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Sociedad
En línea recta desde su tumba se otea la secundaria de dónde salió hace 13 días para encontrar la muerte
San Bernardino Chalchihuapan, Pue.- Las lágrimas, rezos y cantos de esta población de profunda fe católica hoy se entrelazan con las consignas y exigencias de justica, de castigo, para los culpables del homicidio de José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo.
El sonido de los tambores de la banda de la secundaria “Flores Magón”, en donde estudiaba el pequeño de 13 años que fue impactado por un proyectil el pasado 9 de julio, hoy no es de guerra, sino de dolor.
Estremece ver las lágrimas de sus compañeras y la larga fila que hacen niñas y niños que lo acompañaban en el aula del segundo año de secundaria, para darle el pésame y entregarle flores a su madre en el panteón de la comunidad, una vez que el cuerpo de José Luis Alberto ha sido sepultado.
Elia Tamayo les agradece y aguanta estoica. Una de sus hijas, de apenas unos cuatro años, está en cuclillas a su lado, mira con desconcierto lo que pasa. Es mucha gente, son muchas cosas en tan pocos días.
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Morimos todos
Antes del entierro, hacia las 09:00 horas de este martes, se realizó una misa de cuerpo presente en la explanada de la presidencia auxiliar, en donde se dispusieron unas 500 sillas que fueron insuficientes para el mar de gente que vino a despedir al pequeño.
En este poblado viven unas 2 mil 500 personas y pareciera que todas están aquí, junto con muchas otras de otras juntas auxiliares de la región y de otras del estado de Puebla.
Están varios diputados federales, el vicepresidente del Senado, Luis Sánchez Jiménez, ediles auxiliares de varias regiones, pero los protagonistas son el dolor, la indignación y el recuerdo de un José Luis Alberto alegre, como en la foto de su confirmación que se ha escogido para poner sobre su ataúd blanco.
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“Faltaba un ángel y volaste al cielo”, reza la leyenda en una de las cruces que lo acompañará en su tumba.
Vida eterna
Los sacerdotes piden a la familia, a los amigos, a la comunidad, encontrar la resignación; a José Luis Alberto le dicen que no tenga miedo, que “Dios, que hoy te ha llamado, llegará a darte la vida eterna”.
Las tías y la abuela del niño lloran sin consuelo por momentos y otros más sollozan solamente. La madre tiene el rostro endurecido y la mirada triste, como muchos otros; los más están llenos de indignación y de rabia.
Entre los tres sacerdotes que encabezan la homilía, está Gustavo Rodríguez Zárate, encargado de la Pastoral de la Movilidad Humana de la Arquidiócesis de Puebla y tal vez el religioso de la entidad que más entiende la lucha social.
Hay muchas palabras de consuelo que lanzan los párrocos, pero ni la familia ni la comunidad lo tienen por ahora.
Apenas acaba la misa, vienen consignas y gritos desesperados que piden justicia. Aparecen pancartas contra el gobierno del estado y Moreno Valle Rosas.
Desfila una veintena de oradores. En sus palabras hay cientos de reclamaciones al gobierno, señalamientos de culpa al mandatario poblano Rafael Moreno Valle por el asesinato del menor. Por momentos se torna interminable el paso de los que denuncian, exigen, acusan, convocan, exhortan, explican…
Una menor, que de “motu proprio” pide la palabra para despedir a su compañero de aula, hoy inerte dentro de este ataúd blanco: “un amigo muy fiel y todos lo queríamos. Nosotros, los de la escuela secundaria “Flores Magón”, venimos a darle el último adiós, porque él sigue vivo en nuestros corazones y siempre lo estará. Él no es el único que va a morir en esto, sino todos, por Moreno Valle, el que lo mató con la ‘Ley Bala’… José Luis es el que va a representar a nuestro pueblo; nuestro pueblo debe estar unido siempre, siempre”.
Las lágrimas de sus compañeras
Casi a las 12:00 horas, el cortejo finalmente partió hacia el panteón de la comunidad, en un cerro desde el que se otea el pueblo y la carretera en la que el pasado 9 de julio habitantes de esta junta auxiliar del municipio de Santa Clara Ocoyucan se enfrentaron a los policías del gobierno del estado con un saldo de un muerto, 70 heridos de los lugareños –cinco de ellos de gravedad– y, de acuerdo con la versión oficial, más de 46 policías lesionados.
Una y otra vez los pobladores han mostrado pruebas físicas de que se utilizó “un verdadero arsenal de gases lacrimógenos, proyectiles y balas de goma”, aunque la administración estatal se empeña en negarlo.
Por las calles mal trazadas que serpentean, un mar de gente acompañó a José Luis Alberto, quien antes de ir a su tumba, pasó para un último rosario a una capilla del camposanto.
Los tambores y las trompetas de la banda escolar entonaban el duelo, mientras a las manos de Elia Tamayo, la madre, llegaban cada vez más flores. Los ojos de la pequeña, hermana de José Luis Alberto, miraban desorbitados, desconcertados la marabunta que buscaba acercarse a la ladera en donde está la tumba del pequeño.
No hay llanto más desesperado que el del último desprendimiento, el que deja en el reposo postrer al ser querido. Las lágrimas de sus compañeras acompañaban la tierra que lo fue cubriendo, mientras sus compañeros tocaban los tambores que hoy no fueron de guerra, sino de luto inconsolable.
En línea recta desde la tumba de José Luis Alberto se otea el edificio, ese hangar improvisado en aulas, que es la secundaria “Flores Magón”, de donde el niño de Chalchihuapan salió, hace 13 días, como a esta hora, de su salón de segundo de secundaria, para encontrar la muerte.
De las manos de otros niños de secundaria fueron soltados globos blancos al cielo, hoy soleado, despejado, que deja ver los volcanes y en el que este pueblo busca ver de nuevo la esperanza.