Viernes, 4 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tony a la Naranja

Cuando el morenovallismo cambia de piel

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Viernes, Septiembre 4, 2026

El pragmatismo de los políticos de nuestro tiempo suele extrañar a quien observa desde la banca, como si el poder fuera un club de lectura y no un mercado. A los partidos no les extraña. Se han quedado en lo que siempre fueron: instrumentos para obtener y perpetuar el poder. La ideología encuentra acomodo, como la gallina que pone los huevos: indispensable, ruidosa y, llegado el momento, sustituible sin remordimiento.

El regreso de José Antonio “Tony” Gali Fayad no es un capricho personal, aunque el género autobiográfico de la política mexicana prefiera contar la misma historia. Fue presidente municipal sin concluir su mandato y gobernador de la llamada “mini gestión” —el interinato corto de 2017 a 2018— como pieza central del sistema de Rafael Moreno Valle: el eslabón entre el creador y la criatura.

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Su llegada a Movimiento Ciudadano quiere decir, con menos poesía y más contabilidad, que una parte del morenovallismo halló una nueva plataforma. No porque en Morena no hubiera sitio —sitio sí hay; lo que escasea es permiso—, sino porque esa estructura se cierra y deja fuera a aliados que hoy aspiran a boleta.

Dante Delgado no resucitó a un nostálgico. Incorporó a alguien que conoce las entrañas del poder y, lo que es más útil, todavía las recuerda con nombres y apellidos. En 2027 el naranja no sustituye al azul: comienza a vaciarlo. Operación limpia, casi administrativa. No se destruye al adversario; se le pide prestada la despensa.

MC no fichó a Gali por doctrina. Lo hizo por utilidad. Ese pragmatismo lo conocí en Dante Delgado, cuando pude ver de cerca un poder que se disfraza con ideologías y me puso ante una disyuntiva simple: ser farsante o auténtico. A los partidos no les interesan los personajes puros. Les interesan votos y poder. Lo demás —el relato, la convicción, el folleto— se mejora desde la silla, o se improvisa en la foto.

Con el “Tío Tony”, el naranja recibe marca conocida, relaciones, operadores y esa mercancía tan cotizada que es la capacidad de ocupar pantallas. Gali nunca fue producto del panismo histórico. Fue candidato externo de coaliciones hechas para ganar. Su vínculo de fondo no fue la militancia: fue el morenovallismo. MC no recibe a un panista arrepentido; recibe a uno de los administradores del antiguo bloque.

El procedimiento es el de siempre y, por eso mismo, no ofende a nadie que ya haya gobernado: agregar figuras y residuos sin pedir conversión ideológica. Nadie se bautiza. Solo se cambia de gafete.

El beneficio inmediato es obvio. MC deja de ser marca menor en Puebla y exhibe a un exgobernador como delegado. El costo político de su paso por el Ejecutivo todavía está en disputa. Como tantas cuentas públicas, se discute más en las columnas que en los tribunales.

Nombrarlo delegado no es postularlo. El lenguaje partidista adora esos matices, que permiten avanzar sin comprometerse y sonreír sin firmar. Sería ingenuo, eso sí, pensar que un exgobernador vuelve solo a presidir reuniones y a servir café institucional. Su nombre sirve para medir reacciones y para calcular cuánto queda de la estructura que ganó la capital en 2013 y la gubernatura en 2016. Aquellos triunfos no fueron solo suyos. Tuvo coalición, gobierno estatal y el aparato de Moreno Valle. Confundir recuerdo con intención de voto sería el error de MC: tomar el aplauso de la memoria por un padrón.

Ahora el PAN es el partido que más tiene que perder en Puebla. Gali conoce dirigentes, financiadores y operadores. Puede llevarse a quienes entraron con el morenovallismo y nunca se volvieron panistas: usaron las siglas como taxi y no como casa. Ese residuo ya no es un grupo; es una red. Unos se fueron a Morena, otros al Verde, varios se quedaron en el azul por inercia o por falta de mejor oferta. Una fracción puede pintarse de naranja. En Puebla, el color ha sido siempre lo más barato del traje.

El efecto no se quedaría en la capital. Texmelucan, San Pedro y San Andrés Cholula son territorio natural para probar si el antiguo bloque todavía se transfiere: no por lealtad a la marca, sino por si el traje usado aún cierra.

El PAN pagó haber confundido morenovallismo con panismo. Prestó las siglas a una coalición de poder y creyó que esos hombres terminarían siendo el partido. No ocurrió. Sin Moreno Valle, cada tribu buscó sobrevivir. Gali solo hizo visible una desintegración que ya corría.

La pregunta no es si MC se volvió morenovallista. Esa pregunta es para el folleto. La pregunta es cuánto morenovallismo sigue disponible y quién lo va a administrar. La respuesta empieza a verse: de un azul multicolor, a naranja.

¿O no lo cree usted?

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