos ya los expulsaban-. Fue una experiencia muy padre que me hizo valorar el poder ganar dinero trabajando y que me servía para mis gastos extras.

“Alrededor de cuatro años estuve trabajando en diferentes temporadas de vacaciones. Después yo ya pedía ir, lo que me hizo tener el hábito del trabajo. Entonces desde muy chavo, en secundaria empecé a trabajar con algunos amigos de mis papás en época de verano. Posteriormente empecé a vender cosas como teléfonos inalámbricos y figuras de bronce.”

 

El mejor vendedor del mundo…

“Mis papás eran clase media y para cuando salía con mis amigos del Humboldt ya eran gastos que ellos no podían sufragar; entonces para refaccionarme empecé a vender cosas y esto me hizo desarrollar habilidades de venta. Vendí muchísimas cosas, desde fundas para coche, teléfonos inalámbricos, los cuáles yo instalaba. Una vez que instalé un teléfono hizo corto circuito la instalación. Tenías que saberle y yo con tal de vender, pelaba los tornillitos, hacía la conexión y se los dejaba funcionando, sin embargo, tenía sus incidentes.”

“Vendí también figuras de bronce, en donde me fue muy bien. Eran unas venus y unos caballos, padrísimos. Unos amigos artistas se dedicaban a hacerlos; en ese tiempo empezaban y tuvieron la confianza de darme las piezas a consignación. Mis papás tenían una combi, que por cierto era el vehículo familiar y fue memorable, en ella crecimos. Esa combi se volteó hasta que se la robaron afuera de casa de mis padres.”

“Al salir a un día de campo tuvimos un accidente entre Huejotzingo y Calpan. Ese fue el primer coche que me dieron mis papás a los 17 años. Luego ya se le quedó a uno de mis hermanos y un sábado se la robaron en plena luz del día. Como era una combi para el transporte público era ya muy apetitosa. Se la robaron casi en las narices de mi hermano y no había como hoy redes sociales, así que no era fácil localizar un vehículo en ese entonces.”

“Trabajé también en una fábrica de hielo, era el chofer y me tocaba hacer de todo. Por relaciones con mis papás ingresé, pero finalmente yo tenía que dar la cara. Me hicieron unas pruebas mínimas y tenía que responder. Las ventas las fui alternando tanto en la  prepa como en la universidad y eso me ayudó mucho para sufragar mis gastos, no mi carrera porque en parte tuve beca y también me apoyaron mis papás.”

 

“Me encantaba ser líder y estar cerca de la autoridad”

 

¿Cómo tuviste beca si no dices que eras estudiante promedio?

“Era un estudiante promedio del Humboldt, pero obviamente me hizo generar hábitos de estudio y concluí con muy buenas calificaciones, por lo que en la universidad me fue muy bien. Si me aplicaba y me dedicaba sacaba bien las cosas; como que tengo esa facilidad, pero me tengo que concentrar y enfocar.”

“Justo en la universidad me empecé a interesar en los temas de representación estudiantil. Logré ganar la representación de mi carrera y llegué a ser líder de los estudiantes de la Universidad Iberoamericana Puebla.

 

¿Y por qué querías ser líder?

“Porque me llamaba mucho la atención y me encantaba organizar, las relaciones públicas, me encantaba hacer y estar cerca de la autoridad. Es una forma de ser interlocutor con el rector, con los administrativos. En ese entonces logramos que no nos cobraran el estacionamiento. Siempre como con una inquietud social y también con una capacidad de organizar, de liderazgo, de poder reunirme con otras personas y poder hacer cosas.”

 

¿No hay un poco de ego?

“Sin duda, por supuesto que sí. Yo creo que es válido porque tienes una motivación, sí justificada por el servicio, pero también para que sientas una realización, de utilidad, de aportar, que  estás sirviendo para algo.”

 

Tres caminos: Contador, abogado y político

 

¿Cómo fue que te dio por hacer política?

“Yo estudié Contaduría Pública más por un ejemplo paterno que por vocación, la cual estaba más en las Ciencias Políticas en la UNAM. Ese hubiese sido mi sueño pero no logré concretarlo. Considero que debí asumir más riesgos en ese momento, aunque no me arrepiento de todo lo que he hecho porque finalmente me permite ser quien soy y estar parado donde estoy.”

“La carrera de Contaduría fue un requisito. Posteriormente empecé a estudiar Derecho de forma simultánea y encontré un sistema abierto en la BUAP y dije no pierdo nada con intentar, pues si la pego, voy a terminar las dos carreras al mismo tiempo y lo peor que me puede pasar es que no pueda y me voy a aguantar; porque yo ya me estaba perfilando en el tema fiscal.”

“Sin embargo, al mismo tiempo me entró la inquietud de la política y entonces vino a mi mente estudiar una maestría en Políticas Públicas en el extranjero. En ese entonces había becas muy importantes por parte de CONACYT, que te financiaba para poder estudiar en universidades de Estados Unidos. Quise pero no me lo permití por las oportunidades que salieron aquí en México y comprendí que era donde me tocaba estar y no donde yo quería.

 

¿Terminaste Derecho en el sistema abierto?

“Terminé ambas carreras. Me tarde más semestres porque empecé a trabajar. Dejé ya mis chambas para incorporarme a despachos de contadores cuando estaba en la carrera y  empecé a hacer mis pininos en despachos de contadores y auditores hasta que terminé trabajando en una empresa internacional muy importante, en Price Waterhouse Cooper, una firma internacional muy importante de contadores públicos en el área fiscal, y  es ahí cuando entendí que sí había sido importante que estudiara Derecho, y eso me motivó a terminarla pues era un reforzamiento al área fiscal.”

 

México ha sido víctima del clasismo

 

¿Consideras que pertenecen a una clase social distinta?

“Trato de no calificar porque estoy en contra de las divisiones y mucho menos de las polarizaciones, repruebo las políticas que tratan de dividirnos como sociedad y balcanizarnos. México ha sido víctima del clasismo y me parece que nos ha hecho mucho daño. Hoy me parece que por manipular y como una estrategia de comunicación del presidente, trata de estar dividiendo entre dos bandos a todos: entre los que tienen y los que no, entre los que han tenido posibilidades y no, entre los fresitas y los que no.”

“Yo repruebo y trato de no reproducir ese lenguaje porque nos denigra como mexicanos, tenemos todos que echarle ganas para homologarnos como sociedad. Conservadores y liberales, fifí y chairos y creo que hoy todos tenemos que ser mexicanos y vernos con las mismas características de empuje, de trabajo, de productividad, de ganas, de entusiasmo; eso es lo que nos puede calificar pues si no caemos en el juego de dividirnos.”

“Me considero que fui privilegiado por la formación, por los valores que recibí y por la familia que tuve, que estuvo pendiente de nosotros y  trato en la misma proporción de estar pendiente de mis hijos, no sólo que no les falte sino de escucharlos, ver cómo van en su conducta, en sus gustos, en sus anhelos; tratar de acompañarlos y estar con ellos, que eso es algo que creo haber recibido de mi familia.”

“De repente me descubro neurótico, gritándoles a mis hijos, con conductas alteradas porque estoy desesperado, porque estoy cansado, porque llego con mucho trabajo, con presiones, y es donde trato de serenarme y decir, por ahí no va y trato de rectificar. Es un proceso que trato de estar vigilando y echándole ganas, es un proceso  inacabado y cuando observo que hubo injusticia, trato de disculparme y ponerme en sus zapatos.”

 

Disfruto la vida: Me gusta cantar, me gusta bailar pero prefiero leer

 

¿Bailabas en las fiestas?

“No es mi fuerte, no tengo dos pies izquierdos pero tampoco es que me muera de ganas, más he aprendido disfrutarlo. A la hora de relacionarme con las chicas, tenía buena plática, me considero buen conversador y escucho, entonces yo creo que esta era una habilidad importante. Con mi esposa ocasionalmente bailo.”

“En la política de repente estás en un mitin y te sacan a bailar, y no puedes salir con la batea de babas que no lo haces. Me gusta mucho la alegría, la gente alegre. Una fiesta la disfruto porque considero que es una comunicación y una comunión a plenitud de alegría y gozo, de generosidad. Eso es lo que yo veo en una fiesta de pueblo, de familia, de amigos, en una reunión. El compartir me parece que es un regalo de la vida.”

 

¿Te gusta leer?

“Me gusta leer. En este momento estoy leyendo un libro que se llama De Animales y Dioses, es un libro de un sociólogo que retrata la evolución de la humanidad. Es una serie de tres libros, este es el primero y me gusta mucho porque a pesar de que es una lectura ligera es muy profunda; parte del origen del homo sapiens y va haciendo contrastes con nuestra realidad y con nuestro aquí y ahora. Trato de tener este tipo de lecturas.”

“También terminé hacer un par de meses un libro biográfico de Winston Churchill que retrata muy bien su momento en la Segunda Guerra Mundial, que me pareció muy interesante. No me considero un lector empedernido, me gustaría serlo, pero sí trato de tener un hábito frecuente.”

 

¿Te gusta cantar?

“Sí me gusta cantar, canto en el karaoke, canto echando relajo. Mi esposa que me ama y yo también a ella, dice que soy entonado. No sé si eso lo dice por cortesía  o porque de plano canto muy mal, pero sí, trato de disfrutar de la vida y me gusta cantar.”